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Desnuda con el Trío Norteño

6639 palabras

Desnuda con el Trío Norteño

La noche en el palenque de Monterrey olía a tierra húmeda después de la lluvia, mezclado con el humo de las parrilladas y el dulce aroma de las chelas frías. El trío norteño Los Gavilanes acababa de bajar del escenario, sus acordeones y bajo sexto todavía vibrando en el aire cargado de aplausos y gritos. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de mis caderas anchas y pechos firmes, me acerqué a la barra sintiendo el pulso acelerado. Había venido sola, buscando esa chispa que me hacía falta desde hace meses. El divorcio me había dejado con un vacío que solo el ritmo norteño podía llenar.

Ellos tres estaban ahí, rodeados de fans: Chuy, el acordeonista de ojos negros y sonrisa pícara; Memo, el bajista alto y moreno con manos callosas de tanto rasguear; y Pancho, el vocalista, con esa voz ronca que erizaba la piel. Qué chingones se ven sudados y con las camisas abiertas, pensé mientras pedía un trago. Su música me había puesto caliente toda la noche, el acordeón gimiendo como un amante desesperado.

¡Órale, mamacita! ¿Vienes a pedir autógrafo o qué? —dijo Chuy, acercándose con una cerveza en la mano. Su aliento olía a tequila y limón, fresco y tentador.

Le sonreí, sintiendo el calor subir por mi cuello. —Algo mejor que un autógrafo, carnal. Quiero sentir ese ritmo de cerca.

Los tres se miraron, riendo con esa complicidad norteña que me derritió. Me invitaron a su mesa, y pronto estábamos platicando entre risas y shots. Memo me rozó la pierna "sin querer" bajo la mesa, su piel áspera enviando chispas por mi muslo. Pancho canturreó bajito una ranchera subidita de tono, su voz grave vibrando en mi pecho como el bajo sexto.

La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. El palenque bullía a nuestro alrededor: botas pisando la tierra, risas estridentes, el olor a carne asada flotando. Pero yo solo los veía a ellos, imaginando esas manos expertas en mi cuerpo.

Salimos del palenque en su troca vieja pero potente, el motor rugiendo como el acordeón en un corrido bravo. Íbamos rumbo a la casa de Chuy, una cabaña en las afueras con vista a las sierras, iluminada por luces tenues y un tocadiscos con sus propias grabaciones. El aire nocturno entraba por las ventanas, fresco y con olor a pino, mientras Memo iba atrás conmigo, su muslo pegado al mío.

Eres bien pinche caliente, Ana. Nos tienes locos desde el escenario, murmuró Pancho desde el volante, mirándome por el retrovisor con ojos hambrientos.

¿Y si me arrepiento? No, esto es lo que quiero. Tres hombres que saben tocar, que me van a hacer gritar más que sus corridos, pensé, mordiéndome el labio. Mi concha ya palpitaba, húmeda bajo las bragas de encaje.

En la cabaña, pusieron música suave del trío norteño, el acordeón llenando el cuarto de notas lentas y sensuales. Chuy me jaló a bailar, sus caderas pegadas a las mías, su verga dura presionando contra mi vientre. Olía a sudor masculino y colonia barata, un afrodisíaco perfecto. Memo se acercó por detrás, besándome el cuello, sus manos grandes subiendo por mi vestido, amasando mis tetas con rudeza juguetona.

Quítate eso, reina. Queremos verte entera, gruñó Pancho, desabotonando su camisa para revelar un pecho velludo y tatuado con águilas norteñas.

Me desvestí despacio, sintiendo sus miradas devorándome. Mi piel morena brillaba bajo la luz ámbar, pezones duros como piedras. Ellos se desnudaron también: vergas gruesas y venosas, listas, oliendo a deseo puro. Chuy me cargó a la cama king size, sus labios capturando los míos en un beso salado y hambriento. Memo lamió mi oreja, susurrando: —Vamos a tocarte como nuestro instrumento favorito, wey.

La escalada fue gradual, deliciosa. Pancho se arrodilló entre mis piernas, su lengua barbuda explorando mi clítoris hinchado, chupando con maestría mientras yo gemía contra la boca de Chuy. El sonido de sus lenguas y mis jadeos se mezclaba con el acordeón de fondo. Memo mamaba mis tetas, pellizcando pezones, su verga rozando mi mano. ¡Ay, Dios! Esto es el paraíso norteño, internalicé, arqueándome.

Cambiaron posiciones como en un corrido bien ensayado. Chuy se hundió en mí primero, su verga gruesa estirándome deliciosamente, embistiendo lento al ritmo de la música. Olía a sexo, a jugos míos cubriendo su pito. Memo me besaba, su saliva dulce en mi lengua, mientras Pancho se frotaba contra mi boca. Lo chupé ansiosa, saboreando su prepucio salado, su gemido ronco como su voz en tarima.

El calor subía, sudor perlando sus cuerpos musculosos. Sentía cada vena de Chuy pulsando dentro, sus bolas golpeando mi culo. —¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo ese ritmo norteño! —grité, y él obedeció, follándome con furia controlada. Memo reemplazó a Chuy, su verga más larga llegando profundo, tocando spots que me hacían ver estrellas. Pancho ahora en mi boca, follándola suave, sus manos en mi pelo.

La intensidad psicológica me volvía loca: Soy su reina, su musa, los controlo con mi cuerpo. Pequeños orgasmos me sacudían, pero el grande se cocinaba lento. Rotamos: yo encima de Memo, cabalgándolo mientras Chuy me penetraba el culo con lubricante fresco, doblemente llena, Pancho en mi boca. El roce de sus vergas separadas por una delgada pared me enloqueció. Gritos ahogados, pieles chocando húmedas, olor a semen inminente.

El clímax explotó como un acordeón en falsete. Mi cuerpo convulsionó, chorros de placer salpicando el vientre de Memo, gritando su nombre y el del trío norteño que me había conquistado. Ellos vinieron uno tras otro: Chuy en mi culo, caliente y espeso; Memo dentro de mi concha, llenándome; Pancho en mi lengua, tragándome cada gota salada y viscosa.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones jadeantes calmándose al ritmo de la ranchera que seguía sonando bajito. Sus manos me acariciaban perezosas, besos suaves en mi piel sensible. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y tierra norteña.

Eres la mejor fan que hemos tenido, Ana. Vuelve cuando quieras, dijo Pancho, su voz ronca ahora tierna.

Esto no fue solo sexo, fue una sinfonía. Me siento completa, poderosa, reflexioné mientras el alba teñía las sierras de rosa. Me vestí con piernas temblorosas, prometiendo regresar. Salí a la troca que me llevaría de vuelta, el eco del trío norteño resonando en mi alma y mi cuerpo marcado por su pasión. Una noche que cambiaría mis corridos para siempre.

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