Intenté Resistir su Tentación
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos, como si la ciudad misma conspirara para avivar los deseos. Yo andaba en el bar de siempre, ese con luces tenues y música suave de jazz mexicano, tomando un mezcal puro de espaldas al bullicio. No buscaba nada, o eso me decía a mí mismo. Chécate, carnal, pensé, ya estás grandecito para andar de galán. Pero entonces la vi entrar. Se llamaba Ana, o eso me dijo después, con una sonrisa que iluminaba más que los neones. Vestía un vestido negro ajustado que marcaba sus curvas como si fueran un mapa del paraíso, el cabello suelto cayéndole por la espalda como una cascada de chocolate oscuro. Sus ojos, negros y profundos, me clavaron en el sitio desde el otro lado de la barra.
Me acerqué por un trago, o eso pretexté. Hablamos de tonterías: el pinche tráfico de Reforma, lo chido que estaba el ambiente. Pero su risa, grave y ronca, me erizaba la piel. Olía a jazmín y algo más, un aroma dulce que se colaba por mi nariz y me hacía apretar el vaso.
¿Qué chingados te pasa? Intenté resistir, pero su mano rozó la mía al pasarme el limón y sentí un chispazo que me subió por el brazo directo al pecho.Ella lo notó, porque se mordió el labio inferior, ese gesto juguetón que grita ven por más.
La tensión crecía con cada sorbo. Le conté de mi trabajo en la agencia de diseño, cómo pasaba horas frente a la compu soñando con playas en Tulum. Ella era maestra de inglés en una uni privada, de esas que salen en las revistas de expats. "Oye", me dijo inclinándose, su aliento cálido contra mi oreja, "dime, ¿cuál es el verbo en pasado de try?" Reí, sorprendido. "Tried", respondí, y ella asintió con picardía. "Exacto, y tú ya tried ignorarme toda la noche, ¿verdad?" Su voz era como terciopelo raspado, y su dedo trazó un círculo en mi antebrazo. Sentí el pulso acelerarse, el corazón latiéndome en las sienes. Intenté jugarla de cool, pero mi cuerpo la traicionaba: el calor subiendo por el cuello, la boca seca.
Salimos del bar tomados de la mano, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego que nos quemaba por dentro. Caminamos hasta su depa en una torre reluciente de Lomas, riendo de pendejadas. En el elevador, no aguanté más. La besé. Sus labios eran suaves, carnosos, sabían a tequila y miel. Gemí bajito cuando su lengua se enredó con la mía, explorando, probando. Sus manos subieron por mi espalda, uñas arañando leve la camisa, enviando ondas de placer que me ponían la piel de gallina. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras ella presionaba su cuerpo contra el mío, sus pechos firmes aplastándose contra mi torso.
Adentro, el depa era puro lujo: ventanales con vista a la ciudad iluminada, velas aromáticas encendidas que llenaban el aire de vainilla y canela. Me quitó la camisa con urgencia, sus dedos fríos contrastando con mi piel caliente. "Te quiero desde que te vi", murmuró, besándome el cuello, lamiendo el lóbulo de la oreja. Yo temblaba, el olor de su perfume mezclándose con el sudor ligero que empezaba a perlar su escote. La desvestí despacio, admirando cada centímetro: la curva de sus caderas, los pezones oscuros endureciéndose al aire. Mis manos recorrieron su vientre plano, bajando hasta el borde de las bragas de encaje negro. Ella jadeó cuando la toqué ahí, húmeda ya, lista.
Intenté ir despacio, no ser el típico pendejo que se lanza de cabeza, pero su mirada me pedía más. "No pares", susurró, y eso fue mi perdición.La llevé a la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como una caricia. Nos tendimos, cuerpos entrelazados, piel contra piel. Besé su clavícula, bajando por el valle entre sus senos, saboreando la sal de su sudor. Ella arqueó la espalda, gimiendo mi nombre –"Alejandro, sí"– mientras yo lamía sus pezones, chupándolos con hambre contenida. Sus manos enredadas en mi pelo, tirando suave, guiándome más abajo. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el zumbido lejano de la ciudad.
La tensión era insoportable ahora. Mis dedos se colaron entre sus muslos, encontrándola empapada, resbaladiza. La acaricié en círculos lentos, sintiendo cómo su clítoris se hinchaba bajo mi toque. "¡Más!", exigió, y aceleré, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para rozar ese punto que la hacía convulsionar. Ella se retorcía, las caderas elevándose, el aroma almizclado de su excitación invadiendo mis sentidos. Yo estaba duro como piedra, palpitando contra su pierna. "Te necesito dentro", rogó, su voz quebrada por el deseo.
Me puse un condón –siempre seguro, carnal– y me posicioné. La penetré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo su calor envolviéndome, apretándome como un guante de terciopelo húmedo. Ambos gemimos alto, el placer explotando en chispas. Empecé a moverme, primero suave, luego más fuerte, el ritmo marcando un compás primitivo. Sus uñas en mi espalda, arañando con fuerza deliciosa, dejando surcos rojos que ardían placenteramente. El slap-slap de nuestros cuerpos chocando, sus pechos rebotando con cada embestida, su boca abierta en éxtasis. "¡Más duro, pendejito!", gritó entre risas y gemidos, y yo obedecí, perdiéndome en ella.
La volteé, poniéndola a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto. La tomé por las caderas, embistiendo profundo, sintiendo cómo llegaba hasta el fondo. Ella empujaba hacia atrás, encontrándome, sudor goteando por su espinazo. El olor de sexo crudo, sudor y fluidos, nos envolvía como una niebla espesa. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome con furia, sus caderas girando en círculos que me volvían loco. Sus ojos fijos en los míos, conexión total, empoderada y salvaje.
Esto no era solo follar; era liberarnos, sudar juntos, romper barreras.Mi mano en su clítoris, frotando rápido, y ella explotó primero: un grito ronco, cuerpo temblando, paredes internas contrayéndose alrededor de mí en oleadas.
No aguanté más. El orgasmo me golpeó como un tren, descargándome dentro de ella con un rugido gutural, visión nublada por el placer blanco. Colapsamos, jadeantes, enredados en las sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, el latido de mi corazón calmándose contra su mejilla. Besé su frente, oliendo su cabello mezclado con nuestro aroma compartido.
Después, en la quietud, fumamos un cigarro en la terraza, la ciudad parpadeando abajo como estrellas caídas. "Sabes", dijo ella riendo, "el verbo en pasado de try es tried, pero tú ni lo intentaste de verdad resistirte". Reí con ella, abrazándola fuerte. No hubo promesas, solo esa conexión profunda, el afterglow calentito que deja huella. Me fui al amanecer, con el cuerpo satisfecho y el alma ligera, sabiendo que había valido cada segundo de esa rendición deliciosa.