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Despertar del Tri Core

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Despertar del Tri Core

La noche en mi depa de Polanco estaba chida de verdad. Las luces tenues del techo pintaban todo de un naranja suave, como si el sol se negara a irse. Yo, Ana, acababa de servir el último trago de mezcal con sal y limón. Marco, mi carnal del alma desde hace dos años, se recargaba en el sofá de piel, con esa sonrisa pícara que me ponía la piel chinita. Y luego estaba Luisa, mi mejor amiga desde la uni, sentada en el sillón de enfrente, con las piernas cruzadas y un vestido negro que se le pegaba al cuerpo como segunda piel.

Neta, wey, este mezcal está cañón —dijo Luisa, lamiéndose los labios rojos, dejando un rastro brillante que me distrajo un segundo de más.

Marco soltó una carcajada ronca, ese sonido grave que siempre me erizaba el vello de los brazos. ¿Por qué carajos Luisa me mira así? pensé, mientras sentía un calor subir desde mi estómago. No era la primera vez que notaba la química entre los tres. En las fiestas, siempre terminábamos bailando pegaditos, con roces "accidentales" que duraban demasiado. Pero esta noche, con el aire cargado de humo de incienso de vainilla y el bajo de la rola de Natalia Lafourcade retumbando bajito, algo se sentía diferente. Como si el tri core que siempre bromeábamos —nosotros tres como los núcleos de una pinche batería eterna— estuviera a punto de encenderse de una vez.

Si tan solo supieran lo que me pasa cuando Luisa me roza la mano... Es como electricidad pura, wey.

Empecé la plática con chismes de la chamba, pero pronto viramos a lo jugoso. Marco contó una anécdota de su viaje a Tulum, de cómo el mar Caribe le había despertado ganas locas. Luisa se inclinó hacia adelante, sus pechos subiendo y bajando con la risa, y yo juré oler su perfume: jazmín mezclado con algo salado, como piel después de la playa.

—Yo también quiero eso, carnales —dijo ella, mirándonos a los dos—. Un tri core de placeres, ¿no? Mar, sol y... compañía chida.

Su pie descalzo rozó mi pantorrilla por debajo de la mesita. No fue casual. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en las sienes como tamborazo zacatecano. Marco lo notó, porque su mano se posó en mi muslo, apretando suave. Esto va a pasar, me dije, y en lugar de asustarme, una humedad cálida se extendió entre mis piernas.

La música subió de volumen. Me paré y los jalé a bailar. El suelo de madera crujía bajito bajo nuestros pies descalzos. Luisa se pegó a mi espalda primero, sus caderas moviéndose al ritmo, su aliento caliente en mi cuello oliendo a mezcal dulce. Marco se unió por delante, su pecho duro contra el mío, manos en mi cintura. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, gruesa y caliente a través del pantalón. Qué rico, gemí por dentro, mientras Luisa lamía mi oreja, un toque húmedo que me hizo arquear la espalda.

—Estás cañona, Ana —susurró ella, voz ronca como grava mojada.

Nos besamos primero ella y yo, labios suaves chocando, lenguas explorando con sabor a limón y sal. Marco nos veía, ojos oscuros brillando de deseo, tocándose por encima del pantalón. Luego él se unió, besándome el cuello mientras Luisa chupaba mi labio inferior. El tri core se armaba: sus cuerpos contra el mío, calor triple envolviéndome. Manos por todos lados —las de Marco desabrochando mi blusa, las de Luisa bajando mi falda— piel expuesta al aire fresco, pezones endureciéndose al instante.

Caímos al sofá en un enredo de piernas y risas nerviosas. Esto es consensual, es nuestro, pensé, mientras Marco me quitaba el brasier y lamía mis tetas, lengua áspera rodeando el pezón, succionando hasta que un jadeo se me escapó. Luisa se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento. Su aliento en mi panocha me hizo temblar; olía a mi propia excitación, almizcle dulce y salado.

No mames, su lengua ahí va a volverme loca. ¿Por qué esperé tanto?

—Déjame probarte, amiga —dijo Luisa, y su boca cubrió mi clítoris, chupando suave al principio, luego con hambre. Gemí fuerte, manos en su pelo negro ondulado, tirando mientras Marco me besaba, su verga frotándose en mi mano. La saqué libre, palpitante, venosa, goteando pre-semen que lamí como helado derretido: salado, amargo, adictivo.

La intensidad subió como fiebre. Cambiamos posiciones; yo sobre Marco, su verga entrando en mí de un empujón lento, llenándome hasta el fondo. Qué chingón se siente, el estiramiento delicioso, paredes vaginales apretándolo. Luisa se sentó en su cara, él lamiéndola con ruidos húmedos, slurps que llenaban la habitación junto a mis gemidos y el slap slap de mi culo contra sus bolas. Sudor nos cubría, brillando bajo la luz; olía a sexo puro, mezcal y piel caliente.

—Más duro, pendejo —le dije a Marco, montándolo como jinete en rodeo, tetas rebotando. Luisa se inclinó a besarme, nuestras lenguas danzando mientras sus dedos jugaban con mi ano, rozando sin entrar, solo prometiendo. El tri core latía: mi placer en su verga, el de ella en su lengua, el de él en nosotras dos. Tensiones internas se deshacían —¿Y si esto cambia todo?— pero el deseo las ahogaba. Pequeños orgasmos me sacudían, contracciones alrededor de Marco, pero guardaba el grande.

Luisa bajó y lamió donde nos uníamos, lengua en mi clítoris y sus bolas. No mames, voy a explotar. Marco gruñó, caderas embistiendo arriba, profundo. Volteamos: él detrás de mí a cuatro patas, verga martillando mi concha mientras yo chupaba a Luisa, su panocha depilada goteando en mi boca, sabor ácido y dulce como tamarindo. Sus muslos temblaban, manos en mi cabeza empujando.

—Sí, Ana, chíngame con la lengua —jadeaba ella, voz quebrada.

El cuarto olía a orgasmo inminente: sudor agrio, jugos vaginales, verga húmeda. Pieles chocando con palmadas resonantes, gemidos en trilogía armónica.

El clímax nos golpeó como ola en Acapulco. Primero Luisa, gritando ¡Ay, wey!, squirteando en mi boca, líquido caliente salado bajando mi garganta. Eso me llevó a mí, paredes convulsionando alrededor de Marco, lecheándome entera, visión borrosa de placer puro. Él último, sacándose y corriéndose en mi espalda, chorros calientes pintándome como lienzo, gruñendo mi nombre.

Colapsamos en el sofá, enredados, pechos subiendo y bajando sincronizados. El aire fresco secaba el sudor, dejando piel pegajosa. Marco besó mi frente, Luisa mi hombro, manos acariciando suaves ahora, trazando círculos perezosos.

—Eso fue el tri core perfecto —murmuró Marco, voz satisfecha.

Luisa rio bajito. —Neta, carnales. Somos imparables.

Esto no rompe nada, lo fortalece. Mi corazón late con los dos, y qué chido se siente.

Nos quedamos así, envueltos en sábanas traídas del cuarto, compartiendo agua fría y besos tiernos. La ciudad zumbaba afuera por la ventana, luces de Reforma parpadeando como estrellas. Mañana platicaríamos, quizás repetiríamos. Pero esa noche, en el afterglow, supe que el tri core era nuestro secreto ardiente, un lazo más fuerte que cualquier cosa. Cuerpos relajados, almas conectadas, listos para lo que viniera.

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