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Bedoyecta Tri 50000 Para Que Sirve Bajo Las Sábanas Ardientes

7407 palabras

Bedoyecta Tri 50000 Para Que Sirve Bajo Las Sábanas Ardientes

Ana se sentía como un trapo viejo después de esas semanas eternas en la oficina. El estrés del trabajo la tenía hecha un asco, con los ojos hundidos y el cuerpo pesado como plomo. ¿Cuánto tiempo más voy a aguantar así, wey? pensaba mientras se miraba en el espejo del baño de su departamento en Polanco. Una amiga le había platicado de la Bedoyecta Tri 50000, esa inyección mágica que te recarga las pilas como si fueras superwoman. "Es pura vitamina B, carnala, para que sirve la Bedoyecta Tri 50000 sino pa' eso, pa' darte energía de sobra y dejar de andar como zombie", le dijo en el café esa mañana. Ana no lo pensó dos veces, agarró su coche y se fue a la farmacia del barrio.

El farmacéutico, un señor mayor con bigote canoso, le sonrió cómplice. "Es lo mejor pa' las morras como tú que andan en el corre-corre. Te va a hacer sentir que puedes comerte el mundo". Ana se aplicó la jeringa en el glúteo ahí mismo, en un cuartito privado. El piquete fue chido, un ardorcillo que se extendió rápido por su nalga y subió como fuego líquido hasta su espina. Salió de ahí con una vibra nueva, el corazón latiéndole más fuerte, la piel erizada. ¿Ya está haciendo efecto o qué? Se subió al auto y le marcó a Marco, su carnal de andadas hace meses.

"Órale, nena, ¿ya vienes pa'cá? Te extraño, pinche loca", contestó él con esa voz ronca que le erizaba los vellos. Marco era alto, moreno, con tatuajes que asomaban por las mangas de su camisa, un tipo de Coyoacán que trabajaba en diseño gráfico y sabía cómo hacerla derretir con una mirada. Habían empezado como amigos con derechos, pero últimamente el cansancio de Ana los había enfriado. Hoy, con esa chingadera de vitamina corriendo por sus venas, sentía un cosquilleo en el vientre que no era solo nervios.

Bedoyecta Tri 50000 para que sirve, ¿pa' volverme una diosa del sexo?,
se preguntó riendo sola mientras manejaba por Insurgentes. Llegó a su taller en una casa vieja remodelada, llena de arte callejero y olor a café de olla. Marco la recibió en la puerta con un beso que sabía a tequila reposado y menta. Sus labios carnosos se pegaron a los de ella, la lengua juguetona explorando su boca con hambre contenida. Ana sintió un calor subiendo desde su pecho, el pulso acelerado latiéndole en las sienes. Lo jaló adentro, cerrando la puerta de un portazo.

En el taller, la luz tenue de las lámparas colgantes pintaba sombras suaves en las paredes. Marco la acorraló contra la mesa de trabajo, sus manos grandes deslizándose por su cintura, subiendo la blusa para acariciar la piel desnuda de su espalda. "Estás rarísima hoy, Ana, como si hubieras tomado algo chido", murmuró contra su cuello, inhalando su perfume de vainilla mezclado con el sudor fresco de la tarde. Ella rió bajito, mordiéndose el labio. El toque de sus dedos ásperos era eléctrico, enviando chispas directo a su entrepierna. La Bedoyecta hacía su magia: ya no había fatiga, solo un hambre voraz que le hacía apretar las piernas.

Se besaron con furia, lenguas enredadas, el sonido húmedo de sus bocas llenando el aire. Ana metió las manos por debajo de su playera, sintiendo los músculos duros de su abdomen contra sus palmas. Olía a hombre, a jabón y a ese aroma almizclado que la volvía loca. "Te voy a comer viva, pinche reina", gruñó él, levantándola en brazos como si no pesara nada. Ella envolvió las piernas alrededor de su cadera, frotándose contra la dureza que ya presionaba en sus jeans. El roce era delicioso, un preview de lo que vendría.

La llevó a la recámara del fondo, una cama king size con sábanas revueltas y velas apagadas que aún despedían un leve olor a jazmín. La tiró suave sobre el colchón, quitándole la ropa con urgencia. Primero la blusa, revelando sus tetas firmes en un bra negro de encaje. Marco se detuvo a mirar, lamiéndose los labios. "Mírate, toda rica y lista pa' mí". Sus manos amasaron sus pechos, pulgares rozando los pezones hasta endurecerlos como piedritas. Ana jadeó, arqueando la espalda. El placer era intenso, amplificado por esa energía desbordante. No pares, cabrón, dame más, pensó, mientras sus uñas se clavaban en sus hombros.

Él bajó lento, besando su ombligo, lamiendo el sudor salado de su piel. El aire se llenó del aroma de su excitación, ese olor dulce y almizclado que lo enloquecía. Le quitó los jeans y las tangas de un tirón, exponiendo su concha húmeda y rosada. "Estás chorreando, nena", dijo con voz grave, separando sus labios con los dedos. Ana gimió cuando su lengua tocó su clítoris, un lametón largo y plano que la hizo ver estrellas. El sonido era obsceno: chupeteos húmedos, sus jadeos roncos mezclados con los de ella. Él metía la lengua adentro, saboreándola como si fuera miel, mientras dos dedos gruesos la penetraban despacio, curvándose para rozar ese punto que la hacía temblar.

Ella se retorcía, las caderas alzándose para más. La Bedoyecta Tri 50000 corría como fuego en sus venas, haciendo que cada roce fuera una explosión.

¿Para qué sirve esto sino pa' follar como loca toda la noche?
pensó en un arrebato, riendo entre gemidos. Marco levantó la vista, ojos oscuros brillando. "Dime qué quieres, morra". "Tu verga, ya, métemela", suplicó ella, voz ronca de deseo. Él se quitó la ropa rápido, su polla dura saltando libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. Se puso un condón con manos temblorosas, posicionándose entre sus piernas.

Entró de un empujón lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana gritó de placer, sintiendo cada vena pulsando contra sus paredes. "¡Chingao, qué rica estás!", rugió él, empezando a bombear. El ritmo era brutal, piel contra piel chocando con palmadas sonoras, el colchón crujiendo bajo ellos. Ella clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mientras él le chupaba los pezones, mordisqueando suave. El sudor les corría por los cuerpos, mezclando sal y sexo en el aire cargado. Ana sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en su vientre, amplificada por esa vitalidad imparable.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona. Sus tetas rebotaban con cada bajada, sus manos en el pecho de él para impulsarse. Marco la agarraba las nalgas, guiándola, un dedo rozando su ano para volverla loca. "¡Sí, así, cabrón, dame duro!", gritaba ella, perdida en el placer. Él se incorporó, besándola feroz mientras la penetraba profundo. El clímax la golpeó como rayo: su concha se contrajo en espasmos, chorros de jugo empapando sus pelvis, un grito gutural escapando de su garganta. Marco la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro del látex, el cuerpo temblando.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, piel pegajosa y calientes. El cuarto olía a sexo puro, a sudor y satisfacción. Marco la abrazó por detrás, besándole la nuca. "Eres una chingona, Ana. ¿Qué te pasó hoy? Estabas poseída". Ella sonrió, aún sintiendo las réplicas en su cuerpo. "Un secretito: Bedoyecta Tri 50000. Ahora sé para qué sirve de verdad". Rieron bajito, enredados en las sábanas. Por primera vez en meses, Ana se sentía viva, completa, con el corazón latiendo fuerte no solo por la vitamina, sino por él. Mañana pediría otra dosis, pero esta noche era solo suya.

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