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Pasiones Desenfrenadas de Jhoanna Trias

5748 palabras

Pasiones Desenfrenadas de Jhoanna Trias

La noche en la Condesa bullía de vida, con las luces de neón reflejándose en los charcos de la lluvia reciente. El aire olía a tacos de canasta y a jazmín de los jardines cercanos. Yo, Alejandro, entraba al bar La Ópera, ese lugar chido donde la gente guapa se mezcla con ritmos de cumbia rebajada. Ahí la vi por primera vez: Jhoanna Trias, sentada en la barra con un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como una promesa pecaminosa. Su piel morena brillaba bajo las luces tenues, y su cabello negro caía en ondas salvajes hasta la cintura.

Me acerqué, el corazón latiéndome como tambor en una fiesta patronal. Órale, wey, esta morra está cañona, pensé mientras pedía un tequila reposado. Ella volteó, sus ojos cafés profundos clavándose en los míos con una chispa juguetona. "¿Qué onda, guapo? ¿Vienes a conquistarme o nomás a mirarme?", dijo con esa voz ronca que erizaba la piel. Le sonreí, sintiendo el calor subir por mi cuello. "Los dos, preciosa. Me llamo Alejandro, y tú pareces salida de un sueño caliente". Se rió, un sonido como campanitas en el viento, y extendió la mano. "Jhoanna Trias, a tus órdenes". Su palma era suave, cálida, y al tocarla, una corriente eléctrica me recorrió el cuerpo.

Charlamos horas, entre shots de mezcal y anécdotas. Jhoanna era de Guadalajara, pero vivía en la CDMX por trabajo en una galería de arte. Hablaba con ese acento tapatío que me volvía loco, soltando "no mames" y "qué padre" como si nada. Contó de su pasión por la pintura erótica, cómo los cuerpos entrelazados la inspiraban. Yo le confesé mis fantasías, cómo soñaba con una mujer que me dominara con miradas y toques sutiles. La tensión crecía; sus rodillas rozaban las mías bajo la barra, y cada roce era fuego. Olía a vainilla y a algo más primitivo, su aroma de mujer deseosa.

Si no la beso ya, exploto
, me dije, el pulso acelerado, la boca seca de anticipación.

Salimos tambaleándonos un poco, riendo bajo la llovizna que refrescaba la piel ardiente. Caminamos hasta mi depa en Roma Norte, el barrio bohemio con murales vibrantes y cafés aromáticos. En el elevador, no aguanté más. La arrinconé contra la pared, mis labios capturando los suyos en un beso hambriento. Sabían a tequila y miel, su lengua danzando con la mía en un duelo sensual. Sus manos subieron por mi pecho, desabotonando mi camisa con urgencia. "Alejandro, me traes loca, cabrón", murmuró contra mi boca, su aliento caliente rozándome la oreja. La cargué hasta la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso, el aire cargado de nuestro jadeo.

Acto primero de nuestra noche: exploración lenta. Le quité el vestido, revelando lencería negra que contrastaba con su piel olivácea. Sus pechos firmes subían y bajaban con cada respiración agitada. Besé su cuello, saboreando la sal de su sudor, bajando por el valle entre sus senos. Ella gemía bajito, "Sí, así, no pares, wey". Mis dedos trazaron su espalda, sintiendo los músculos tensarse bajo mi tacto. Olía a su excitación, ese musk dulce que enloquece. Jhoanna me volteó, quedando encima, sus caderas moliendo contra mi erección dura como piedra. "Quiero probarte", dijo, bajando con besos por mi torso, su lengua dejando rastros húmedos que ardían.

En el medio del fuego, las dudas asaltaron mi mente. ¿Y si es solo una noche? ¿Y si quiero más? Pero ella me miró, ojos brillando con deseo puro. "Esto es nuestro, Alejandro. Déjate llevar, no pienses". Sus palabras disiparon las sombras. Me despojó del pantalón, su mano envolviendo mi verga con firmeza, acariciando de arriba abajo en un ritmo hipnótico. El sonido de su piel contra la mía, chapoteo suave, me volvía loco. La chupé entonces, lamiendo su clítoris hinchado, sabor ácido y dulce como tamarindo fresco. Gritó, arqueando la espalda, uñas clavándose en mis hombros. "¡Ay, Dios, qué rico! ¡Más fuerte!". El cuarto se llenaba de nuestros olores: sudor, sexo, perfume mezclado.

La tensión escalaba como tormenta en el Popo. La puse de rodillas, ella ansiosa, guiándome dentro de su calor húmedo. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretarme como guante de terciopelo. "¡Cógeme duro, pendejo!", exigió, y obedecí, embistiéndola con fuerza creciente. El slap-slap de carne contra carne resonaba, mezclado con sus gemidos guturales y mis gruñidos. Sudábamos a mares, piel resbaladiza, sus tetas rebotando al ritmo. Cambiamos posiciones: ella cabalgándome, caderas girando en círculos mágicos, yo apretando su culo redondo, perfecto.

Jhoanna Trias, mi diosa tapatía, me lleva al paraíso
. Sentía su interior contraerse, acercándose al borde.

El clímax nos golpeó como avalancha. "¡Me vengo, Alejandro! ¡No pares!", chilló, su cuerpo temblando, jugos calientes empapándonos. Yo exploté dentro, chorros calientes llenándola, el placer cegador, estrellas en los ojos. Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El afterglow era puro éxtasis: su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante ralentizarse. Besé su frente, oliendo su cabello a coco y pasión gastada.

Despertamos con el sol filtrándose por las cortinas, café aromático del mercado abajo subiendo. Jhoanna se estiró como gata, sonriendo pícara. "Anoche fue chingón, ¿verdad? Pero no creas que termino aquí". Reímos, planeando más aventuras. Ella pintaría nuestro encuentro, yo la modelaría en secreto. Esto no es fin, es principio, pensé, mientras sus dedos trazaban mi piel de nuevo, prometiendo rondas eternas de placer. Jhoanna Trias había despertado algo salvaje en mí, y no lo soltaría jamás.

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