Cada Cuanto Se Aplica Bedoyecta Tri En Nuestra Pasión Salvaje
Entraste a la casa con el cuerpo hecho pedazos, wey. El pinche trabajo te había chingado todo el día, con ese sol del norte que quema hasta el alma. Olías a sudor fresco mezclado con el polvo de la obra, y tus músculos gritaban por descanso. Pero ahí estaba ella, tu morra, Lupita, esperándote en la sala con esa sonrisa pícara que te ponía la verga dura al instante. Vestida con su uniforme de enfermera ajustadito, el que usaba para sus turnos en la clínica, pero ahora solo para ti. ¿Qué traes, carnal? ¿Otra vez hecho mierda? te dijo, acercándose con ese meneo de caderas que te volvía loco.
Te dejó caer en el sofá, y ella se sentó a horcajadas sobre tus piernas, sus tetas rozando tu pecho. Olías su perfume, esa vainilla dulce con un toque de jazmín que te hacía salivar. Te ves reventado, amor. Necesitas tu Bedoyecta Tri, murmuró mientras te besaba el cuello, lamiendo el sudor salado de tu piel. Sus manos bajaron a tu cinturón, desabrochándolo despacio, como si supiera que cada segundo era fuego puro.
—¿Y cada cuanto se aplica Bedoyecta Tri, mi reina? —preguntaste con voz ronca, recordando las veces que te la ponía. Ella era experta, pinche enfermera certificada, y sabía que esa vitamina B te recargaba las pilas como nada.
—Cada siete días, papi, pero contigo lo hacemos cuando el cuerpo lo pida. Hoy te toca, para que me des verga toda la noche.Sus palabras te erizaron la piel, y sentiste cómo tu polla se despertaba bajo sus nalgas firmes.
Te llevó al cuarto, el aire cargado del olor a sábanas limpias y su excitación que ya se notaba, ese aroma almizclado que te volvía animal. Te quitó la ropa con dedos hábiles, rozando tus pezones endurecidos. Mírate, todo marcado de tanto jalar fierro, dijo admirando tus brazos tatuados y el abdomen que se contraía bajo su toque. Tú la mirabas, hipnotizado por cómo su blusa blanca se transparentaba, dejando ver los encajes negros de su bra.
Se levantó para preparar la jeringa. La viste destapar el frasquito de Bedoyecta Tri, ese líquido rojo brillante que prometía energía pura. El sonido del émbolo al aspirar el suero te puso nervioso y cachondo a la vez. Al avienta, ordenó juguetona, poniéndote boca abajo en la cama. Sentiste el algodón frío con alcohol en tu nalga derecha, ese pinchazo helado que te erizó todo. Luego, la aguja fina entrando suave, el leve ardor que se convertía en calor placentero mientras ella empujaba el plunger. Ya está, mi amor. Siente cómo te llena de fuerza. Sacó la aguja con delicadeza, y besó el puntito rojo, su lengua caliente lamiendo la gotita de sangre.
Te volteaste, y ya estabas listo para ella. La inyección te hacía sentir invencible, como si cada vena ardiera con vida nueva. La jalaste hacia ti, arrancándole la blusa. Sus tetotas saltaron libres, pezones cafés duros como piedras. Las chupaste con hambre, saboreando el salado de su piel sudada, el dulzor de su areola. Ella gemía bajito, ¡Ay, wey, qué rico chupas! Métele lengua, mientras sus uñas se clavaban en tu espalda, dejando surcos rojos que dolían chido.
La tensión crecía como tormenta. Tus manos bajaron a su falda, subiéndola para encontrar su tanga empapada. Olías su coño jugoso, ese olor a mujer en calor que te mareaba. La frotaste por encima de la tela, sintiendo el calor húmedo filtrarse.
—No aguanto más, pendejo. Quiero tu verga adentro ya.Te quitó el bóxer de un jalón, y su mano envolvió tu tranca dura, palpitante. La masturbó despacio, el sonido de su piel contra la tuya, resbaloso por el pre-semen.
La pusiste boca arriba, abriéndole las piernas anchas. Su panocha depiladita brillaba, labios hinchados y rosados invitándote. Lamiste su clítoris primero, saboreando el néctar salado-dulce que manaba. Ella se arqueaba, ¡Sí, cabrón, chúpame así! No pares, sus muslos temblando alrededor de tu cabeza, el olor intenso de su arousal llenándote las fosas nasales. Metiste dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar, el sonido de su chucha chorreando era música pura.
Pero querías más. Te posicionaste, la punta de tu verga rozando su entrada caliente. Entra despacio, amor, que lo sienta todo, suplicó. Empujaste, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes vaginales te apretaban como guante mojado. El calor era infernal, cada vena de tu polla rozando su carne suave. Empezaste a bombear, lento al principio, el slap-slap de carne contra carne resonando en el cuarto. Sus tetas rebotaban con cada estocada, y tú las amasabas, pellizcando pezones.
La intensidad subía. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándote como jinete brava. Sus caderas giraban, moliendo tu verga profundo, el sudor goteando de su frente a tu pecho. ¡Qué chingona te sientes con la Bedoyecta, wey! Dámelo todo. Tú desde abajo, embistiéndola fuerte, manos en su culo redondo, abriéndola para meter dedo en su ano apretado. Ella chillaba de placer,
¡Sí, métemela por el culo después, pero ahora fóllame la chucha!
El clímax se acercaba como tren desbocado. Tus huevos se tensaban, el cosquilleo subiendo por la columna. Ella iba primero, su coño contrayéndose en espasmos, chorros calientes mojando tus muslos. ¡Me vengo, cabrón! ¡No pares! gritó, cuerpo convulsionando, uñas rasguñando tu pecho. Eso te llevó al borde: empujaste hondo una última vez, y explotaste, chorros de leche caliente llenándola, el placer cegador como rayo. Sentiste cada pulsación, el alivio total mezclándose con su calor.
Se derrumbaron juntos, jadeando. El cuarto olía a sexo crudo, semen y sudor entrelazados. Ella se acurrucó en tu pecho, besando tu corazón acelerado. ¿Ves? Cada cuanto se aplica Bedoyecta Tri, y estás como toro, rio bajito. Tú la abrazaste, sintiendo la paz post-orgasmo, el cuerpo liviano y satisfecho. Mañana sería otro día de pinche trámite, pero con ella y sus inyecciones mágicas, todo valía la pena. La próxima semana, mi amor, o cuando me lo pidas, prometió, y supiste que esa pasión no tenía fin.