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La Virgen Morena de El Tri

6381 palabras

La Virgen Morena de El Tri

Ana era una morena de esas que quitan el aliento, con piel canela que brillaba bajo el sol de la Ciudad de México, curvas generosas que se marcaban en su vestido ajustado de los verdes de El Tri. A sus veintidós años, todavía era virgen, no por falta de ganas, sino porque ningún wey había encendido esa chispa que la hiciera perder el control. Pero hoy, con el partido de clasificación para el Mundial a todo lo que daba en la tele del bar La Esquina del Gol, sentía un calor entre las piernas que no era solo por la emoción del juego.

El lugar estaba a reventar de fans gritando ¡México México!, el olor a chelas frías y tacos al pastor flotando en el aire cargado de sudor y adrenalina. Ana se acomodó en la barra, su blusa escotada dejando ver el nacimiento de sus pechos firmes, el corazón latiéndole fuerte cada vez que Chicharito metía un golazo.

Pinche El Tri, siempre me pone así de caliente, neta
, pensó, cruzando las piernas para calmar el cosquilleo que subía desde su centro.

De pronto, un tipo alto, moreno y atlético se sentó a su lado. Javier, con ojos cafés intensos y una sonrisa pícara que prometía problemas buenos. Llevaba la camiseta de la Selección, pegada al pecho musculoso por el calor. —Órale, morena, ¿vienes sola a ver a El Tri? Eres la fan más chula que he visto hoy, le dijo, su voz grave retumbando sobre el rugido de la multitud.

Ana se sonrojó, pero le sostuvo la mirada. —Sí, wey, soy la virgen morena de El Tri. Nadie me gana en pasión por estos cabrones. Se rieron, chocaron sus chelas, y de ahí no pararon. Hablaron de los partidos legendarios, de cómo El Tri la había hecho llorar y gozar desde chava. Cada roce accidental de sus brazos enviaba chispas por su piel, el aroma masculino de él —mezcla de loción y cerveza— invadiendo sus sentidos.

El partido terminó en victoria, tres a uno, y el bar estalló en euforia. Javier la tomó de la mano. —Vamos a celebrar como se debe, ¿no? Ana asintió, el pulso acelerado, sabiendo que esta noche rompería su sequía. Salieron a la noche tibia de Polanco, calles iluminadas por neones y risas lejanas. Subieron a su departamento en un edificio chido con vista al skyline, el elevador oliendo a limpio y a promesa.

Adentro, luces tenues, música de fondo con cumbia rebajada. Javier la arrinconó contra la pared con gentileza, sus labios rozando los de ella. —Eres preciosa, morena, murmuró, y la besó. Fue como un gol en el último minuto: suave al principio, lenguas explorando con hambre creciente. Ana gimió bajito, el sabor salado de su boca mezclándose con el suyo, manos grandes deslizándose por su espalda, bajando a apretar sus nalgas redondas.

Neta, esto es lo que necesitaba. Mi cuerpo arde, wey
, pensó ella mientras él le quitaba la blusa, exponiendo sus tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco y el deseo. Javier las lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro, enviando descargas directas a su clítoris hinchado. Ana jadeaba, arqueando la espalda, el sonido de sus respiraciones entrecortadas llenando la habitación.

La llevó al sillón de piel suave, la recostó con cuidado. —¿Estás segura, chula? No hay prisa. Ella asintió, voz ronca: —Sí, Javier, hazme tuya. He esperado demasiado por un hombre como tú, fan de El Tri como yo. Le desabrochó el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La miró con ojos lujuriosos, oliendo a hombre excitado. Ana la tocó por primera vez, piel aterciopelada sobre acero, el calor quemándole la palma.

Él le bajó el short, exponiendo su monte de Venus moreno, labios húmedos brillando de jugos. —Estás chorreando, virgen morena, dijo con una sonrisa, hundiéndole dos dedos despacio. Ana gritó de placer, el roce interno masajeando paredes vírgenes, pulgar en su clítoris frotando círculos.

¡Ay, cabrón, me vas a matar de gusto!
Se retorcía, uñas clavadas en sus hombros, el aroma almizclado de su excitación impregnando el aire.

Javier se arrodilló, lengua ávida lamiendo su entrada, saboreando su miel dulce y salada. Chupó su clítoris como si fuera un dulce de tamarindo, metiendo la lengua profundo mientras ella gemía ¡Más, wey, no pares!. El orgasmo la golpeó como un penalazo, cuerpo convulsionando, chorros calientes empapando su cara, visión nublada por estrellas.

Pero no pararon. Ana, empoderada, lo empujó al sillón y se montó a horcajadas. Tomó su verga, la frotó contra su rendija resbalosa, bajando centímetro a centímetro. El estiramiento ardía delicioso, rompiendo su virginidad con un pop audible, sangre mínima mezclada con jugos. —¡Pinche rico! exclamó él, manos en sus caderas guiándola.

Cabalgó con furia, tetas rebotando, sudor perlando su piel morena que relucía bajo la luz. El slap slap de carne contra carne, gruñidos guturales, su clítoris rozando el pubis de él. Javier la volteó a perrito, embistiéndola profundo, bolas golpeando su culo, una mano en su clítoris, la otra jalándole el pelo suave. —Te sientes como terciopelo apretado, morena. Ana empujaba hacia atrás, perdida en sensaciones: el olor a sexo crudo, el sabor de sus besos cuando volteaba, el latido de su verga dentro hinchándose.

El clímax llegó en oleadas. Primero ella, gritando ¡Me vengo, cabrón!, coño contrayéndose ordeñando su polla. Javier rugió, sacándola y eyaculando chorros calientes sobre su espalda y nalgas, marca de posesión consensuada. Colapsaron jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando al unísono.

En la afterglow, acurrucados bajo sábanas frescas, el aroma de sus cuerpos mezclados flotando. Javier le acarició el cabello. —Eres increíble, la virgen morena de El Tri que conquistó mi cancha. Ana sonrió, satisfecha, un nuevo capítulo abriéndose.

Esto fue mejor que cualquier gol de Hugo Sánchez. Y solo es el principio
.

La noche se extendió en caricias perezosas, promesas de más partidos juntos, más placeres. Ana ya no era virgen, pero su pasión por El Tri —y por Javier— ardía más fuerte que nunca.

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