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Triada Epidemiologica Que Es Pasion Ardiente

5891 palabras

Triada Epidemiologica Que Es Pasion Ardiente

Estábamos en mi depa en la Condesa, con el calor de la noche mexicana pegándonos en la piel como una caricia húmeda. Yo, Ana, acababa de terminar la clase de epidemiología en la UNAM, y mis carnales Marco y Luis se habían quedado a estudiar. La tele murmuraba una novela, pero ninguno le paraba bola. El aire olía a tacos de la esquina y a ese perfume dulce que usaba Luis, mezclado con el sudor ligero de Marco después de su gym.

¿Por qué carajos mi cuerpo se siente así de encendido? pensé, mientras veía cómo Marco se estiraba en el sofá, su camiseta ajustada marcando los músculos de su pecho. Luis, con su sonrisa pícara de guanajuatense, me pasaba una chela fría, sus dedos rozando los míos un segundo de más. La tensión flotaba como el humo de un cigarro, densa, invitadora.

—Oye, Ana, explícanos otra vez lo de la triada epidemiologica que es —dijo Marco, recargándose con esa mirada que me hacía temblar las piernas—. Suena a algo de película de terror, pero neta me intriga.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —La triada epidemiologica que es el agente, el huésped y el ambiente, pendejos. El agente es lo que causa la enfermedad, el huésped quien la padece y el ambiente lo que la propaga. Como un virus que se esparce por contacto.

Luis se acercó, su aliento cálido en mi oreja. —Suena cabrón. ¿Y si lo aplicamos a algo más... placentero? Imagina que nuestro deseo es el agente, nosotros los huéspedes y esta noche el ambiente perfecto.

Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome como tambores en una fiesta. El roce de sus manos en mis brazos era eléctrico, suave como seda mojada. No dijimos más; los ojos lo decían todo. Consentió con una mirada, yo con un suspiro, Marco con un beso en mi cuello que sabía a sal y promesas.

Nos movimos al cuarto, la luz tenue de las velas parpadeando sobre las sábanas blancas. El olor a jazmín de mi loción se mezclaba con su aroma masculino, ese almizcle que me volvía loca. Marco me quitó la blusa despacio, sus labios trazando caminos de fuego en mi clavícula.

Esto es consensual, puro fuego mutuo, nada de prisas
, me dije, mientras mis manos exploraban el bulto duro en los jeans de Luis.

—Estás chingona, Ana —murmuró Marco, su voz ronca como grava—. Tu piel sabe a miel.

Me tendí en la cama, el colchón hundiéndose bajo nosotros tres. Luis besó mi boca, su lengua danzando con la mía, sabor a chela y menta. Marco descendió, lamiendo mis pezones hasta endurecerlos como piedras preciosas. Gemí, el sonido reverberando en la habitación, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. El ambiente era perfecto: calor sofocante, música ranchera bajita de fondo, el tráfico lejano como un pulso urbano.

La escalada fue gradual, como una fiebre que sube poquito a poquito. Desabroché los pantalones de Marco, liberando su verga gruesa, palpitante, con venas que latían bajo mi palma. La piel era aterciopelada, caliente, oliendo a hombre puro. Luis se desnudó, su pinga curva y lista, rozando mi muslo interno. La triada en acción: yo el huésped ansioso, ellos los agentes infecciosos de placer, esta cama el ambiente contagioso.

—Déjame probarte —susurré, tomando la verga de Marco en mi boca. Saboreé la sal de su pre-semen, chupando lento, mi lengua girando en la cabeza hinchada. Él gruñó, sus caderas moviéndose, manos enredadas en mi pelo. Luis no se quedó atrás; sus dedos encontraron mi panocha húmeda, resbaladiza, frotando el clítoris con círculos precisos. El placer era un torrente, oleadas de calor subiendo por mi espina.

El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa. Gemidos llenaban el aire: mis ahogos ahogados, los jadeos roncos de ellos. Cambiamos posiciones, yo a cuatro patas, Marco detrás embistiéndome con fuerza controlada, su verga llenándome hasta el fondo, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. Cada thrust era un choque húmedo, sonidos obscenos de carne contra carne. Luis delante, su pinga en mi boca, follándome la garganta suave.

Qué chido es esto, pensé en medio del éxtasis, el olor a sexo impregnando todo, almizcle, sudor, jugos. Mis tetas rebotaban, pezones rozando las sábanas ásperas. El agente del deseo se propagaba: de Marco a mí, de mí a Luis, en un ciclo vicioso y delicioso.

—Más rápido, carnal —jadeé, mi voz entrecortada—. Infectenme toda.

Marco aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris, mientras Luis pellizcaba mis pezones. La tensión crecía, un nudo en mi vientre apretándose. Internalmente luchaba: ¿Suelto ya o aguanto para más? Pero el cuerpo mandaba. Luis se corrió primero, chorros calientes en mi boca, sabor amargo-dulce que tragué con avidez. Marco me siguió, su verga hinchándose, llenándome de semen caliente que goteaba por mis muslos.

Yo exploté después, un orgasmo que me sacudió como terremoto, paredes vaginales contrayéndose, jugos empapando todo. Grité, el sonido raw y liberador, cuerpo temblando entre ellos.

En el afterglow, nos derrumbamos en un enredo de limbs sudorosos. El ambiente se enfrió un poco, brisa de la ventana trayendo olor a lluvia lejana. Marco me besó la frente, Luis acarició mi espalda.

—La triada epidemiologica que es ahora nuestro secreto —rió Luis, su voz perezosa.

—Sí, pero esta epidemia no queremos curarla —agregué, sintiendo su calor protector.

Nos quedamos así, respiraciones sincronizadas, el deseo latente pero saciado. Mañana estudiaríamos de nuevo, pero esta noche, la triada nos había unido en placer puro, consensual, eterno. El corazón rebosaba paz, pieles aún sensibles al roce, sabores persistiendo en la lengua. Qué chingonería ser adultos jugando así, en esta México vibrante.

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