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Tra Tre Tri Tro Tru Palabras Ardientes

7034 palabras

Tra Tre Tri Tro Tru Palabras Ardientes

Estás en mi depa en la Condesa, con el sol del atardecer colándose por las cortinas de lino, pintando todo de un naranja chido que hace que tu piel se vea más morena y apetecible. Yo, Ana, te miro desde el sofá de terciopelo, con una chela fría en la mano, riéndome bajito mientras tú intentas concentrarte en el juego que se nos ocurrió después de unas birrias en la taquería de la esquina. Tra tre tri tro tru palabras, dices, tropezando con las sílabas, y yo me carcajeo, sintiendo ese cosquilleo en el estómago que siempre me da cuando estás cerca, oliendo a tu colonia fresca mezclada con el sudor ligero de la tarde mexicana.

—Órale, wey, ni puedes —te digo, acercándome gateando por el tapete persa, mi blusa suelta dejando ver el encaje negro de mi bra—. Si fallas otra vez, me debes un beso de esos que me dejan sin aliento.

Tú sonríes con esa cara de pendejo encantador, tus ojos cafés clavados en mis chichis que se mueven con cada risa. El aire huele a jazmín del jardín de abajo y a la salsa de los tacos que sobramos, pero sobre todo a nosotros, a esa tensión que va creciendo como la cumbia que suena bajito en el Spotify. Empiezas de nuevo: Tra tre tri tro tru palabras, pero te enredas en el "tro", y yo aprovecho para lanzarme sobre ti, mis labios chocando con los tuyos en un beso salado por la chela, tu lengua explorando mi boca con hambre contenida.

Te empujo suave contra los cojines, montándome a horcajadas sobre tus jeans ajustados, sintiendo ya lo duro que te pones debajo. Qué chingón se siente esto, pienso mientras mis caderas se mecen lentito, rozando tu verga que palpita contra mi short de mezclilla. Tus manos suben por mis muslos, ásperas y calientes, dejando un rastro de fuego en mi piel suave. —Otra ronda —susurras contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible ahí, haciendo que se me erice todo el cuerpo.

Tra tre tri tro tru palabras que me mojan, que me hacen querer cogerte ya mismo.

Yo repito el trabalenguas, pero lo adapto juguetona: Tra tre tri tro tru palabras en tu verga, y tú gimes bajito, tus dedos hundiéndose en mis nalgas mientras me aprietas más contra ti. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llena la habitación, mezclado con el tráfico lejano de Insurgentes y el zumbido del ventilador de techo. Siento el calor de tu pecho bajo mi palma, los músculos tensos latiendo al ritmo de tu pulso acelerado.

Nos quitamos la ropa despacio, como si quisiéramos alargar esta tortura deliciosa. Primero tu playera, revelando ese torso marcado por las horas en el gym de Polanco, oliendo a hombre puro, a deseo crudo. Yo me desprendo del bra, mis tetas saltando libres, pezones duros rozando tu piel cuando me inclino para lamerte el cuello, saboreando el salado de tu sudor. —Dilo tú ahora —te reto, mi voz ronca, mientras mi mano baja a tu bragueta, liberando tu verga gruesa que salta ansiosa, la punta ya brillando de precum.

Tra tre tri tro tru palabras, balbuceas, pero fallas porque mis dedos te acarician la base, subiendo y bajando lentito, sintiendo cada vena hinchada, el calor pulsante que me hace mojarme entre las piernas. Gimes fuerte, un sonido gutural que me vibra en el clítoris, y me bajas el short con urgencia, tus dedos encontrando mi panocha empapada, resbalosa de jugos. —Estás chorreando, nena —dices, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo en ese punto que me hace arquear la espalda y clavar las uñas en tus hombros.

El cuarto se calienta más, el olor a sexo invadiendo todo: mi almizcle dulce mezclado con tu almizcle masculino, el cuero del sofá crujiendo bajo nosotros. Te volteo boca arriba, besando tu pecho, lamiendo tus pezones oscuros hasta hacerte retorcerte. Bajo más, mi lengua trazando un camino húmedo por tu abdomen, deteniéndome en tu ombligo para succionar suave. Tus manos enredan en mi pelo negro largo, guiándome sin forzar, solo pidiendo. Finalmente, llego a tu verga, dura como fierro, y la lamo desde la base hasta la punta, saboreando ese gusto salado y ligeramente amargo que me enloquece.

Tra tre tri tro tru palabras en mi boca —murmuro antes de tragármela entera, mis labios estirándose alrededor de tu grosor, la garganta relajándose para tomarte profundo. Tú jadeas, tus caderas empujando suave, el sonido de mi succión chup-chup llenando el aire junto con tus gemidos roncos. Siento tu pulso en mi lengua, el temblor de tus muslos contra mis mejillas. Te miro desde abajo, mis ojos cafés fijos en los tuyos, viendo el placer puro que te retuerce la cara.

Pero no te dejo acabar todavía. Me subo encima, frotando mi concha mojada contra tu verga, lubricándola con mis jugos calientes. —Cógeme ya —te ruego, y tú obedeces, agarrándome las caderas y hundiéndote en mí de un solo empujón profundo. ¡Ay, cabrón!, grito, sintiendo cómo me llenas por completo, estirándome delicioso, el roce de tu piel contra la mía enviando chispas por mi espina. Empiezas a bombear, lento al principio, cada embestida rozando mi clítoris interno, haciendo que mis paredes se aprieten alrededor de ti como un puño caliente.

Nos movemos en sincronía, sudor perlando nuestras pieles, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con nuestros ayes. Tus manos amasan mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo me inclino para morderte el labio inferior, saboreando el cobre de un poquito de sangre. Tra tre tri tro tru palabras de amor y vicio, susurras entre jadeos, y eso me prende más, mis caderas girando en círculos, sintiendo cómo tu verga golpea justo en el fondo, donde el placer explota en olas.

La tensión sube como la marea en Acapulco, mi vientre contrayéndose, el calor acumulándose en mi clítoris hinchado. Tus embestidas se aceleran, brutales pero tiernas, tus ojos clavados en los míos prometiendo todo. —Ven conmigo —gruñes, y yo exploto primero, mi orgasmo rompiéndome en mil pedazos, paredes chorreando alrededor de ti, grito ahogado contra tu boca mientras tiemblo entera, uñas marcando tu espalda.

Tú sigues unos segundos más, gimiendo mi nombre, y luego te corres adentro, chorros calientes llenándome, tu verga palpitando mientras me aprietas contra ti. Nos quedamos así, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos, el corazón latiéndonos desbocado uno contra el otro.

Después, en el afterglow, te recuestas en mi pecho, tu cabeza entre mis tetas, oliendo a sexo satisfecho y paz. Acaricio tu pelo revuelto, sintiendo la brisa fresca de la ventana que nos enfría la piel ardiente. —Ese trabalenguas fue lo mejor que inventamos —digo riendo suave, y tú levantas la cara, besándome la frente con ternura.

Tra tre tri tro tru palabras, susurras una vez más, pero ahora con voz perezosa, llena de cariño. Y yo sé que esto no acaba aquí, que vendrán más juegos, más noches así en nuestra Condesa, donde las palabras se convierten en fuego eterno.

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