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El Trio de Hermanos Ardiente

7420 palabras

El Trio de Hermanos Ardiente

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la casa de playa que heredamos de tata. Javier, el mayor, de treinta y dos años, con ese torso marcado por horas en el gimnasio y esa sonrisa pícara que siempre me desarmaba. Luis, el del medio, veintiocho, flaco pero fibroso, con ojos que te desnudan sin piedad. Y yo, Mateo, el chamaco de veintiséis, el que siempre andaba detrás de ellos de morrillo. Habíamos llegado el viernes para un fin de semana de parrandón sin jefes ni morras, solo nosotros tres, el mar rugiendo afuera y el aire cargado de sal y promesas.

Desde el carro, ya sentía la tensión. Javier manejaba con la camisa abierta, el sudor brillando en su pecho moreno, y Luis iba atrás conmigo, su pierna rozando la mía "por accidente". Neta, wey, pensé, esto va a estar cabrón. Sacamos las chelas del cooler y nos tiramos en la terraza, el viento caliente trayendo olor a coco y mar. Platicamos de todo: del pinche trabajo, de las ex que nos chingaron, de cómo tata nos crió a los tres como reyes. Pero entre risas, las miradas se quedaban colgadas. Javier me vio de reojo, su mano grande palmeándome el muslo. "Estás hecho home, carnal", dijo, y su voz ronca me erizó la piel.

¿Qué chingados pasa conmigo? Siempre los he visto como dioses, pero ahora... neta quiero más. ¿Y si ellos también?

La tarde se estiró con cervezas frías que nos ponían la lengua suelta. Nos metimos al mar, el agua tibia lamiendo nuestras piernas, salpicándonos como caricias. Nadamos hasta las boyas, riendo y empujándonos. Luis se acercó por detrás, su cuerpo duro pegándose al mío un segundo de más. Sentí su verga semi-dura contra mi nalga, y el pulso se me aceleró como tambor. Órale, no mames. Javier nos vio y nadó hacia nosotros, su risa grave cortando el chapoteo. "Vengan, pendejos, no se queden atrás". Tocó mi hombro, sus dedos ásperos por el trabajo en la construcción, y un calor me subió desde el estómago.

Al atardecer, asamos carne en la parrilla. El humo picante se mezclaba con el aroma de limón y cilantro, y nos sentamos en la arena con platos humeantes. La noche caía suave, estrellas saliendo como testigos. Hablamos de morras, pero pronto viró a lo nuestro. "Recuerdan cuando nos bañábamos juntos de morrillos?", soltó Luis, su voz baja. Javier lo miró fijo. "Simón, y cómo nos veíamos... pendejos pero guapos". Me quedé callado, el corazón latiéndome en la garganta, el sabor de la cerveza amarga en la boca.

La primera noche dormimos en la sala grande, colchones tirados en el piso con sábanas frescas. El ventilador zumbaba, pero el calor era de adentro. Me desperté con Javier a un lado, su respiración pesada, el olor a hombre sudado invadiéndome. Luis al otro, su mano rozándome el brazo. No pude más. Me giré y besé el cuello de Javier, suave, probando su piel salada. Él gruñó, despertando, y en vez de apartarme, me jaló contra su pecho. " Carnal...", murmuró, su boca encontrando la mía. Beso duro, lenguas enredadas, sabor a cerveza y deseo crudo.

Luis se movió, sus ojos abiertos en la penumbra. "Qué pedo, ¿ya empezaron sin mí?". Se acercó riendo bajito, su mano bajando por mi espalda hasta mi culo. Lo jalé hacia nosotros, y ahí estaba: el trio de hermanos que siempre soñé, pero real, palpitante. Javier nos besaba a los dos, alternando bocas húmedas, mordisqueando labios. Sus manos grandes exploraban, quitándonos los bóxers con urgencia. Mi verga saltó libre, dura como piedra, y Luis la tomó, masturbándome lento mientras Javier chupaba mi cuello.

Esto es lo que necesitaba, neta. Sus toques me queman, me hacen sentir vivo, como si fuéramos uno solo.

Nos volteamos en la oscuridad, cuerpos enredados como raíces. Javier se puso de rodillas, su verga gruesa apuntando al techo, venas marcadas. "Chúpamela, hermano", ordenó con voz ronca, y yo obedecí, tragándomela hasta la garganta. Sabía a sal y pre-semen, su gemido retumbando en mi pecho. Luis se arrodilló detrás de mí, lamiéndome el culo, su lengua caliente abriéndome. ¡Ay, wey! El placer me hacía temblar, el sonido de succiones y jadeos llenando la sala, mezclado con el romper de olas lejanas.

Escaló rápido. Javier me levantó, lubricante de la mesita –siempre preparados, los cabrones– y me penetró despacio. Dolor dulce al principio, luego puro fuego. "Estás bien apretado, carnal", gruñó, embistiéndome mientras yo chupaba a Luis, su verga delgada pero larga golpeándome el paladar. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, Javier en mi boca, Luis cogiéndome por detrás, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas húmedas. El sudor nos unía, resbaloso, oliendo a sexo puro, testosterona y mar.

"Métetela tú también", jadeó Luis, y Javier se unió. Doble penetración, los dos adentro al mismo tiempo, estirándome al límite. Grité de placer, el roce de sus vergas separadas por una membrana delgada volviéndome loco. Sus manos por todos lados: pezones pellizcados, culos amasados, besos robados. "Somos el trio de hermanos perfecto", susurró Javier al oído, su aliento caliente. Luis aceleró, "Vente conmigo, wey", y explotamos juntos. Mi semen salpicó la sábana, caliente y espeso, mientras ellos se vaciaban dentro, pulsos calientes llenándome.

Pero no paró ahí. La noche se volvió maratón. Luis me montó, cabalgándome mientras Javier nos veía, masturbándose. Su culo se contraía alrededor de mi verga, apretándome como guante. Lo besé, probando su sudor salado, mientras Javier se metía en Luis por detrás, haciendo un tren de carne. Gemidos roncos, "¡Sí, cabrón!", "Más duro". El aire olía a semen fresco, a piel caliente, a nosotros tres fundidos.

Al amanecer, exhaustos, nos derrumbamos en un montón de miembros entrelazados. Javier ronroneaba contra mi cuello, Luis con la cabeza en mi pecho. El sol entraba tiñendo todo de oro, el mar susurrando aprobación. "Esto no fue un pedo de una noche", dijo Javier, besándome la frente. "Somos hermanos, pero más". Luis asintió, su mano trazando círculos en mi vientre. Sentí paz, un calor profundo que no era solo físico.

Neta, esto cambia todo. Pero qué chido, wey. Somos el trio que el mundo no entiende, pero nosotros sí.

El resto del fin pasamos en la cama, explorando lento: besos perezosos, dedos curiosos, lenguas saboreando cada centímetro. Javier me enseñó a relajarme para tomarlo a él, su culo firme abriéndose para mí, gemidos graves vibrando en su garganta. Luis nos dirigía, "Ahora así, carnales", riendo mientras nos untaba aceite de coco, resbaloso y fragante. Cada roce era eléctrico, piel contra piel, pulsos latiendo al unísono.

El domingo al partir, nos abrazamos en el porche, el sol quemando pero nada comparado a lo nuestro. "Volveremos pronto", prometió Luis, guiñando. Javier me palmó el paquete disimuladamente. "Y la próxima, traemos juguetes, pendejo". Reí, el corazón lleno, sabiendo que este trio de hermanos ardiente apenas empezaba. El camino de regreso olía a victoria, a semen seco en la ropa y a promesas calientes.

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