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La Cancion Parece Facil del Tri Enciende Nuestra Piel

6119 palabras

La Cancion Parece Facil del Tri Enciende Nuestra Piel

Entré al bar rockero en la Zona Rosa, con el aire cargado de humo de cigarro y ese olor a cerveza fría que siempre me pone de buenas. La música retumbaba en las bocinas, un riff de guitarra que me erizaba la piel. Era viernes por la noche, y yo, Ana, de veintiocho años, andaba con ganas de soltarme el pelo después de una semana de puro estrés en la oficina. Llevaba un vestido negro ajustado que me marcaba las curvas justito, y unos tacones que me hacían sentir como reina.

De repente, sonó la canción Parece Fácil del Tri. Esa rola siempre me ha movido algo por dentro, con su letra que dice que todo parece fácil pero no lo es. La gente en la pista se volvió loca, gritando y brincando. Yo me quedé en la barra, pidiendo un chela, cuando lo vi. Alto, moreno, con barba de tres días y una playera de El Tri que le quedada como guante. Sus ojos se clavaron en los míos, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el destino me guiñara el ojo.

¿Qué pedo con este vato? Parece que la canción lo trajo hasta aquí solo para mí.

Se acercó con una sonrisa pícara, su colonia mezclándose con el sudor del ambiente. "Qué chida rola, ¿verdad? ¿Bailas?", me dijo, extendiendo la mano. Su voz grave me vibró en el pecho. Le tomé la mano, y uf, qué calor tenía la piel. Nos metimos a la pista, y mientras Alex Lora cantaba "parece fácil", nos pegamos bailando. Sus caderas contra las mías, el ritmo nos mecía como una ola. Sentí sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, bajando un poquito más de lo necesario. Mi corazón latía al compás de la batería, y el olor de su cuello, a jabón y hombre, me mareaba.

La canción terminó, pero nosotros no. Pedimos otra chela y platicamos. Se llamaba Marco, treintón, músico de fin de semana, tocaba guitarra en un bar de Coyoacán. "La canción Parece Fácil del Tri siempre me recuerda que las cosas buenas requieren esfuerzo", me soltó, mirándome fijo. Yo reí, juguetona. "Pues a ver si tú sabes esforzarte, carnal". El flirteo volaba, y cada roce de sus dedos en mi brazo mandaba chispas por mi espina.

El bar se llenó más, el calor subía, y el sudor nos perlaba la piel. Salimos a la terraza para tomar aire. La ciudad brillaba abajo, luces neón parpadeando como promesas. Me acorraló contra la barandilla, suave, preguntando con la mirada. "Sí", murmuré, y sus labios cayeron sobre los míos. Qué beso, carnal. Su lengua explorando la mía, sabor a cerveza y menta, manos en mi nuca tirando de mi pelo. Gemí bajito, sintiendo mi cuerpo despertar, el calor entre mis piernas creciendo como fuego lento.

Esto parece fácil, pero ya siento que voy a explotar si no lo tengo ya.

"¿Vienes conmigo? Vivo cerca", susurró en mi oído, su aliento caliente. Asentí, empapada de anticipación. Caminamos unas cuadras, riendo como pendejos, sus manos en mi culo disimulando. Su depa era chiquito pero chulo, con posters de rock y una cama king size que gritaba pecado. Apenas cerramos la puerta, me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo. Me besó el cuello, mordisqueando, mientras yo le arañaba la espalda. "Qué rica estás, nena", gruñó, quitándome el vestido de un jalón. Quedé en brasier y tanga, expuesta bajo la luz tenue.

Su boca bajó por mi pecho, lamiendo el sudor salado de mi escote. Desabroché su playera, tocando sus pectorales duros, el vello que me raspaba las yemas. Olía a deseo puro, ese aroma almizclado que enloquece. Se arrodilló, besando mi ombligo, bajando más. Sus dedos jugaron con mi tanga, rozando mi humedad. "Estás chorreando, ¿eh?", dijo juguetón. "Cállate y hazlo", le contesté, empujando sus hombros.

Me quitó la tanga, y su lengua encontró mi clítoris como si lo conociera de toda la vida. ¡Ay, cabrón! Lamidas lentas, círculos perfectos, chupando suave. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas, el placer subiendo en oleadas. El sonido de su boca devorándome, húmedo y obsceno, me ponía más caliente. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, el punto que me hace ver estrellas. "¡Más, Marco, no pares!", supliqué, tirando de su pelo. Mi primer orgasmo me sacudió, piernas temblando, grito ahogado en su hombro.

Pero no paró. Me levantó y me tiró en la cama, quitándose el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. La tomé en la mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado. "Qué chingona", murmuré, lamiendo la punta, sabor salado y dulce. Lo chupé despacio, metiéndomela hasta la garganta, sus gemidos roncos llenando la habitación. "Para o me vengo ya, pendeja deliciosa", jadeó, jalándome arriba.

Me monté en él, guiando su verga a mi entrada. Lentito, centímetro a centímetro, lo sentí llenarme. Qué estirón tan rico, el roce perfecto contra mis paredes. Empecé a moverme, cabalgándolo, pechos rebotando. Sus manos en mis caderas, guiándome, pellizcando mi culo. El sudor nos unía, piel resbalosa, sonidos de carne chocando. "¡Fóllame más duro!", le pedí, y volteó, poniéndome a cuatro. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris. Cada embestida mandaba ondas de placer, mi concha apretándolo como vice.

La canción Parece Fácil del Tri decía la verdad: parece fácil, pero este vato me está rompiendo en pedazos de puro gozo.

Aceleró, gruñendo mi nombre, "Ana, qué rica panocha". Yo me arqueé, tocándome el clítoris, el orgasmo building como tormenta. "¡Me vengo, cabrón!", grité, y exploté, contrayéndome alrededor de él. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, rugiendo. Colapsamos, jadeando, cuerpos enredados en sábanas húmedas.

Despertamos horas después, con el sol filtrándose. Me besó la frente, suave. "Fue chido, ¿verdad? No tan fácil como la canción". Reí, acurrucándome. "Pero valió cada segundo". Nos duchamos juntos, manos curiosas todavía, promesas de más. Salí de ahí con el cuerpo contento, el alma ligera, recordando cómo una rola del Tri cambió mi noche en algo inolvidable.

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