El Tri Juanita Ardiendo
El antro vibraba con el rugido de la guitarra de El Tri, el bajo retumbando en tu pecho como un corazón desbocado. Tú, Juanita, la fanática número uno, la que todos llaman El Tri Juanita por cómo te sabes cada letra de memoria, te abrías paso entre la multitud sudada. El aire olía a cerveza fría, humo de cigarro y ese toque picante de tacos al pastor que vendían afuera. Tus jeans ajustados marcaban tus curvas generosas, y la blusa escotada dejaba ver el brillo de sudor en tu escote, chichis firmes moviéndose al ritmo de "ADO".
Órale, qué noche, pensabas, sintiendo el calor subir por tus muslos. Habías venido sola, como siempre, buscando esa energía que solo El Tri te da, la que te hace sentir viva, deseada. La gente gritaba "¡El Tri! ¡El Tri!", y tú brincabas, cabello negro suelto azotando tu espalda, el sabor salado del sudor en tus labios.
Esta noche alguien me va a comer viva, neta que sí. Mi cuerpo pide verga dura, no mames.
De repente, un wey alto, moreno, con playera de la banda y brazos tatuados, se pegó a ti desde atrás. Sus caderas chocaron con tu culo redondo al compás de la música. Volteaste, y sus ojos cafés te clavaron como pinche aguja. Chingón, murmuraste para ti. Se llamaba Luis, te dijo al oído, su aliento caliente con olor a chela Corona rozando tu oreja.
—El Tri Juanita, ¿verdad? Te he visto en otros conciertos, wey. Eres la chingona de las morras aquí.
Reíste, sintiendo su verga semi-dura apretada contra ti. —Simón, carnal. ¿Y tú qué, listo pa' bailar o nomás pa' ver?
El comienzo de la tensión fue ahí, en ese roce inocente que no lo era. Bailaron toda la noche, cuerpos pegajosos, su mano en tu cintura bajando despacito hasta tu nalga. El olor de su sudor macho te mareaba, mezclado con tu perfume de vainilla y jazmín. Cada grito de la banda era una descarga eléctrica entre tus piernas, tu concha humedeciéndose bajo los jeans.
Cuando El Tri tocó "Triste Canción de Amor", Luis te giró, pecho contra pecho. Sentiste sus pectorales duros, el latido acelerado de su corazón. Tus pezones se pusieron como piedras contra la tela delgada. —Estás rica, Juanita —susurró, labios casi tocando los tuyos—. Neta que me traes loco.
El concierto terminó en euforia, todos coreando "¡El Tri! ¡El Tri!". Salieron tomados de la mano, el fresco de la noche en la CDMX golpeándolos como caricia. Caminaron a su depa cerca del antro, un lugar chido con vista al Zócalo iluminado. Adentro, luces tenues, reggaetón suave de fondo, pero pusieron el disco de El Tri bajito.
Acto dos: la escalada. Se sentaron en el sofá de piel, chelas en mano. Charlaron de canciones, de cómo "Pachuco" les recordaba fiestas locas. Pero las miradas decían otra cosa. Su mano en tu muslo, subiendo lento, dedos ásperos rozando la costura interna de tus jeans. Qué rico se siente, pensaste, abriendo las piernas un poquito.
Quiero que me chupe las chichis ya, pendejo. Siente cómo estoy mojada por ti.
—Bésame, Luis —dijiste, voz ronca de deseo.
Sus labios cayeron sobre los tuyos, lengua invadiendo tu boca con sabor a cerveza y menta. Gemiste, manos en su nuca, jalándolo más cerca. Se quitó la playera, torso marcado por gym, tatuaje de águila en el pecho. Tú desabotonaste tu blusa, chichis rebotando libres, pezones oscuros duros como balas.
—Qué mamadas tan perfectas, Juanita —gruñó, bajando la cabeza.
Su boca chupó un pezón, dientes rozando suave, lengua girando. El placer te recorrió como rayo, un jadeo escapando de tu garganta. Manos en su pelo, arqueando la espalda. Bajó más, desabrochando tus jeans, quitándolos con boxers de encaje. Tu concha depilada brillaba de jugos, olor almizclado de excitación llenando el cuarto.
Dedos gruesos separaron tus labios, frotando el clítoris hinchado. —Estás chorreando, mi El Tri Juanita. ¿Quieres mi verga?
—Sácatela, wey. Quiero verla.
Se paró, jeans abajo, verga gruesa saltando libre, venosa, cabeza morada goteando pre-semen. La tomaste, piel caliente, pulsando en tu palma. Lamiste la punta, sabor salado y amargo, luego engulliste la mitad, garganta relajada por práctica. Él gimió, caderas empujando suave. Qué chingón mamar verga, pensaste, saliva chorreando por tu barbilla.
Te levantó como pluma, a la cama king size. Cubrió tu cuerpo con el suyo, peso delicioso. Besos en cuello, mordidas suaves dejando marcas rojas. Su verga rozó tu entrada, lubricada al mil. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote llena. —¡Ay, cabrón! Qué grande —gritaste, uñas en su espalda.
Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida mandando ondas de placer. El colchón crujía, piel contra piel chapoteando húmedo. Sudor goteando de su frente a tus chichis. Aceleró, bolas golpeando tu culo, clítoris frotando su pubis. Tus gemidos subían, "¡Más duro, pendejo! ¡Cógeme como El Tri toca!"
Cambiaron: tú arriba, cabalgando como jinete. Ver su cara de éxtasis, manos amasando tus nalgas. Rebotabas, concha tragando su verga entera, jugos salpicando. Él se sentó, chupando chichis mientras follabas. El orgasmo te pegó como tsunami, piernas temblando, concha contrayéndose ordeñándolo. —¡Me vengo, Luis! ¡Chingado!
Él te volteó a cuatro patas, nalga alta, verga entrando de nuevo profunda. Manos en caderas, jalando pelo suave. El espejo de la pared mostraba tu cara de puta en celo, chichis colgando balanceándose. Olía a sexo puro, semen y concha. —Me voy a venir adentro, ¿sí? —preguntó.
—¡Sí, lléname, mi amor!
Acto tres: el clímax y afterglow. Rugió, verga hinchándose, chorros calientes inundando tu útero. Tú veniste otra vez, gritando, cuerpo convulsionando. Colapsaron, él encima aún dentro, pulsando restos. Besos lentos, lenguas perezosas.
Se quedaron abrazados, piel pegajosa enfriándose. Puso "Luz de Día de Muertos" de El Tri bajito. Su mano acariciaba tu espalda, dedos trazando curvas.
Neta que esta fue la noche de mi vida. El Tri siempre trae suerte, pero tú, Luis, eres mi nuevo himno.
—Eres increíble, El Tri Juanita —dijo, besando tu frente—. ¿Repetimos en el próximo concierto?
Reíste suave, sintiendo su semen escurrir entre muslos. —Simón, carnal. Pero ahora duerme, que mañana hay cruda y más pasión.
El amanecer entró por la ventana, tiñendo sus cuerpos de oro. En tus adentros, una paz chida, deseo satisfecho pero con chispa para más. El Tri había encendido la mecha, y Juanita ardía eterna.