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Canciones del Tri Alex Lora en Ritmo de Piel

6707 palabras

Canciones del Tri Alex Lora en Ritmo de Piel

La noche en el bar de Polanco olía a tequila reposado y a humo de cigarro caro, ese que se escapa de los labios pintados de rojo. Yo, Daniela, estaba sentada en la barra, con mi falda negra ajustada subiendo un poco por mis muslos morenos, sintiendo el aire fresco del ventilador rozándome la piel. La banda en vivo arrancó con canciones del Tri Alex Lora, esa voz ronca de rockero mexicano que siempre me eriza la piel. "Triste canción de amor", gritó el vocalista, y el riff de guitarra me vibró en el pecho como un latido acelerado.

Ahí lo vi. Alto, con barba de tres días y una playera negra de El Tri que le marcaba los músculos del torso. Se acercó con una cerveza en la mano, sonriendo como si supiera que yo ya lo estaba midiendo de pies a cabeza. "¿Fan de Alex Lora?", me dijo, su voz grave compitiendo con los acordes eléctricos. Neta, güey, qué chido que alguien más aquí sepa de las canciones del Tri Alex Lora, pensé, mientras mi pulso se aceleraba.

—Sí, carnal, esas rolas me prenden como nada —le contesté, ladeando la cabeza y dejando que mi cabello negro cayera sobre un hombro. Nos pusimos a platicar de "Piedras rodantes", de cómo Alex Lora canta con el alma rasgada, de esas letras que hablan de amor cabrón y noches sin fin. Él se llamaba Marco, venía de un toque en la Condesa, y su mirada me quemaba, bajando despacio por mi escote. El sudor del bar nos pegaba la ropa, y yo sentía el calor subiendo entre mis piernas con cada sorbo de mi margarita.

La banda pasó a "Abuso de autoridad", y Marco me jaló a la pista. Bailamos pegados, su cadera contra la mía, el ritmo pesado de la batería retumbando en mi clítoris como un tambor chamánico. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, oliendo a colonia masculina mezclada con el cuero de su chamarra.

Órale, este wey sabe mover el culo, y yo aquí mojándome como pendeja,
me dije, mientras rozaba mi pezón endurecido contra su pecho. La tensión crecía, un fuego lento que nos hacía jadear al ritmo de las canciones del Tri Alex Lora.

—Vámonos de aquí, nena —me susurró al oído, su aliento caliente con sabor a cerveza—. Tengo el disco original en mi depa, cerca de aquí.
Asentí, el deseo me nublaba la razón. Salimos al aire fresco de la noche, el bullicio de Polanco zumbando a lo lejos. En su coche, un vocho tuneado con calcomanías de rock, puso el casete. La voz de Alex Lora llenó el espacio: "Chavo de onda". Reíamos, cantábamos, y su mano derecha subió por mi muslo, deteniéndose justo donde la falda terminaba. Sentí sus dedos ásperos, callosos de quien toca guitarra, rozando mi piel suave, enviando chispas directo a mi centro.

En su depa, un loft chido con posters de El Tri en las paredes y luces tenues de neón, el ambiente olía a incienso y a hombre soltero. Marco puso el tocadiscos, y "Las canciones del Tri Alex Lora" rugieron suaves, envolviéndonos como una niebla sensual. Me quitó la chamarra despacio, besándome el cuello, su lengua trazando un camino húmedo que me hizo arquear la espalda. Su boca sabe a sal y a promesas rotas, como las rolas de Alex, pensé, mientras mis uñas se clavaban en su espalda.

Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, el sabor ácido del tequila pasando de su boca a la mía. Sus manos expertas desabrocharon mi blusa, liberando mis tetas llenas, pezones duros como piedras rodantes. Los succionó con gemidos roncos, mordisqueando lo justo para que el placer doliera rico. Yo le bajé el zipper, liberando su verga gruesa, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. La envolví con mi mano, sintiendo su calor venoso, el pulso acelerado sincronizado con la guitarra eléctrica.

Qué chingona eres, Daniela —gruñó, mientras yo me arrodillaba, el piso de madera fría contra mis rodillas. Lamí su glande despacio, saboreando el salado almizcle, mi lengua girando como un solo de Lora. Él enredó sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, jadeando mi nombre. El olor de su excitación me mareaba, mezclado con el vinilo girando: ahora "Todo me pasa por ser chulo". Me incorporé, quitándome la tanga empapada, y lo empujé al sofá.

Me senté a horcajadas sobre él, frotando mi panocha húmeda contra su verga dura. El roce era eléctrico, mis jugos lubricándolo, el sonido chapoteante ahogado por la música.

No aguanto más, lo quiero adentro, llenándome como un riff pesado,
rugí en mi mente. Bajé despacio, centímetro a centímetro, su grosor estirándome deliciosamente, un ardor placentero que me arrancó un grito. Empecé a cabalgar, mis caderas ondulando al ritmo de las canciones del Tri Alex Lora, tetas rebotando, sudor perlando mi piel morena.

Marco me agarró las nalgas, amasándolas fuerte, sus dedos hundiéndose en la carne suave. "¡Fóllame más duro, cabrón!" le exigí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con golpes profundos que me golpeaban el útero. El sofá crujía, nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, el aire cargado de olor a sexo: almizcle femenino, semen próximo, sudor salado. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, mi clítoris hinchado frotándose contra su pubis peludo.

La tensión subía como un solo de guitarra interminable. Cambiamos: él me puso en cuatro, el vinilo ahora en "Niño sin amor", irónico y perfecto. Entró de nuevo, profundo, su vientre contra mi culo redondo, manos en mis caderas tirando de mí. Cada estocada era un trueno, mis gemidos mezclándose con la voz de Alex Lora. Me vengo, me vengo, joder, pensé, mientras el orgasmo me rompía en oleadas, mi coño contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por mis muslos.

Marco no paró, prolongando mi placer con embestidas lentas, luego rápidas. Sentí su verga hincharse más, sus bolas apretadas contra mí. "Me vengo, nena, ¡ahí te va!" rugió, y se corrió dentro, chorros calientes inundándome, el exceso goteando fuera. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso sobre mi espalda un cobijo sudoroso.

La música se apagó suave, solo nuestros corazones tronando. Me volteó, besándome tierno, su semen secándose entre mis piernas. Olía a nosotros, a noche mexicana de rock y pasión. Las canciones del Tri Alex Lora nos unieron, wey, y qué chido se sintió, reflexioné, acurrucada en su pecho, mientras el amanecer pintaba la ventana de rosa. No era solo un polvo; era un riff que resonaba en el alma, prometiendo más noches así, con su piel contra la mía y la voz de Lora de fondo eterno.

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