Inténtalo de Nuevo Keane
El sol de Playa del Carmen se ponía en el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar Caribe. Tú, con tu vestido ligero de algodón que se pegaba a tus curvas por la brisa salada, caminabas por la arena tibia, descalza, sintiendo los granitos suaves entre los dedos de los pies. El olor a coco y limón flotaba en el aire, mezclado con el humo de las parrilladas y el ritmo pulsante de la cumbia rebajada que salía de los altavoces de la fiesta en la playa. Habían pasado tres meses desde esa noche en la que lo viste por primera vez, Keane, el gringo alto con ojos verdes y esa sonrisa pícara que te hacía cosquillas en el estómago.
Lo avistaste entre la multitud, recargado en una palmera, con una cerveza fría en la mano. Su camisa blanca desabotonada dejaba ver el vello oscuro en su pecho bronceado, y sus jeans ajustados marcaban cada músculo de sus piernas. Neta, wey, pensaste, el corazón latiéndote más rápido mientras el sudor perlaba tu escote. Él te miró, y sus ojos se iluminaron como si el mundo se hubiera detenido. Se acercó con paso seguro, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos como un tambor en tu pecho.
—
¡Órale, muñeca! ¿Qué onda? ¿Ya te olvidaste de mí?—dijo con ese acento yanqui mezclado con mexicano callejero que había aprendido en sus viajes.
Tú sonreíste, mordiéndote el labio inferior, sintiendo el sabor salado del mar en la piel. —
No seas pendejo, Keane. Cómo me voy a olvidar de la noche que casi me convences de irte a la cama.—Le guiñaste un ojo, recordando cómo todo se había quedado en besos calientes y promesas rotas por un malentendido tonto. Él se rio, esa risa grave que vibraba en tu piel como un ronroneo.
La tensión inicial era palpable, como el calor que subía por tus muslos. Charlaron de la vida en la Riviera Maya, de cómo él había dejado su curro en Estados Unidos para volverse nómada, pintando murales en las cantinas locales. Tú le contaste de tu chamba en el hotel, de las noches solitarias anhelando algo más chido. Cada palabra era un roce invisible, sus miradas chocando como chispas. El deseo crecía lento, como la marea subiendo, y cuando te ofreció otra chela helada, sus dedos rozaron los tuyos, enviando descargas eléctricas hasta tu centro.
Acto seguido, la noche se espesó. Caminaron por la playa, alejándose de la fiesta, el sonido de las risas y la música desvaneciéndose. La luna llena iluminaba el camino, y el aroma a yodo y arena húmeda te envolvía. Keane te tomó de la mano, su palma áspera por el trabajo manual contrastando con tu piel suave. —
La última vez la cagué, ¿verdad? No supe leer las señales.—murmuró, deteniéndose para mirarte a los ojos.
Tú sentiste el pulso acelerado en tu cuello, el calor entre tus piernas humedeciéndose con anticipación. Qué rico se ve con esa luz plateada, la verga ya medio parada en los jeans, pensaste, lamiéndote los labios. —
Simón, pero try again, Keane. Inténtalo de nuevo, cabrón.—susurraste en inglés, imitando su frase favorita de una canción que siempre ponía en sus fiestas.
Él no lo pensó dos veces. Te jaló hacia él, sus labios capturando los tuyos en un beso hambriento. Su boca sabía a cerveza y menta, la lengua invadiendo tu cavidad con urgencia, explorando cada rincón. Tus manos subieron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, el olor de su sudor masculino mezclándose con el salitre. Gemiste bajito cuando sus manos bajaron a tus nalgas, amasándolas con fuerza, apretándote contra su erección dura como piedra. El mundo se redujo a eso: el roce de sus caderas contra las tuyas, el latido de su corazón galopando al ritmo del tuyo.
Llegaron a su cabaña de playa, una choza rústica con hamaca en el porche y velas parpadeando adentro. La puerta se cerró con un clic, y el aire se cargó de electricidad. Keane te empujó suavemente contra la pared de madera, besando tu cuello, lamiendo la sal de tu piel. —
Te quiero tanto, preciosa. Neta, no sabes las noches que soñé con esto.—gruñó, su aliento caliente erizándote la piel.
Tú arqueaste la espalda, tus pezones endureciéndose bajo el vestido, rogando atención. Tus dedos se enredaron en su cabello castaño revuelto, tirando suave para guiarlo más abajo. Él obedeció, bajando el tirante del vestido, exponiendo un seno. Su boca lo capturó, chupando el pezón con avidez, la lengua girando en círculos que te hicieron jadear. ¡Ay, wey, qué chingón! Siento la humedad chorreándome por las piernas. El sonido de su succión era obsceno, mezclado con tus gemidos ahogados y el zumbido de los grillos afuera.
La escalada fue gradual, llena de luchas internas. Tú dudaste un segundo, recordando la decepción pasada, pero su mirada sincera, vulnerable, te derritió. —
¿Estás segura, mi reina? No quiero cagarla otra vez.—preguntó, deteniéndose para mirarte, su mano temblando en tu muslo.
—
Sí, pendejo. No pares. Hazme tuya.—respondiste, empujándolo hacia la cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes.
Se desvistieron mutuamente con prisa reverente. Su cuerpo desnudo era una obra de arte: abdomen marcado, verga gruesa y venosa palpitando, apuntando al techo. Tú te recostaste, abriendo las piernas, exponiendo tu panocha depilada, reluciente de jugos. Él se arrodilló entre tus muslos, inhalando profundo. —
Ole a miel y mujer, qué rico.—dijo antes de hundir la cara.
Su lengua era fuego líquido, lamiendo desde el clítoris hasta el ano, sorbiendo tus fluidos con hambre. Tú gritaste, las caderas buckeando contra su boca, el placer construyéndose como una ola gigante. ¡Chúpame más, cabrón! ¡No mames, me voy a venir! Tus uñas se clavaron en sus hombros, el olor de tu arousal llenando la habitación, mezclado con el de su precum goteando.
Lo jalaste arriba, guiando su verga a tu entrada. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sentiste cada vena rozando tus paredes, el glande golpeando tu cervix. —
¡Qué apretada, muñeca! Me aprietas como guante.—gimió él, empezando a bombear.
El ritmo creció: lento y profundo al principio, luego feroz, piel chocando contra piel con palmadas húmedas. Sudor corría por sus pectorales, goteando en tus tetas. Tú lo arañaste, mordiste su hombro, probando la sal de su carne. El clímax se acercó inexorable, tus músculos contrayéndose alrededor de su polla. —
¡Ya, Keane! ¡Córrete conmigo!—suplicaste.
Él aceleró, gruñendo como animal, y explotaron juntos. Tu orgasmo fue un tsunami, visión nublándose, cuerpo convulsionando, chorros de squirt empapando las sábanas. Su leche caliente inundándote, pulso tras pulso, hasta que colapsó sobre ti, jadeantes.
En el afterglow, yacían enredados, el ventilador zumbando suave, el mar susurrando afuera. Keane te besó la frente, su mano acariciando tu cabello húmedo. —
Esta vez no la cagué, ¿verdad?—murmuró, voz ronca de satisfacción.
Tú sonreíste, el cuerpo lánguido y pleno, sintiendo su semen escurrir lento por tus muslos. Try again, Keane, y lo harás mil veces más, pensaste, acurrucándote en su pecho. La noche prometía más rondas, pero por ahora, el mundo era perfecto, envuelto en el aroma de sexo y mar.