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Fuego Bajo las Camisetas del Tri

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Fuego Bajo las Camisetas del Tri

El estadio rugía como un volcán en erupción, pero tú y yo estábamos en nuestra propia burbuja de calor en el sofá de la sala. Llevábamos puestas las camisetas del Tri, esas verdes con el águila bordada que olían a fresco algodón y a la promesa de una noche mexicana pura. Tú, con la tuya ceñida al pecho, marcando cada curva de tus chichis que me volvían loco. Yo, sintiendo cómo el mío se pegaba ya un poco a la piel por el sudor del ambiente cargado. La tele transmitía el partido México contra Brasil, y cada grito de la multitud se colaba por las bocinas, haciendo que nuestros corazones latieran al mismo ritmo frenético.

Órale, carnal, esta noche va a estar chingona, pensaste yo mientras te veía morderte el labio, los ojos fijos en la pantalla. Habías llegado del tianguis con las camisetas envueltas como un regalo, diciendo que para el Clásico teníamos que ir a juego completo. Neta, desde que te las pusiste, no podía dejar de imaginarte quitándomela despacio, o mejor, sin quitártela del todo. El aire olía a tacos de suadero que habíamos pedido por delivery, a cerveza fría y a ese perfume tuyo que siempre me ponía la verga dura como piedra.

El primer tiempo avanzaba, y México metía un golazo. Tú saltaste del sofá, gritando ¡Síiii, pendejo!, y tus tetas rebotaron bajo la camiseta, el escudo del Tri estirándose con el movimiento. Te abracé por la cintura, sintiendo el calor de tu piel a través de la tela delgada. Tus manos se posaron en mi pecho, rozando el número 10 que llevaba yo, y ahí empezó todo. Nuestras miradas se cruzaron, no en la tele, sino entre nosotros. ¿Quieres que pare el partido? te pregunté con la voz ronca, pero negaste con la cabeza, sonriendo pícara. Sigue, pero no me sueltes.

Acto primero de nuestra propia película: el roce inocente que no lo era. Mis dedos bajaron por tu espalda, sintiendo la columna vertebral bajo la camiseta húmeda. Tú te arqueaste un poco, presionando tu culo contra mi entrepierna. Olía a tu excitación mezclada con el sudor, un aroma almizclado que me hacía salivar. La multitud en la tele aullaba por un penal, pero yo solo oía tu respiración acelerada, el shhh de la tela cuando te movías. Te giré despacio, y nuestros labios se encontraron en un beso que sabía a salsa picante y a victoria anticipada. Lenguas danzando como el balón en el midfield, húmedas y urgentes.

El medio tiempo llegó como un respiro necesario. Apagué la tele por un segundo, pero no las luces tenues de la sala que pintaban sombras sexys en tu camiseta del Tri. Te senté en mis piernas, cara a cara, y mis manos exploraron bajo la prenda. Tu piel era seda caliente, pezones duros como chiles secos esperando ser lamidos. Me traes loca, güey, murmuraste, mientras tus uñas arañaban mi nuca. Yo respondí chupando tu cuello, saboreando la sal de tu sudor, oliendo el detergente fresco de la camiseta mezclado con tu esencia femenina. La tensión crecía como el marcador: 1-0 a favor nuestro, pero esto era mejor que cualquier Mundial.

Volvimos al sofá cuando reiniciaron, pero ya no mirábamos tanto la pantalla. Tú te recostaste contra mí, mi mano derecha dentro de tus shorts, dedos deslizándose por el calor húmedo de tu concha. Estabas chorreando, neta, como si el deseo fuera un río de tequila derramado. Despacio, cabrón, que no acabe tan pronto, gemiste bajito, mientras el estadio virtual explotaba por un contragolpe. Yo masajeaba tu clítoris con círculos lentos, sintiendo cómo tu cuerpo temblaba, pulsos latiendo contra mi palma. Tu mano libre se coló en mis pantalones, agarrando mi verga tiesa, palpitante, piel suave y venosa bajo tus dedos juguetones. El sonido de la piel húmeda contra piel, el plop plop sutil, se mezclaba con los narradores gritando ¡Gol de Chicharito!.

El segundo tiempo era puro fuego. México dominaba, pero nosotros ya íbamos por el empate en intensidad. Te quité los shorts sin prisa, dejando la camiseta del Tri puesta, esa verde que ahora estaba empapada en el pecho, transparente en las tetas. Tus pezones rosados asomaban como invitación. Me arrodillé entre tus piernas abiertas, el sofá crujiendo bajo nuestro peso. Olía a tu arousal fuerte, dulce y salado, y lamí desde tus muslos internos hasta llegar al centro. Tu sabor era explosión: miel caliente con un toque ácido, como tamarindo con chile. ¡Ay, sí, chúpame así! gritaste, y tus caderas se alzaron, empujando contra mi boca. Mi lengua jugaba con tus labios mayores, separándolos, hundiendo en tu entrada resbaladiza. Sentía tus paredes contraerse, el pulso de tu deseo latiendo en mi lengua.

Esto es mejor que cualquier camiseta del Tri nueva, mejor que ganar la Copa, pensabas yo, mientras tú gemías mi nombre entre jadeos. La sala se llenaba de nuestros sonidos: slurps húmedos, ahhs ahogados, el golpeteo de tu cabeza contra el respaldo. Mis manos apretaban tus nalgas, dedos hundiéndose en carne suave, mientras mi nariz rozaba tu clítoris hinchado. Tú venías cerca, lo sabía por cómo tus muslos me aprisionaban la cabeza, temblando como hojas en tormenta.

Pero no te dejé acabar todavía. Te levanté, camiseta pegada al cuerpo sudoroso, y te llevé a la mesa del comedor. Te recosté ahí, piernas en mis hombros, mi verga libre al fin, goteando precum que brillaba bajo la luz. Entré en ti de un empujón lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me envolvieras como guante caliente y mojado. ¡Qué chingón te sientes! gruñiste, y empezamos el vaivén. La mesa traqueteaba, platos de tacos olvidados rodando al suelo. Cada embestida era un gol: profundo, resonante, tu concha apretándome la base, mis bolas chocando contra tu culo con plaf plaf. Veía el escudo del Tri en tu pecho rebotar, verde vibrante contra tu piel morena.

La tensión escalaba como el minuto 85 del partido. Sudor nos chorreaba a los dos, las camisetas del Tri convertidas en segunda piel translúcida. Tus uñas en mi espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso. Más fuerte, pendejo, rómpeme, suplicabas, y yo obedecía, follando con furia contenida, sintiendo el orgasmo subir desde las bolas como un chorro de cerveza espumosa. Tú llegaste primero: un grito largo, cuerpo convulsionando, chorros de jugo empapando mis muslos. Tu concha ordeñándome, pulsos rítmicos que me arrastraron al borde.

Me corrí dentro de ti con un rugido, semen caliente llenándote en chorros espesos, mientras la tele anunciaba el pitazo final: México gana 2-1. Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos enredados bajo las camisetas del Tri empapadas. El afterglow era puro: tu cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón galopante calmarse. Olía a sexo crudo, a victoria compartida, a nosotros. Te besé la frente, saboreando el sudor salado. Neta, las mejores camisetas del Tri son las que usamos para esto, murmuraste riendo bajito.

Nos quedamos así un rato, la tele en mute mostrando repeticiones, pero nuestro highlight era este momento. Mañana lavaría las camisetas, pero el recuerdo quedaría grabado: pasión mexicana, consensual y ardiente como un partido de leyendas. Tú suspiraste satisfecha, y yo supe que esto era solo el principio de muchas noches con el Tri como testigo.

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