Pruébame
La noche en la playa de Playa del Carmen estaba viva, con el rumble de las olas chocando contra la arena tibia y el olor salado del mar mezclándose con el humo de las fogatas. Yo, Ana, acababa de llegar de un día de sol y margaritas con las morras, pero la fiesta apenas empezaba. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel sudada, marcando mis curvas sin vergüenza. Me sentía pinche poderosa, con el cabello suelto ondeando como las palmeras.
Ahí lo vi, recargado en la barra improvisada de bambú, con una cerveza fría en la mano. Alto, moreno, con esa sonrisa de wey que sabe lo que quiere. Sus ojos me barrieron de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si ya supiera que esa noche iba a ser diferente. Me acerqué, moviendo las caderas al ritmo de la cumbia que sonaba de fondo.
—Órale, güerita, ¿vienes a bailar o nomás a posar? —me dijo, con voz grave que me erizó la piel.
Le guiñé el ojo, sintiendo el calor subir por mis muslos.
Este pendejo cree que me va a impresionar con su labia de turista. Neta, pruébame si te atreves.
—Pruébame, carnal. Si aguantas mi ritmo, te invito una chela fría.
Se rio, un sonido ronco que vibró en mi pecho. Se llamaba Marco, chilango de visita, con brazos fuertes de quien trabaja en construcción pero con un toque de intelectual por los libros que mencionó. Empezamos a platicar, coqueteando con miradas que duraban segundos de más. El aire estaba cargado de olor a coco de los protectores solares y el dulzor de las piñas coladas. Cada roce accidental de su mano en mi brazo mandaba chispas por mi espina.
La tensión crecía como la marea. Bailamos pegaditos, su cuerpo duro presionando contra el mío. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, y yo me mojé al instante, el calor entre mis piernas traicionándome deliciosamente. Chin, pensé, este wey me prende como nadie.
—Vamos a caminar por la playa —me propuso, su aliento caliente en mi oreja.
Asentí, el corazón latiéndome a mil. Caminamos descalzos por la arena fresca, las estrellas brillando como diamantes sobre el Pacífico. Nos sentamos en una duna apartada, lejos de las luces de la fiesta. El viento traía el aroma de jazmín silvestre y sal, y el sonido lejano de risas y música nos envolvía como una manta.
—Eres fuego, Ana —murmuró, acercándose. Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando. Abrí la boca, saboreando la cerveza y el sal en su lengua. El beso se profundizó, sus manos subiendo por mi espalda, desatando el nudo de mi vestido. Caímos sobre una sábana que sacó de quién sabe dónde, riéndonos bajito.
En el medio de la noche, todo escaló. Sus dedos trazaron mi piel, desde el cuello hasta los pechos, pellizcando mis pezones duros como piedras. Gemí, arqueándome contra él. Qué rico, su tacto áspero pero tierno, oliendo a hombre sudado y mar.
¿Y si no aguanto? No, pendeja, tú mandas aquí. Haz que sufra un poquito más.
—Desnúdate despacio —le ordené, mi voz ronca de deseo. Él obedeció, quitándose la camisa, revelando un torso marcado por el sol, vello oscuro bajando hasta su abdomen. Bajó los shorts, y su verga saltó libre, gruesa y palpitante, con una gota de precum brillando a la luz de la luna. La lamí los labios, el pulso acelerado en mis oídos como tambores.
Me puse de rodillas, el arena suave bajo mis piernas. Tomé su verga en la mano, sintiendo su calor y dureza, venosa y viva. La chupé lento, saboreando su sabor salado y almizclado, mi lengua girando alrededor de la cabeza. Marco gruñó, enredando los dedos en mi pelo.
—Cabrón, qué chingona eres —jadeó.
Lo llevé al borde, succionando fuerte, mis jugos chorreando por mis muslos. Pero me detuve, sonriendo pícara.
—Todavía no, pruébame tú a mí.
Me recostó, abriendo mis piernas. Su boca descendió, lamiendo mi concha empapada. Sentí su lengua caliente, explorando mis labios hinchados, chupando mi clítoris con maestría. El placer era eléctrico, oleadas subiendo desde mi centro, mis caderas moviéndose solas. Olía a sexo, a mi excitación dulce y su sudor masculino. Gemí alto, el sonido perdido en las olas.
La intensidad crecía. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me volvía loca. Mi cuerpo temblaba, el orgasmo acercándose como una tormenta. Pero quería más, lo necesitaba dentro.
—Chíngame ya, Marco. Dame duro.
Se posicionó, su verga rozando mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno, perfecto. Empezó a moverse, embestidas lentas al principio, nuestros cuerpos chocando con sonidos húmedos y piel contra piel. El olor de nuestra unión era embriagador, sudor y sexo puro.
Aceleró, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas. Nuestros jadeos se mezclaban con el romper de las olas, el ritmo primal. Sentí su pulso acelerado contra mi pecho, sus bolas golpeando mi culo. El clímax me golpeó primero, un estallido de luz detrás de mis ojos, mi concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo.
—¡Sí, córrete conmigo! —grité.
Marco rugió, llenándome con chorros calientes, su cuerpo convulsionando sobre el mío. Colapsamos, exhaustos, el sudor enfriándose en la brisa marina.
En el afterglow, yacimos abrazados, el corazón calmándose poco a poco. Su mano acariciaba mi cabello, suave ahora, tierno. Miré las estrellas, sintiendo una paz profunda, el cuerpo saciado y el alma ligera.
Este wey no solo me probó, me conquistó. Neta, quién diría que una noche en la playa cambiaría todo.
—Vuelve a México City conmigo —susurró.
Sonreí, besándolo lento.
—Pruébame allá, carnal. Vamos a ver qué más aguantas.
La luna nos vio partir al amanecer, con promesas en el aire salado y el sabor de nosotros aún en la piel.