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El Trio con Dildo Inolvidable

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El Trio con Dildo Inolvidable

Era una noche calurosa en la Condesa, de esas que te pegan el vestido al cuerpo con el sudor y te hacen antojarte de algo fresco, pero sobre todo, de algo caliente. Yo, Ana, acababa de llegar a la fiesta de Carla, mi carnala de la uni, que siempre arma las mejores pachangas en su depa chido con vista al Parque México. El aire olía a tequila reposado y a esas velitas de vainilla que prenden para disimular el humo de los porros. La música reggaetón retumbaba bajito, Perreo Intenso de J Balvin, y la gente bailaba pegadita, rozándose como si ya estuvieran en la acción.

Carla me vio desde el otro lado de la sala y vino corriendo, con su falda corta que le marcaba el culazo perfecto y unos chichis que pedían guerra. ¡Órale, Ana, qué buena onda que viniste, wey! me dijo, abrazándome fuerte. Su perfume, un Chanel dulzón mezclado con su olor natural, me mareó un poquito. Ahí estaba también Marco, su novio, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice "yo sé lo que traes en mente". Era el tipo de morro que te hace mojar con solo una mirada, con brazos tatuados y una playera ajustada que dejaba ver su six pack.

Tomamos unos tequilas con limón y sal, riéndonos de pendejadas de la chamba. Pero el ambiente se cargaba de electricidad. Carla me susurró al oído: Neta, Ana, siempre he querido hacer un trio con dildo contigo. Marco está cañón con la idea. Sentí un cosquilleo en la panocha, como si ya me estuvieran tocando.

¿Y si sí? ¿Y si me lanzo? Hace rato que no siento algo tan intenso
, pensé, mientras mi corazón latía como tamborazo zacatecano.

La fiesta se fue apagando, la gente se peló, y quedamos solos los tres en el sillón de piel, con luces tenues que pintaban sus cuerpos en dorado. Marco se acercó, su mano grande en mi muslo, subiendo despacito. ¿Estás en onda, mami? murmuró, su aliento a tequila caliente contra mi cuello. Asentí, mojada ya, y Carla nos besó a los dos, su lengua suave explorando mi boca mientras Marco me mordisqueaba la oreja. El sabor salado de su piel, el roce áspero de su barba incipiente... todo me prendía.

Nos fuimos al cuarto, un nido de sábanas de algodón egipcio y espejos en el techo. Carla prendió una lamparita roja que teñía todo de pasión. Se quitó la falda, revelando un tanga rojo que apenas cubría su conchita depilada. Marco se bajó el pantalón, y no mames, su verga estaba dura como fierro, gruesa, venosa, lista para la acción. Yo me desvestí temblando de anticipación, mis pezones erectos rozando el aire fresco del AC.

Empezamos despacio, para saborear la tensión. Carla y yo nos besamos de rodillas en la cama, nuestras lenguas danzando, mientras Marco nos veía, pajeadose la verga con calma. Qué ricas están mis morras, gruñó. El olor a excitación llenaba el cuarto: ese almizcle dulce de panochas húmedas y verga sudada. Toqué los chichis de Carla, pesados y firmes, pellizcando sus pezones rosados hasta que gimió bajito, un sonido que me vibró en el clítoris.

Marco se unió, lamiéndome el cuello mientras sus dedos gruesos separaban mis labios vaginales. Estás chorreando, Ana, dijo, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para darme en el punto G. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Carla sacó el dildo de la mesita: un monstruo negro de 20 centímetros, venoso, con ventosa y vibrador. Este bebé nos va a hacer volar en el trio con dildo, dijo con ojos brillantes. Lo untó de lubricante, que olía a fresa, y me lo pasó por los chichis, bajando hasta mi entrada.

La tensión subía como lava. Yo me recosté, piernas abiertas, viendo en el espejo cómo mi concha rosada palpitaba. Carla lo introdujo despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso me hacía jadear. ¡Ay, wey, qué chido! grité, mientras vibraba adentro, mandando ondas de placer por mi espinazo. Marco se posicionó detrás de Carla, metiéndosela por atrás en doggy, sus embestidas haciendo que el dildo se moviera más profundo en mí. El slap-slap de piel contra piel, mezclado con nuestros gemidos, era una sinfonía sucia y perfecta.

Intercambiamos posiciones, el sudor nos pegaba el pelo a la frente, el cuarto olía a sexo puro: semen preeyaculatorio, jugos vaginales, lubricante. Carla se sentó en mi cara, su concha goteando en mi lengua. La lamí con ganas, saboreando su salado dulce, chupando su clítoris hinchado mientras Marco me follaba la boca con su verga, suave pero firme.

Esto es el paraíso, neta. Nunca había sentido tanto poder, tanto deseo mutuo
, pensé entre arcadas placenteras.

El clímax se acercaba. Carla tomó el dildo y se lo metí en el culo a Marco mientras él me penetraba a mí. ¡Fóllame más duro, pendejo! le rogué, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Él aceleró, su verga hinchándose adentro, golpeando mi cervix con precisión. Carla vibraba el dildo en su propia concha, masturbándose furiosa, sus jugos chorreando por mis tetas.

El orgasmo nos golpeó como tsunami. Primero yo, convulsionando, mi concha apretando la verga de Marco en espasmos interminables, un grito ronco saliendo de mi garganta. ¡Me vengo, cabrones! Él se corrió segundos después, llenándome de leche caliente, espesa, que se desbordaba por mis muslos. Carla explotó última, squirteando en el dildo, su cuerpo temblando como hoja.

Nos derrumbamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El aire estaba pesado, cargado de nuestro aroma compartido. Marco nos besó a las dos, Estuvieron de lujo, mis reinas. Carla me acarició el pelo, El mejor trio con dildo de mi vida. Yo sonreí, sintiendo el semen secándose en mi piel, el dildo aún tibio a un lado.

Nos duchamos juntos después, jabón de coco deslizándose por curvas y músculos, risas tontas rompiendo la intensidad. En la cama, envueltos en sábanas frescas, hablamos de tonterías: la próxima fiesta, un viaje a Cancún. Pero en mi mente, el eco de ese placer perduraba, un fuego que nos unía más.

Esto no fue solo sexo, fue conexión, empoderamiento. Somos adultas, libres, y qué chido explorarlo así
.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que este trio con dildo era inolvidable. No por lo salvaje, sino por lo real, lo consensual, lo nuestro. Y mientras Marco roncaba y Carla se acurrucaba contra mí, su piel cálida contra la mía, sentí paz. Una paz cachonda, lista para más.

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