Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Gordita en Trío Ardiente Gordita en Trío Ardiente

Gordita en Trío Ardiente

6661 palabras

Gordita en Trío Ardiente

Ana se miró en el espejo del baño del resort en Playa del Carmen, ajustándose el bikini rojo que abrazaba sus curvas generosas. Soy una chulada, pensó, mientras pasaba las manos por sus caderas anchas y su vientre suave. A sus treinta y dos años, había dejado de preocuparse por las miradas juzgonas; ahora disfrutaba cómo los hombres la devoraban con los ojos. Esa noche, en la fiesta de la piscina, el aire olía a sal marina y coco, mezclado con el humo dulce de las fogatas en la playa. La música reggaetón retumbaba, haciendo vibrar el suelo bajo sus pies descalzos.

Ahí estaban Marco y Luis, dos weyes guapísimos que había conocido esa tarde en la playa. Marco, alto y moreno con tatuajes en los brazos, le guiñaba el ojo cada vez que pasaba. Luis, más delgado pero con una sonrisa pícara y ojos verdes, le rozaba la mano al servirle un trago.

¿Y si les propongo algo loco?
se dijo Ana, sintiendo un cosquilleo en el estómago. No era la primera vez que fantaseaba con un trío, pero esta vez el deseo ardía como tequila en la garganta.

—Órale, gordita, ¿vienes a bailar o qué? —le gritó Marco por encima de la música, extendiendo la mano. Ana rio, su risa ronca y juguetona, y se dejó llevar al centro de la pista. Sus senos rebotaban al ritmo del dembow, y sentía las miradas clavadas en su culazo meneándose. Luis se pegó por detrás, su aliento cálido en su cuello, oliendo a ron y hombre sudado. Las manos de ambos la rodeaban, una en su cintura carnosa, la otra rozando su muslo. El roce era eléctrico, como chispas en la piel húmeda por el sudor.

La tensión crecía con cada giro. Ana giró la cabeza y besó a Marco, sus labios carnosos chocando contra los de él, lengua explorando con hambre. Luis no se quedó atrás; mordisqueó su oreja, susurrando: Neta, qué ricura eres, gordita. Ella jadeó, el calor entre sus piernas ya insoportable.

Esto va a pasar
, pensó, mientras los guiaba fuera de la fiesta, hacia su suite con vista al mar.

En la habitación, el aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el pulso acelerado de sus corazones. Ana se sentó en la cama king size, las sábanas blancas crujiendo bajo su peso. Marco y Luis se miraron, cómplices, y se quitaron las camisas, revelando torsos duros y brillantes por el sudor. Ella se lamió los labios, saboreando la anticipación salada.

—Vengan, cabrones, no me dejen con las ganas —dijo Ana con voz ronca, quitándose el top del bikini. Sus tetas enormes saltaron libres, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco. Marco se arrodilló primero, mamando un pezón con avidez, succionando como si fuera miel. El sonido húmedo de su boca la hizo gemir, un ayyy gutural que vibró en su pecho. Luis besaba su cuello, bajando hasta el otro seno, lamiendo con la lengua plana, dejando rastros brillantes de saliva que olían a su colonia fresca.

Ana metió las manos en sus pantalones, sintiendo las vergas duras palpitando. Qué chingonas, pensó, apretándolas con firmeza. Marco gruñó contra su piel, el vello de su pecho rozando su vientre suave. Deslizaron el bikini inferior, exponiendo su panocha depilada, hinchada y mojada. El aroma almizclado de su excitación llenó la habitación, dulce como fruta madura. Luis se hundió entre sus muslos, inhalando profundo antes de lamerla despacio, desde el clítoris hasta el ano, saboreando sus jugos espesos.

¡Carajo, qué lengua tan chida! Ana arqueó la espalda, sus uñas clavándose en las sábanas. Marco se desnudó, su verga gruesa saltando libre, venosa y con la cabeza roja. Ella la tomó en la boca, chupando con hambre, el sabor salado de su prepucio invadiéndola. El sonido de succiones y gemidos se mezclaba con el oleaje lejano rompiendo en la playa. Luis introdujo dos dedos en su concha, curvándolos contra su punto G, mientras su lengua giraba en círculos rápidos. Ana temblaba, el orgasmo construyéndose como una ola gigante.

Pero quería más. Empujó a Marco sobre la cama y se montó en él, su culazo gordito aplastándolo. La verga entró de un jalón, estirándola deliciosamente, llenándola hasta el fondo. ¡Sí, pendejo, así! gritó, cabalgando con furia, sus nalgas chocando contra sus bolas con palmadas húmedas. Luis se posicionó detrás, escupiendo en su ano para lubricar. Ana asintió, ansiosa: —Dale, wey, métemela por atrás.

El doble llenado fue explosivo. Sentía las dos vergas frotándose a través de la delgada pared interna, pulsando en sincronía. El sudor chorreaba por su espalda, goteando entre sus senos que rebotaban salvajemente. Marco pellizcaba sus pezones, tirando de ellos, mientras Luis azotaba su culo suave, dejando marcas rojas que ardían placenteramente.

Esto es el paraíso, soy la reina de este trío
, pensó Ana, perdida en el éxtasis sensorial. El olor a sexo impregnaba todo: semen, sudor, su propia esencia dulce.

Cambiaron posiciones fluidamente, como si hubieran ensayado. Ana de rodillas, mamando a Luis mientras Marco la cogía por atrás, sus embestidas profundas haciendo que su vientre se cimbrara. El sabor de Luis en su boca era amargo y adictivo, sus bolas peludas rozando su barbilla. Gemidos roncos llenaban el aire: ¡Más duro, cabrón! exigía ella, y ellos obedecían, sudando y jadeando. Su clítoris palpitaba, rozado por los dedos de Marco cada vez que salía.

La intensidad escalaba. Ana sentía el orgasmo acechando, un nudo apretado en el bajo vientre. No aguanto más. Luis se corrió primero, chorros calientes llenándole la garganta; ella tragó con gusto, el semen espeso bajando como crema. Marco aceleró, gruñendo como animal, y explotó dentro de su concha, inundándola de leche caliente que goteaba por sus muslos. Eso la catapultó: su cuerpo convulsionó, chorros de squirt empapando las sábanas, un grito primal escapando de su garganta mientras olas de placer la sacudían.

Colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas. Ana en el centro, cabezas apoyadas en sus tetas suaves. El aire olía a clímax compartido, salado y satisfecho. Marco besó su hombro: —Gordita, fuiste una diosa en este trío. Luis asintió, acariciando su vientre: —Neta, inolvidable.

Ella sonrió, un calor sereno expandiéndose en su pecho.

Me siento poderosa, deseada, completa
. Afuera, el mar susurraba su aprobación, las estrellas testigos de su noche ardiente. Se durmieron así, entrelazados, con promesas de más aventuras en el horizonte.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.