Intenta Recordar Mi Toque
La música de mariachi retumbaba en la plaza de Coyoacán, con ese ¡ay ay ay! que te hacía mover las caderas sin querer. El aire olía a elotes asados y tequila reposado, mezclado con el perfume dulce de las flores de cempasúchil que adornaban los puestos. Tú estabas ahí, con un vestido rojo ceñido que se pegaba a tu piel sudada por el calor de la noche mexicana, tomando un caballito de José Cuervo mientras charlabas con unas amigas. Neta, la fiesta estaba chida, pero algo te inquietaba. Ese wey de allá, alto, moreno, con camisa negra desabotonada hasta el pecho, te miraba fijamente. Sus ojos oscuros te taladraban, como si supiera todos tus secretos.
Intentas recordar. ¿De dónde lo conozco? Tu mente da vueltas, como un trompo en la infancia, buscando en el fondo de tus memorias borrosas. ¿Fue en una boda en Guadalajara? ¿O en esa playa de Puerto Vallarta donde el sol te quemó la piel y terminaste besando a un desconocido bajo la luna? El tequila ayuda, quema tu garganta y sube caliente por tu pecho, pero las imágenes se escapan, neblinosas como humo de carbón. Él se acerca, con una sonrisa pícara que muestra dientes blancos y perfectos.
"¿Qué onda, preciosa? ¿Ya te acordaste de mí o sigues jugando a las amnesia?"Su voz es grave, ronca, como el rugido lejano de un volcán.
Te ríes, nerviosa, sintiendo un cosquilleo en el estómago que baja directo a tus muslos. Intenta recordar, carajo, te dices, mientras él te ofrece otro trago. Sus dedos rozan los tuyos al pasarte el vaso, y ese toque... ese toque. Electricidad pura, como si tus nervios se encendieran de golpe. De repente, un flash: una habitación de hotel en Polanco, sábanas revueltas, su boca devorando tu cuello mientras gemías su nombre. ¿Cuál era? Alejandro. Sí, Alejandro, el tipo que te hizo gritar como nunca en una noche que juraste olvidar para no volverte loca.
Acto primero: la chispa se enciende de nuevo. Caminan juntos por las calles empedradas, lejos del bullicio, bajo las luces tenues de los faroles. Él te cuenta chistes tontos sobre chilangos y su tráfico infernal, y tú te relajas, riendo hasta que te duele la panza. Pero intenta recordar por qué lo dejaste ir. ¿Miedo? ¿Era demasiado intenso? Su mano roza tu cintura, guiándote hacia un café discreto con mesas al aire libre. Piden tacos al pastor, jugosos y crujientes, el cilantro fresco explotando en tu lengua mientras lo miras comer, sus labios brillando con salsa. El deseo crece lento, como el hervor de un mole en olla de barro. Sus rodillas se tocan bajo la mesa, y sientes el calor de su piel a través de la tela.
En el medio, la tensión sube como la marea en Acapulco. Terminan en su departamento en la Roma, un lugar padre con ventanales que dan a la ciudad iluminada.
"¿Quieres que pare si no te acuerdas?"pregunta él, serio por primera vez, sus manos quietas en tus hombros. Tú niegas con la cabeza, el corazón latiéndote como tambor de concheros. No pares, wey, justo ahora que todo vuelve. Lo besas primero, tus labios saboreando el tequila en su boca, salado y dulce. Sus manos recorren tu espalda, bajan a tus nalgas, apretando con fuerza que te arranca un jadeo. El vestido cae al suelo con un susurro suave, y él te levanta como si no pesaras nada, tus piernas envolviéndolo mientras camina al sofá.
La piel de Alejandro es cálida, suave como chocolate derretido, con un vello ligero que raspa delicioso contra tus pechos desnudos. Intentas recordar cada detalle de aquella noche pasada: cómo sus dedos exploraron tu interior, curvándose justo ahí, haciendo que tus jugos corrieran por sus manos. Ahora lo hace de nuevo, lento, torturándote. "Mírame, intenta recordar cómo te hice venir", murmura contra tu oreja, su aliento caliente oliendo a menta y deseo. Tus uñas se clavan en su espalda, marcándolo, mientras él lame tu cuello, bajando por tu clavícula, succionando un pezón hasta ponértelo duro como piedra. Gimes, alto, el sonido rebotando en las paredes como eco de placer.
El olor a sexo llena el aire, almizclado y embriagador, mezclado con su colonia de sándalo. Te voltea, boca abajo en el sofá, y sientes su verga dura presionando contra tus nalgas, gruesa y pulsante. Intenta recordar esa sensación de plenitud, piensas, mientras él se desliza adentro, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Empieza despacio, embestidas profundas que te hacen arquear la espalda, el sudor goteando entre vuestros cuerpos.
"¡Qué rico te sientes, pinche diosa!"gruñe él, acelerando, el slap-slap de piel contra piel ahogando tus gemidos. Tus paredes lo aprietan, ordeñándolo, y el clímax se acerca como tormenta en el desierto.
Pero no es solo físico; hay algo más profundo. Mientras él te penetra, recuerdos completos inundan tu mente: no fue solo sexo, fue conexión. Aquella noche hablaron de sueños, de mudarse a la playa, de dejar la rutina chilanga. ¿Por qué lo olvidaste? Miedo a sentir tanto. Ahora, con cada thrust, liberas esa barrera. Le pides más, "¡Dame duro, pendejo, hazme tuya!", y él obedece, una mano en tu clítoris frotando círculos rápidos, la otra tirando de tu pelo con justo la fuerza que amas.
El pico llega brutal. Tus músculos se contraen, olas de placer explotando desde tu centro, haciendo que grites su nombre mientras tiemblas entera. Él te sigue segundos después, corriéndose dentro con un rugido animal, caliente y abundante, llenándote hasta que sientes cada pulso. Colapsan juntos, jadeantes, el pecho de él subiendo y bajando contra tu espalda, su verga aún latiendo suave dentro de ti.
Al final, el afterglow es puro terciopelo. Se acurrucan en la cama king size, sábanas frescas oliendo a lavanda. Él te acaricia el cabello, besando tu frente.
"Ya te acordaste, ¿verdad? No fue solo una noche loca."Tú asientes, lágrimas de alivio en los ojos. Intenta recordar no para olvidar, sino para revivir. Hablan hasta el amanecer, planeando un viaje a Oaxaca, tacos de chapulines y mezcal bajo las estrellas. El sol sale tiñendo el cielo de rosa, y por primera vez en meses, sientes paz. Su toque ya no es recuerdo; es promesa. El deseo late bajo la piel, listo para más noches así, eternas y ardientes como el corazón de México.