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Pero Si Nunca Lo Intentas Nunca Lo Sabras

6825 palabras

Pero Si Nunca Lo Intentas Nunca Lo Sabras

Estás en una fiesta en Polanco, el aire cargado de risas y el tintineo de copas de cristal. Las luces suaves bañan las paredes blancas del departamento de tu amiga Lupe, y el olor a tequila reposado se mezcla con el perfume dulce de las flores frescas en el centro de la mesa. Llevas un vestido negro ajustado que resalta tus curvas, y aunque te sientes chida, hay un nudo en tu estómago. Hace meses que no sales con nadie, y la idea de coquetear te pone nerviosa. Pero ahí está él, al otro lado de la sala, con una camisa blanca remangada que deja ver sus antebrazos fuertes. Moreno, ojos cafés intensos, sonrisa pícara. Se llama Alex, lo supiste cuando Lupe lo presentó. Cada vez que sus miradas se cruzan, sientes un cosquilleo en la piel, como si el aire se cargara de electricidad.

Te acercas a la barra improvisada, pides un paloma con limón fresco que sabe a verano en la playa. Él aparece a tu lado, su presencia cálida y masculina invadiendo tu espacio. "¿Qué onda, güerita? ¿Ya te conquistó la noche o sigues en conquista?" dice con esa voz grave, ronca, que te eriza los vellos de la nuca. Ríes, nerviosa, el hielo de tu copa choca contra el vidrio. Hablan de todo y nada: el pinche tráfico de la Reforma, la neta del nuevo antro en la Roma, cómo el calor de la ciudad te hace sudar de formas deliciosas. Su mano roza la tuya al pasarte un cubo de hielo, y el toque es fuego puro. Sientes el pulso acelerado en tu cuello, el calor subiendo por tus muslos. ¿Y si me lanzo? ¿Y si no?

Pero si nunca lo intentas, nunca lo sabrás, te dices a ti misma mientras lo miras a los ojos, viendo el deseo crudo reflejado en ellos.

La música cambia a un ritmo más lento, cumbia rebajada que invita a pegarse. Bailan, sus cuerpos rozándose en el centro de la sala. Sientes su pecho firme contra tus senos, el bulto creciente en sus jeans presionando tu vientre. Huele a colonia cítrica y a hombre, un aroma que te marea. Tus manos recorren su espalda, los músculos tensos bajo la tela. "Ven a mi depa, está cerca, solo un rato," murmura en tu oído, su aliento caliente lamiendo tu lóbulo. Dices que sí, el corazón latiéndote como tambor. Salen en su camioneta negra, el viento de la noche colándose por la ventanilla, trayendo olores de jacarandas y asfalto caliente.

Acto dos: La escalada

Llegan a su penthouse en Lomas, minimalista con ventanales que muestran las luces de la ciudad como estrellas caídas. Cierra la puerta y te besa, no suave, sino hambriento. Sus labios carnosos devoran los tuyos, lengua invadiendo tu boca con sabor a tequila y menta. Gimes contra él, tus uñas clavándose en su nuca. Te empuja contra la pared, el yeso fresco en tu espalda contrastando con el calor de sus manos bajando por tus caderas. Desabrocha tu vestido con dedos hábiles, lo deja caer al piso como una promesa rota. Quedas en lencería negra, pezones endurecidos apuntando a él.

"Estás riquísima, wey, no mames," gruñe, ojos devorándote. Te carga como si no pesaras, piernas enroscadas en su cintura, y te lleva al sofá de piel gris. El roce del cuero contra tu piel desnuda es eléctrico. Se arrodilla entre tus piernas, besa tu cuello, bajando por el valle de tus senos. Chupa un pezón, lo muerde suave, enviando chispas directo a tu clítoris. Jadeas, el sonido de tu respiración entrecortada llenando la habitación. Sus manos exploran: una en tu nalga, apretando la carne suave; la otra bajando por tu vientre plano hasta tu tanga empapada.

Te quita la prenda con dientes, el aire fresco besando tu sexo húmedo. Qué vergüenza, tan mojada ya, piensas, pero él gime de placer. "Mira cómo brillas, preciosa, toda para mí." Su lengua lame tu pliegue, saboreando tu esencia salada y dulce. Chupa tu clítoris hinchado, círculos lentos que te arquean la espalda. Sientes cada roce como fuego líquido, tus jugos cubriendo su barbilla. Metes dedos en su cabello negro, tirando suave. "¡Más, cabrón, no pares!" suplicas, voz ronca. Él obedece, dos dedos gruesos entrando en ti, curvándose contra tu punto G. El slap slap de su boca contra tu concha es obsceno, delicioso, mezclado con tus gemidos que rebotan en las paredes.

Lo jalas arriba, ansiosa por más. Desabrochas sus jeans, liberas su verga dura, venosa, palpitante. La tocas, piel aterciopelada sobre acero, pre-semen perlando la punta. La lames desde la base, sabor salado y almizclado invadiendo tu lengua. Él gruñe, caderas empujando. "Chúpamela rica, así, güey." La tragas profunda, garganta relajada, saliva goteando por tu barbilla. Sus manos en tu cabeza guían el ritmo, pero suave, consensual, puro fuego compartido.

Te pone a cuatro en el sofá, nalga en alto. Besa tu espalda, columna vertebral erizándose. Sientes la punta de su verga rozando tu entrada, lubricada por tus jugos. ¿Estoy lista? Sí, carajo, quiero esto, piensas. Empuja lento, centímetro a centímetro, estirándote delicioso. Llenándote hasta el fondo, el placer duele un segundo antes de volverse éxtasis. Empieza a moverse, lento al principio, el sonido de piel contra piel como aplausos sucios. Acelera, una mano en tu clítoris, la otra jalando tu pelo suave. Sudor perla vuestros cuerpos, olor a sexo crudo impregnando el aire.

Acto tres: El clímax y el eco

Cambian posiciones, tú encima ahora, empalándote en él. Sus manos en tus tetas, pellizcando pezones. Cabalgas duro, caderas girando, sintiendo cada vena rozando tus paredes. La ciudad parpadea afuera, testigo mudo. "Córrete para mí, mami, déjame sentirte," jadea. El orgasmo te golpea como ola, contracciones milking su verga, grito ahogado saliendo de tu garganta. Él te sigue, caliente chorros llenándote, gruñido animal vibrando en su pecho.

Colapsan juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa por sudor. Su corazón late contra tu oreja, ritmo calmándose. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Huele a semen, a ti, a nosotros. Te acaricia el cabello, "Fue chido, ¿verdad? Neta, valió la pena."

Pero si nunca lo intentas, nunca lo sabrás, repites en tu mente, sonriendo contra su piel. Y ahora lo sabes: el placer de soltarte, de probar lo prohibido en brazos de un extraño que ya no lo es.

Se duchan juntos después, agua caliente lavando el sudor, manos jabonosas explorando de nuevo, risas mezcladas con besos. Sales de ahí al amanecer, piernas flojas, corazón lleno. La ciudad despierta, pero tú te sientes renacida, empoderada. Caminas con sonrisa secreta, sabiendo que hoy probaste, y el mundo sabe más dulce.

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