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Trio de Homosexuales en Llamas

6812 palabras

Trio de Homosexuales en Llamas

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando. Yo, Alex, acababa de salir del gym con el cuerpo aún sudado, la camiseta pegada al pecho y un hambre de algo más que tacos. Caminaba por la avenida Presidente Masaryk, con las luces de los bares reflejándose en los charcos de la lluvia reciente, cuando los vi. Marco y Luis, dos carnales que conocía de fiestas pasadas, estaban afuera de un antro chido, riéndose a carcajadas con cervezas en la mano. Marco, alto y moreno, con esa barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela, y Luis, más delgado, con ojos verdes que brillaban como luces de neón y un culo que no pasaba desapercibido en sus jeans ajustados.

Órale, güey, ¿qué pedo con estos dos? pensé, mientras mi verga daba un leve brinco en los boxers. Me acerqué, saludando con un choque de puños. "¡Qué onda, cabrones! ¿Ya andan en la lona o qué?" Marco me jaló del brazo, su mano grande y cálida envolviéndome el bíceps. "¡Alex, pinche pendejo! Ven, estamos armando algo chingón esta noche. ¿Te late unirte?" Luis me miró de arriba abajo, lamiéndose los labios sutilmente, y el olor a su colonia, mezcla de madera y cítricos, me invadió las fosas nasales. Sentí un cosquilleo en el estómago, esa tensión inicial que sabes que va a explotar.

Entramos al bar, pedimos rones con cola, y la música reggaetón retumbaba en el pecho como un corazón acelerado. Nos sentamos en una mesa apartada, las luces tenues bailando sobre sus rostros sudorosos. Hablamos de pendejadas: el tráfico infernal de la CDMX, el último partido del América, pero debajo de las risas había miradas cargadas. Marco rozó mi pierna con la suya bajo la mesa, un toque casual que no lo era. "Sabes, Alex", dijo Luis inclinándose, su aliento cálido con sabor a ron rozando mi oreja, "siempre hemos pensado que un trio de homosexuales contigo sería la neta". Mi pulso se aceleró, el calor subiendo por mi cuello.

¿En serio, cabrón? ¿Yo en medio de estos dos dioses?
Asentí, la garganta seca, y pedí otra ronda.

La conversación viró rápido. Marco contó cómo se habían conocido en una playa de Puerto Vallarta, follando por primera vez bajo las palmeras, y Luis agregó detalles jugosos que me pusieron duro como piedra. Mis jeans apretaban, y no era el único; vi el bulto en los de Marco creciendo. Salimos del bar tambaleantes de deseo más que de alcohol, caminando hacia el depa de Marco en una torre reluciente. El elevador subía lento, y ahí, con el zumbido metálico de fondo, Luis me besó. Sus labios suaves, lengua juguetona probando el ron en mi boca, mientras Marco nos veía con ojos hambrientos, su mano masajeando mi paquete por encima de la tela.

Entramos al depa, un lugar chido con ventanales al skyline de la ciudad, luces de Reforma parpadeando como estrellas. Olía a limpio, a sábanas frescas y a ese aroma masculino que ya nos envolvía a los tres. Nos quitamos las camisetas en segundos; el pecho lampiño de Luis contrastaba con el vello oscuro de Marco. Yo me quedé admirando, mi piel erizada por el aire acondicionado y sus miradas. "Ven, carnal", murmuró Marco, jalándome al sofá de piel negra. Nos besamos los tres, bocas chocando, lenguas enredándose en un baile húmedo y salado. El sabor de sus sudores se mezclaba en mi paladar, manos explorando pechos, pezones endureciéndose bajo dedos ásperos.

La tensión crecía como una tormenta. Me arrodillé entre ellos, desabrochando cinturones con dedos temblorosos. Sus vergas saltaron libres: la de Marco gruesa, venosa, con un glande rosado brillando de precum; la de Luis más larga, curva, palpitando contra mi mejilla. Puta madre, qué chulada, pensé, inhalando su olor almizclado, ese perfume crudo de macho excitado. Lamí primero a Marco, lengua plana recorriendo la base hasta la punta, saboreando la sal de su esencia. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mi espina. Luis se masturbaba viéndonos, su mano subiendo y bajando con ritmo hipnótico. "Mámamela, Alex", suplicó, y obedecí, alternando entre las dos, boca llena, garganta relajada para tragar más profundo. El sonido de chupadas húmedas llenaba la habitación, mezclado con jadeos y el roce de piel contra piel.

Me levantaron como si no pesara, llevándome a la cama king size. Las sábanas frías contra mi espalda ardiente fueron un contraste delicioso. Marco me untó lubricante fresco en el culo, sus dedos gruesos abriéndome lento, masajeando mi próstata hasta que vi estrellas. "Estás bien apretado, güey", ronroneó, mientras Luis me besaba, su verga frotándose contra mi abdomen, dejando rastros resbalosos. El dolor inicial se fundió en placer puro cuando Marco me penetró, centímetro a centímetro, su calor llenándome hasta el fondo. Gemí alto, uñas clavándose en sus hombros musculosos. Luis se posicionó sobre mi pecho, metiéndomela en la boca para acallar mis gritos.

El ritmo se volvió frenético. Marco embestía con fuerza controlada, cada choque de caderas enviando ondas de éxtasis por mi cuerpo, el slap-slap de carne contra carne resonando como tambores. Sudor goteaba de su frente al mío, salado en mis labios. Luis follaba mi boca, bolas peludas rozando mi barbilla, su gemido agudo cuando se corrió primero, chorros calientes bajando por mi garganta. Tragué todo, el sabor amargo y dulce explotando en mi lengua. Marco aceleró, gruñendo "Me vengo, cabrón", y sentí su verga hincharse, inundándome con semen caliente que se derramaba dentro. El clímax me golpeó como un rayo, mi propia leche salpicando mi estómago en arcos blancos, el cuerpo convulsionando en olas interminables.

Nos derrumbamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso y embriagador, mezclado con el leve aroma a mar de la vela que Marco encendió. Luis trazaba círculos perezosos en mi pecho con el dedo, Marco besaba mi cuello con labios suaves ahora.

Esto fue más que un polvo; fue conexión pura, carnales uniéndose en algo épico
. Hablamos bajito, riéndonos de lo intenso que había sido ese trio de homosexuales, prometiendo repetirlo pronto. La ciudad dormía afuera, pero nosotros flotábamos en afterglow, pieles pegajosas entrelazadas, corazones latiendo al unísono.

Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de oro, nos despedimos con besos lentos y promesas. Salí a la calle con las piernas flojas, el cuerpo zumbando de satisfacción, sabiendo que esa noche había cambiado algo en mí. En México, donde el deseo arde como el chile, un trio de homosexuales como ese era el combustible perfecto para el alma.

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