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Alabanzas con Trio Pasional

6399 palabras

Alabanzas con Trio Pasional

La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal marina y a coco tostado bajo el sol del día. Yo, Ana, había llegado con mi carnal Marco y su cuate Luis, dos weyes guapísimos que siempre me sacaban suspiros. Estábamos en una casa rentada con vista al mar, de esas con piscina infinita y hamacas que se mecían con la brisa. Neta, todo era perfecto: cervezas frías, tacos de mariscos y esa vibra de vacaciones que te pone la piel en tensión.

Marco, con su torso moreno y tatuajes que brillaban bajo la luna, me abrazó por la cintura mientras Luis, el más alto y con esa sonrisa pícara, preparaba unos tequilas. "Órale, nena, ¿jugamos algo pa' calentar la noche?", dijo Marco, su aliento caliente contra mi oreja. Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas. Luis se acercó, sus ojos oscuros devorándome. "Yo voto por alabanzas con trío", soltó riendo. "¿Qué pedo? Explíquenme", pregunté, curiosa, mientras el calor de sus cuerpos me rodeaba.

Resulta que era un jueguito que inventaron en la uni: cada quien elogia al otro dos, pero con detalles bien sensuales, como si fueran alabanzas de cuerpo sagrado. Nada de pendejadas superficiales, neta había que describir lo que te prendía. Empezamos sentados en la terraza, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos, el aire cargado de jazmín y sudor fresco. Marco fue el primero: "Ana, tus chichis son como mangos maduros, firmes y jugosos, me dan ganas de morderlos despacito". Su voz ronca me erizó la piel, y sentí mi panocha humedecerse al instante.

¿Qué chingados estoy sintiendo? Esto es demasiado intenso, pero joder, me encanta cómo me miran los dos.

Luis no se quedó atrás. Se lamió los labios y dijo: "Tus labios, Ana, son puro pecado, rojos y carnosos, perfectos pa' chuparlos hasta que gimas". Extendió la mano y rozó mi muslo con las yemas de los dedos, un toque eléctrico que me hizo jadear. Era mi turno. Miré a Marco: "Tu verga, amor, se ve tan dura bajo el short, gruesa y venosa, lista pa' hacerme gritar". Luego a Luis: "Y tú, wey, tus manos grandes, callosas, imagino cómo me abrirían las piernas". El ambiente se cargó de electricidad, el pulso acelerado latiendo en mis sienes.

La primera ronda fue solo palabras, pero el deseo crecía como la marea. Nos quitamos las playeras, quedando en trajes de baño. El sol poniente teñía todo de naranja, y el olor a protector solar mezclado con feromonas nos envolvía. Segunda ronda: toques permitidos. Marco se arrodilló frente a mí, alabando mis pezones endurecidos: "Mira cómo se paran pa' mí, rosaditos y duros como piedritas". Los lamió con la lengua plana, un roce húmedo y cálido que me arqueó la espalda. Gemí bajito, el sabor salado de mi piel en su boca.

Luis, desde atrás, hundió la nariz en mi cuello: "Tu aroma, Ana, es a miel y mar, adictivo". Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas con fuerza, el tacto áspero de sus palmas enviando chispas directo a mi clítoris. Yo no podía quedarme quieta; alcancé la verga de Marco por encima del short, sintiendo su calor palpitante, dura como hierro. "Alabanzas a esta madre", murmuré, apretándola. Luis se restregó contra mi culo, su erección presionando, prometiendo más.

El juego escaló. Nos metimos a la piscina, el agua fresca contrastando con el fuego de nuestros cuerpos. Flotábamos, tocándonos sin pudor. Marco me besó con lengua profunda, saboreando a tequila y a mí, mientras Luis chupaba mis tetas, succionando fuerte hasta dejar marcas rojas. ¡Ay, cabrón! El agua chapoteaba alrededor, salpicando, y mis jadeos se mezclaban con sus gruñidos. "Sigan con las alabanzas", pedí, la voz entrecortada.

"Tu panocha depiladita, Ana, brilla mojada, lista pa' nosotros", alabó Marco, metiendo un dedo dentro de mí bajo el agua. El roce suave, curvándose, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Luis alabó mi ano: "Tan chiquito y apretado, perfecto pa' explorarlo". Introdujo un dedo lubricado con saliva, lento, y el doble placer me tuvo temblando. Yo los masturbaba a ambos, sus vergas resbalosas en mis puños, venas saltando, precúm goteando.

Esto es el paraíso, dos hombres adorándome como diosa. No quiero que pare nunca.

Salimos empapados a la terraza, alfombra mullida bajo pies. Me tumbaron en una tumbona, piernas abiertas. Marco se hundió en mi boca, su verga salada y gruesa estirándome los labios, embistiendo suave. "Alabanzas a tu boquita caliente", jadeó. Luis lamía mi clítoris, lengua rápida como vibra, aspirando mi jugo dulce. El olor a sexo flotaba pesado, mezclado con el mar. Gemí alrededor de la verga de Marco, vibraciones que lo hicieron gemir más fuerte.

Cambiaron posiciones. Ahora Luis en mi panocha, entrando de un empujón largo, llenándome hasta el fondo. "¡Qué apretada, nena! Alabanzas a esta conchita que me aprieta". Marco desde atrás, lubricando con mi propia humedad, presionando en mi culo. El estiramiento ardía placero, doble penetración que me tenía al borde. Sus cuerpos contra el mío, sudor perlando pieles, músculos flexionándose. El slap-slap de carne contra carne, mis gritos ahogados: "¡Sí, cabrones, fóllanme!".

El clímax subió como ola gigante. Luis aceleró, su verga golpeando profundo, bolas chocando. Marco sincronizado, follándome el culo con ritmo feroz. Mis uñas clavadas en sus espaldas, olor a macho sudado invadiendo mis fosas nasales. Sentí el orgasmo venir, contracciones salvajes, chorros de placer empapando todo. "¡Me vengo, weyes!", aullé. Ellos explotaron: Luis llenándome la panocha de leche caliente, Marco en mi culo, chorros calientes goteando.

Colapsamos en un enredo de miembros temblorosos, respiraciones jadeantes calmándose. El mar susurraba arrullos, la luna testigo plateada. Marco me besó la frente: "Eres nuestra diosa, Ana". Luis acarició mi pelo: "Las mejores alabanzas con trío ever". Reí bajito, el cuerpo lánguido, satisfecho hasta los huesos.

Neta, esto cambia todo. Pero qué chingón cambio.

Nos quedamos ahí, pieles pegajosas enfriándose, compartiendo miradas cómplices. La noche prometía más rondas, más alabanzas, más éxtasis. En Puerto Vallarta, bajo las estrellas, descubrimos que el placer en trío era puro culto al cuerpo.

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