Trío Ardiente con Mi Esposa y Mi Hermano
Era una noche calurosa en nuestra casa de la colonia Roma, con el ventilador zumbando perezosamente sobre la mesa del comedor. Ana, mi esposa, andaba por la cocina preparando unos tequilas con limón, su vestido ligero pegándosele a las curvas por el sudor. Qué chula se ve, pensé, mientras la veía mover las caderas al ritmo de la cumbia que salía del parlante. Yo, sentado en la sala, platicaba con mi carnal Luis, que acababa de llegar de un viaje por la costa. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que siempre lo sacaba de problemas.
"Órale, wey, ¿qué onda con esa cara de travieso?", le dije, dándole un trago a mi chela. Luis se recargó en el sofá, estirando las piernas. "Nada, carnal, nomás que vi a tu jefa y me dieron ganas de unas netas ricas". Ana entró riendo, repartiendo los tequilas. "¡Ay, pendejo, no le digas así a tu cuñada!", le contestó, pero con un brillo en los ojos que me puso alerta. Habíamos platicado de esto antes, Ana y yo. En la cama, entre suspiros, me confesó su fantasía: un trío con mi esposa y mi hermano. Yo me excitaba con la idea, pero el celos me picaban como chile en la lengua.
La plática fluyó entre anécdotas de la infancia, risas y más tragos. El aire se cargaba de algo eléctrico, como antes de una tormenta. Ana se sentó entre nosotros en el sofá, su muslo rozando el mío y el de Luis. Sentí el calor de su piel, olía a su perfume mezclado con el tequila, dulce y picante.
"¿Y si lo hacemos de una vez, amor? Con tu hermano sería perfecto, confío en él",me había dicho ella semanas atrás, mientras me montaba. Ahora, vi cómo ponía la mano en la rodilla de Luis, juguetona. Él no se hizo del rogar, le acarició el brazo con la yema de los dedos. Mi pulso se aceleró, una mezcla de rabia y morbo me subía por el pecho.
"¿Qué pasa, carnal? ¿Te late la idea?", murmuró Luis, mirándome fijo. Asentí, la garganta seca. Ana se giró hacia mí, sus labios carnosos entreabiertos, y me besó profundo, su lengua saboreando a tequila y limón. Luis observaba, su respiración pesada. Ella se apartó, jadeante, y le tomó la cara a mi hermano, besándolo con la misma hambre. Yo los vi, el sonido de sus lenguas chocando, el leve gemido que escapó de Ana. Mi verga se endureció al instante, presionando contra el pantalón.
Nos levantamos como en trance, caminando al cuarto. La luz tenue de la lámpara pintaba sombras en las paredes. Ana se quitó el vestido de un jalón, quedando en tanga negra y sostén. Sus tetas firmes, pezones duros como piedras. "Vengan, cabrones, no se queden ahí nomás viendo", nos dijo con voz ronca, mexicana hasta los huesos, pura pasión. Luis y yo nos desvestimos rápido, mi hermano ya tenía la verga parada, gruesa y venosa, más grande que la mía. Un pinchazo de envidia, pero el deseo lo aplastó.
Empecé por Ana, tumbándola en la cama. Le besé el cuello, saboreando el sudor salado, bajando a sus tetas. Chupé un pezón, fuerte, mientras ella arqueaba la espalda. Su piel tan suave, como terciopelo caliente. Luis se acercó por el otro lado, lamiéndole el otro pezón. Ana gimió alto, "¡Ay, sí, mis amores, qué rico!". Sus manos bajaron, una a mi verga, masturbándome lento, la otra a la de Luis. Sentí sus dedos expertos, el calor de su palma, el roce que me hacía latir.
La tensión crecía como el calor en un sauna. Yo bajé entre sus piernas, quitándole la tanga. Su panocha depilada, húmeda, oliendo a excitación pura, ese aroma almizclado que me volvía loco. Lamí su clítoris, suave al principio, luego con hambre. Ana se retorcía,
"¡Más, pinche lengua chida!", gritaba. Luis la besaba en la boca, sus manos amasándole las nalgas. La vi correrse primero, su coño contrayéndose contra mi boca, jugos calientes inundándome la lengua, sabor ácido y dulce.
Ahora era su turno. Ana se arrodilló en la cama, nosotros de pie frente a ella. Tomó mi verga primero, metiéndosela hasta la garganta, mamada profunda que me hizo ver estrellas. El sonido chupón, húmedo, resonaba en el cuarto. Luego a Luis, comparando con los ojos, gimiendo de placer. Es mi hermano, pero joder, qué bien se ve con mi esposa chupándosela. Nos turnaba, saliva goteando por sus tetas, sus ojos negros clavados en los míos, pidiendo permiso y fuego.
No aguanté más. La puse en cuatro, penetrándola de una estocada. Su concha apretada, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo mojado. Embestí fuerte, el slap-slap de carne contra carne, sus gemidos roncos. Luis se puso enfrente, ella le mamó mientras yo la cogía. Sentí sus paredes pulsando, el olor a sexo impregnando todo, sudor goteando por mi espalda. "¡Cógeme más duro, amor!", pedía Ana. Cambiamos: Luis la entró por atrás, yo por la boca. Lo vi follarla, sus huevos golpeando su clítoris, ella ahogando gemidos con mi verga.
La psicología bullía dentro. ¿Es celos? ¿O puro morbo de ver a mi carnal disfrutando lo que es mío?. Pero era nuestro, consensual, puro placer compartido. Ana mandaba, nos guiaba con sus jadeos. "Quiero las dos vergas", suplicó. La acostamos, yo debajo, metido en su panocha. Luis por arriba, lubricado con su saliva, entró en su culo despacio. Ana gritó de placer, "¡Sí, cabrones, lléname!". Sentí la verga de mi hermano a través de la delgada pared, rozándonos, un roce prohibido que nos volvió locos. Nos movimos en ritmo, lento al principio, luego frenético. Sus tetas rebotando, uñas clavadas en mi pecho, el sudor chorreando, mezclándose.
El clímax se acercaba como ola gigante. Ana se corrió primero, convulsionando, gritando "¡Me vengo, pinches machos!", su coño y culo apretándonos. Yo exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola, el placer cegador, pulsos en la cabeza. Luis gruñó, sacándose y eyaculando en sus tetas, leche espesa salpicando su piel morena. Colapsamos los tres, jadeantes, cuerpos enredados. El cuarto olía a semen, sudor y ella, embriagador.
Después, en la calma, Ana entre nosotros, acariciándonos el pecho. "Gracias, mis reyes. Fue chido de verdad", susurró. Luis me dio una palmada. "Carnal, neta que tu jefa es una diosa". Reí, el celos disipado, solo satisfacción. Nos bañamos juntos, risas y besos suaves bajo el agua tibia. En la cama, abrazados, supe que esto nos unía más.
Un trío con mi esposa y mi hermano, algo que empezó como fantasía, ahora era recuerdo ardiente, listo para repetirse.