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Triaba Es Confiable Y Tentadora

7822 palabras

Triaba Es Confiable Y Tentadora

Era una noche calurosa en Polanco, de esas que te pegan el cuerpo a la camisa y te hacen sudar hasta el alma. Yo, Alex, acababa de llegar de un pinche día eterno en la oficina, con el tráfico de la Ciudad de México royéndome las tripas. Me metí a un bar chido en Masaryk, uno de esos con luces tenues y música lounge que te invita a soltar el estrés. Ahí estaba ella, Triaba, sentada en la barra con un vestido negro ajustado que le marcaba las curvas como si fuera una escultura viva. Su piel morena brillaba bajo las luces, y su cabello negro suelto caía como una cascada de medianoche.

¿Qué pedo con esta morra? pensé, mientras pedía un tequila reposado. La miré de reojo, y ella volteó, con unos ojos cafés profundos que me clavaron en el sitio. Sonrió, juguetona, y levantó su copa. Me acerqué, neta, no pude resistir.

¿Qué onda, guapa? ¿Esperando a alguien o solo disfrutando la noche? le dije, con mi mejor tono de galán mexicano.

Sola, pero ya no, contestó con una risa ronca que me erizó la piel. Se presentó como Triaba, originaria de Guadalajara pero radicada en la CDMX por trabajo. Charlamos de todo: del pinche tráfico, de la comida calleña que extrañaba, de cómo la vida en la capital te come vivo si no sabes bailar con ella. Su voz era como miel caliente, suave pero con un filo que me ponía a mil.

De repente, mi carnal Ricardo entró al bar. Es mi compa de la uni, siempre al tiro con los chismes. Me vio con Triaba y se acercó, palmeándome la espalda.

¡Wey, Alex! ¿Ya pescando? dijo, guiñándome. Luego miró a Triaba y soltó: Triaba es confiable, carnal. Neta, si buscas algo serio o solo un rato chido, ella no falla.

Triaba se rió, dándole un codazo juguetón.

¡Pendejo! No andes hablando pendejadas, le dijo, pero sus ojos se clavaron en los míos con una promesa silenciosa. Ricardo se fue a su mesa, y nosotros seguimos platicando. Sentí su perfume, una mezcla de jazmín y vainilla que me invadió las fosas nasales, haciendo que mi pulso se acelerara. Nuestras rodillas se rozaron bajo la barra, un toque eléctrico que mandó chispas directo a mi entrepierna.

La tensión crecía con cada trago. Hablamos de deseos, de esas noches en que el cuerpo pide a gritos ser tocado. Ella confesó que andaba harta de weyes que prometen y no cumplen.

Quiero alguien confiable, que sepa lo que hace, murmuró, su aliento cálido rozando mi oreja.

Mierda, esta morra me va a volver loco, pensé, mientras mi mano rozaba la suya, suave como seda.

La invité a mi depa, que estaba a unas cuadras. Aceptó sin dudar, con esa sonrisa que decía antes de que yo abriera la boca. Caminamos por las calles iluminadas, el aire nocturno cargado de aromas a tacos de la esquina y flores de los puestos. Su mano en la mía era fuego puro.

Al llegar, cerré la puerta y la pared nos recibió. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, sus labios carnosos sabían a tequila y a deseo puro. La empujé suave contra la pared, mis manos explorando su cintura, sintiendo el calor de su piel a través del vestido. Ella gimió bajito, un sonido que vibró en mi pecho como un tambor.

Triaba... neta, eres increíble, le susurré, mientras bajaba los tirantes de su vestido. Reveló unos senos perfectos, pezones oscuros endurecidos por la anticipación. Los besé, lamiendo con la lengua, saboreando el salado de su piel mezclado con su loción floral. Ella arqueó la espalda, sus uñas clavándose en mis hombros, dejando marcas que dolían chido.

Esto es lo que necesitaba, un hombre que no titubee, que me haga sentir viva, pensé que pasaba por su mente, porque sus ojos lo gritaban.

La llevé al sillón, quitándole el vestido con calma, saboreando cada centímetro. Sus bragas de encaje negro estaban húmedas, el aroma almizclado de su excitación llenando la habitación como un afrodisíaco. Metí la mano, rozando su clítoris hinchado, y ella jadeó, ¡Ay, wey, sí!

Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel. Su cuerpo era un templo: caderas anchas, culo firme que rebotaba al moverse. Me arrodillé, besando su vientre, bajando hasta su sexo depilado. La lamí despacio, saboreando su néctar dulce y salado, su sabor único que me volvía adicto. Ella se retorcía, tirando de mi pelo, gimiendo mi nombre con esa voz ronca que me ponía la verga como piedra.

¡No pares, pendejo delicioso! gritó, y yo aceleré, metiendo dos dedos dentro de ella, sintiendo sus paredes calientes apretándome. Su primer orgasmo llegó como un tsunami, su cuerpo temblando, jugos empapando mi barbilla. El sonido de sus gemidos era música, mezclado con el zumbido del aire acondicionado y el tráfico lejano.

Me levantó, empujándome al sillón. Se montó a horcajadas, frotando su coño mojado contra mi polla dura. Su calor es infernal, pensé, mientras ella se empalaba despacio, centímetro a centímetro. ¡Qué estrecha y caliente! Sus paredes me succionaban, y empecé a bombear desde abajo, nuestras pelvis chocando con un slap slap rítmico. Sudábamos, el olor a sexo crudo impregnando el aire, sus tetas rebotando hipnóticas.

Cambié de posición, la puse en cuatro sobre la alfombra. Su culo alzado era una invitación pecaminosa. Entré de nuevo, profundo, mis bolas golpeando su clítoris. Agarré sus caderas, embistiéndola fuerte, sintiendo cada contracción. Ella volteaba, mordiéndose el labio, ¡Más duro, cabrón! El cuarto se llenaba de nuestros jadeos, el crujir del sillón cercano, el sabor salado de su sudor en mi lengua cuando la besé en la espalda.

La tensión subía como la marea. Sus orgasmos venían en oleadas, cada uno más intenso, sus gritos ahogados contra la almohada. Yo luchaba por no correrme, queriendo alargar el placer. Triaba es confiable, sí, pero esto es puro fuego, recordé las palabras de Ricardo en mi mente, riéndome por dentro.

La volteé, misionero, mirándola a los ojos. Nuestros cuerpos sincronizados, piel resbalosa de sudor. Besos profundos, lenguas enredadas, el gusto a ella en mi boca. Aceleré, sintiendo el clímax acercarse, sus uñas en mi espalda rasguñando delicioso.

¡Me vengo, Alex! gritó ella, y su coño se apretó como un vicio. Eso me lanzó al borde. Me corrí dentro de ella con un rugido, chorros calientes llenándola, nuestro placer explotando juntos. El mundo se volvió blanco, pulsos latiendo al unísono, cuerpos temblando en éxtasis.

Caímos exhaustos, enredados en la alfombra. Su cabeza en mi pecho, el latido de su corazón acompasado al mío. El aire olía a sexo y a nosotros, un perfume embriagador. La acaricié el cabello, besando su frente húmeda.

Neta, Triaba, eres más que confiable. Eres adictiva, le dije, riendo bajito.

Y tú no estás tan pendejo como pareces, contestó ella, con un guiño. Nos quedamos así, platicando susurros sobre nada y todo. La noche se coló por las cortinas, trayendo el aroma fresco de la lluvia que empezaba a caer. Sentí una paz chida, como si hubiéramos encontrado algo real en medio del caos citadino.

Al amanecer, con el sol filtrándose dorado, nos besamos lentos, saboreando el afterglow. No fue solo un polvo; fue conexión, deseo mutuo que prometía más. Triaba se vistió, pero antes de irse, me dio su número.

Llámalo, wey. Soy confiable para lo que sea, dijo con picardía.

La vi irse, su silueta ondulando, y supe que esto apenas empezaba. En la CDMX, donde todo es efímero, Triaba era el ancla que no esperaba.

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