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Tríos Caseros Poringa que Prenden el Fuego

6896 palabras

Tríos Caseros Poringa que Prenden el Fuego

Era una noche de esas calurosas en el DF, de las que te hacen sudar hasta el alma. Yo, Ana, estaba recostada en el sofá de mi depa en Polanco, con las piernas cruzadas y un shortcito que apenas cubría mis nalgas. Marco, mi carnal, mi amor de años, andaba en la cocina preparando unos tequilas con limón. Habíamos quedado con Luis, el cuate de Marco del gym, un morro alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que te hace mojar de solo verla. Neta, no sé cómo empezó todo, pero el aire ya olía a deseo desde que sonó el timbre.

"¡Pásale, wey!" gritó Marco desde adentro, y Luis entró con una bolsa de chelas frías. El fresco del refri contrastaba con el calor de sus cuerpos, y yo sentí un cosquilleo en la piel cuando nos dimos un abrazo de esos que duran un segundo de más. Luis traía una playera ajustada que marcaba sus pectorales, y olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, de esos olores que te despiertan el instinto.

Nos sentamos los tres en el sofá grande, con la tele prendida en mute. Marco sacó su cel y dijo: "Órale, miren esto, unos tríos caseros poringa que encontré. Neta, están chingones, bien reales, como si fueran de la vecina." Yo me reí, pero por dentro ya sentía el pulso acelerado. Esos videos eran puro fuego: morras como yo, en casas normales, con luces tenues, gimiendo sin pena mientras dos vatos las comían vivas. El sonido de piel contra piel, los jadeos roncos, el brillo del sudor... todo se colaba en mi cabeza como un veneno dulce.

"¿Y si probamos algo así, carnala?" murmuró Marco en mi oído, su aliento caliente rozándome el lóbulo. Mi corazón dio un brinco. ¿Neta? ¿Aquí, con Luis?

Al principio fue puro juego. Luis se acercó más, su muslo rozando el mío, y yo no me aparté. "¿Qué, Ana, te late?" preguntó él, con voz grave, mientras Marco ponía otro video. En la pantalla, una chava gemía "¡Sí, cabrones, así!" y yo sentí mi panocha palpitar. El aroma de las chelas se mezclaba con el mío, ese olor almizclado de excitación que no se disimula.

Marco me besó el cuello primero, lento, con esa lengua que sabe exactamente dónde lamer. Yo cerré los ojos, sintiendo sus manos grandes subir por mis muslos, abriéndolos despacio. Luis no se quedó atrás; su mano callosa me acarició la cara, luego bajó a mis tetas, apretándolas sobre la blusa. "Estás rica, Ana, neta." Sus palabras eran como fuego líquido en mis venas. Me quité la blusa con un movimiento fluido, dejando que el aire fresco lamiera mis pezones duros como piedras.

La tensión crecía como una tormenta. Marco se arrodilló entre mis piernas, bajándome el short con dientes, mordisqueando la tela. Olía a mi propia humedad, dulce y salada, y él inhaló profundo antes de enterrar la cara. "¡Ay, Marco, wey!" gemí, arqueando la espalda. Su lengua era un torbellino, chupando mi clítoris hinchado, lamiendo hasta el fondo. Luis, mientras tanto, se sacó la verga del pantalón: gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi palma. La masturbé despacio, saboreando el sabor salado cuando la llevé a mi boca.

Mi mente era un remolino. ¿Esto es real? ¿Dos vergas para mí, aquí en mi casa? Como esos tríos caseros poringa que tanto vemos... El pensamiento me ponía más caliente. Marco metió dos dedos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas, mientras lamía sin parar. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos ahogados, la respiración agitada de Luis cuando le chupaba más profundo, hasta la garganta.

Nos movimos al piso, sobre la alfombra suave que olía a limpio. Yo me puse a cuatro patas, con Marco detrás, restregando su pinga dura contra mi culo. "¿Quieres que te coja primero, amor?" susurró. "Sí, pero despacio... y Luis, dame esa verga en la boca." Él obedeció, arrodillándose frente a mí. Marco escupió en su mano, lubricando, y empujó lento. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el tope. El dolor placeroso me hizo gritar alrededor de la verga de Luis, que palpitaba en mi boca.

El ritmo empezó suave, pero pronto fue un vaivén salvaje. Marco me embestía con fuerza, sus bolas golpeando mi clítoris, mientras yo mamaba a Luis como si no hubiera mañana. Sudor chorreaba por sus pechos, goteando sobre mi espalda, caliente y salado. Olía a sexo puro: esperma inminente, panocha mojada, piel recalentada. "¡Chíngame más duro, cabrón!" le rogué a Marco, y él aceleró, sus manos apretando mis caderas hasta dejar marcas.

Luis gimió primero: "¡Me vengo, Ana, trágatela toda!" Su leche caliente me inundó la boca, espesa, con sabor amargo-dulce que tragué ansiosa, lamiendo cada gota. Eso bastó para que mi orgasmo explotara. Olas de placer me recorrieron, contrayendo mi coño alrededor de la verga de Marco, que gruñó y se vació dentro de mí, chorros calientes pintando mis paredes.

Pero no paró ahí. Cambiamos posiciones como en esos tríos caseros poringa perfectos. Ahora yo encima de Luis, cabalgándolo despacio al principio, sintiendo su verga recuperada deslizarse en mi semen-sperma mezclado. Marco se paró detrás, untando saliva en mi culo. "¿Lista para los dos, mi reina?" preguntó. Asentí, temblando de anticipación. Entró lento, milímetro a milímetro, y el estiramiento fue exquisito, dolor que se volvía éxtasis puro.

Estábamos los tres conectados, moviéndonos en sincronía. Yo rebotaba sobre Luis, sus manos en mis tetas, pellizcando pezones; Marco me taladraba el culo, su vientre contra mis nalgas. Los sonidos llenaban la habitación: carne aplastándose, gemidos roncos, "¡Sí, pendejos, así, no paren!" El olor era abrumador, sudor, semen, mi jugo chorreando por las piernas de Luis. Sentía sus pulsos dentro de mí, latiendo al unísono con mi corazón desbocado.

El clímax nos golpeó como un rayo. Luis se corrió primero, llenándome la panocha otra vez; yo grité, convulsionando, lágrimas de placer en los ojos; Marco nos siguió, eyaculando profundo en mi culo. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes, piel pegajosa.

Después, en la afterglow, nos quedamos tirados en la alfombra, con chelas tibias en las manos. Marco me besó la frente, Luis acarició mi pelo. Neta, fue mejor que cualquier trío casero poringa, pensé, con una sonrisa boba. El aire aún olía a nosotros, a sexo compartido, a algo nuevo y chido en nuestra vida. No hubo culpas, solo risas cansadas y promesas de más noches así. Al final, mientras el sol salía tiñendo las cortinas de naranja, supe que esto era nuestro secreto caliente, puro fuego mexicano.

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