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Una Y Otra Vez El Tri Letra

7447 palabras

Una Y Otra Vez El Tri Letra

La noche en mi depa de la Condesa estaba perfecta chida. Las luces tenues del skyline de la Ciudad de México se colaban por las cortinas entreabiertas, pintando sombras suaves en las paredes. Marco y yo acabábamos de cenar unos tacos de arrachera con salsa borracha que él mismo preparó, y el aire todavía olía a limón quemado y cilantro fresco. Poníamos música en el Spotify, y de repente sonó Una y otra vez de El Tri. Esa rola siempre me ponía la piel chinita, con su guitarra rasposa y la voz ronca de Alex Lora que parecía un grito del alma.

"Una y otra vez, carnal, hasta que duela",
canturreé bajito, moviendo las caderas al ritmo. Marco me miró desde el sofá, con esa sonrisa pícara que me deshace. Él, alto, moreno, con el pecho marcado bajo la playera negra ajustada, se veía como un pinche dios azteca moderno. Llevábamos seis meses juntos, y cada vez que nos veíamos, era como si el mundo se redujera a nosotros dos.

Me acerqué bailando, sintiendo el calor de su mirada recorriéndome las piernas. Llevaba un vestido corto rojo que se pegaba a mis curvas, y el roce de la tela contra mi piel ya me tenía erizada. Él extendió la mano, me jaló hacia su regazo, y de pronto sus labios rozaron mi cuello. Olía a su colonia de sándalo mezclada con el sudor ligero del día, un aroma que me volvía loca.

Órale, nena, murmuró contra mi oreja, su aliento caliente enviando chispas por mi espina. —Esa letra de El Tri siempre nos prende, ¿verdad? Una y otra vez...

Sentí su mano subir por mi muslo, firme pero suave, como si supiera exactamente dónde tocar para hacerme jadear. Mi corazón latía al ritmo de la batería, fuerte y urgente. Lo besé, probando el sabor salado de su boca, esa mezcla de cerveza artesanal y deseo puro. Sus dedos se colaron bajo el vestido, rozando la rendija de mi tanga, y un gemido se me escapó sin querer.

La canción seguía sonando, una y otra vez el tri letra retumbando en mis oídos como un mantra. Me puse de pie, lo arrastré al cuarto, dejando un rastro de ropa por el pasillo. Su playera voló primero, revelando ese torso tatuado con un águila devorando una serpiente, puro México en su piel. Yo me quité el vestido de un tirón, quedando en brasier y tanga, sintiendo el aire fresco acariciar mis pezones ya duros.

Nos tumbamos en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frías contra mi espalda ardiente. Marco se cernió sobre mí, besando mi clavícula, bajando lento hasta mis senos. Su lengua trazó círculos alrededor de un pezón, succionando con esa presión perfecta que me hacía arquear la espalda. ¡Pinche cabrón! pensé, me vas a matar de placer antes de empezar.

—Te quiero ya —le dije, clavando las uñas en su espalda, oliendo el almizcle de su excitación que llenaba la habitación.

Él rio bajito, ese sonido gutural que vibra en mi vientre. Se quitó los jeans, liberando su verga tiesa, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor aterciopelado, las venas marcadas latiendo bajo mis dedos. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de pre-semen, mientras él gruñía y enredaba los dedos en mi pelo.

Me volteó boca abajo, besando mi espinazo hasta llegar a mis nalgas. Sus manos las separaron, y su lengua se hundió en mí, lamiendo mi clítoris con hambre. El sonido húmedo de su boca en mi coño era obsceno, delicioso, mezclado con mis jadeos y el eco lejano de la rola que seguía en loop. Una y otra vez, repetía mi mente, mientras el orgasmo subía como una ola.

Me corrí primero, temblando, gritando su nombre, el sabor de mi propia excitación en el aire. Él no paró, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas. Cuando me recuperé, lo empujé sobre la cama y me subí encima, guiando su verga adentro de mí de un solo movimiento. Estábamos empapados, resbalosos, perfectos.

Cabalgué lento al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome. Sus manos en mis caderas, guiándome, acelerando. El slap-slap de nuestra piel chocando, el olor a sexo crudo, el sudor goteando entre mis pechos. Aceleré, rebotando fuerte, mis tetas saltando, hasta que él se tensó debajo de mí.

Me vengo, chula —gruñó, y sentí su leche caliente inundándome, disparo tras disparo.

Yo exploté de nuevo con él, un grito ahogado, el mundo blanco por segundos eternos.

Nos quedamos así, jadeando, pegajosos, el corazón tronando como tambores de un concierto de rock. Pero la noche no acababa ahí. La rola seguía en mi cabeza: una y otra vez el tri letra, como una promesa. Después de unos minutos, sus manos volvieron a vagar, esta vez más tiernas, explorando.

Acto dos: la escalada. Me volteó de lado, cucharita, y se metió de nuevo, lento, profundo. Esta vez era diferente, más íntimo. Sus labios en mi nuca, mordisqueando suave, mientras empujaba con ritmo pausado. Sentía cada vena, cada pulso, el roce contra mis paredes sensibles. Mi mano bajó a mi clítoris, frotando en círculos, sincronizada con sus estocadas.

Eres mi vicio, Ana, susurró, su voz ronca rozando mi oreja. —Una y otra vez, te juro que no me canso.

Yo gemí, apretándolo con mis músculos internos, oyendo su jadeo de sorpresa. El cuarto olía a nosotros, a semen seco y jugos frescos, a la vela de vainilla que se derretía en la mesita. Sudábamos juntos, piel resbalosa, besos salados. Él aceleró, una mano en mi seno, pellizcando el pezón, la otra en mi garganta, suave, posesivo, pero siempre preguntando con la mirada si estaba bien. Asentí, perdida en el placer.

Esta vez duramos más, construyendo la tensión como una rola que sube el volumen. Yo vine dos veces antes que él, la primera chiquita, temblorosa, la segunda brutal, mordiendo la almohada para no despertar a los vecinos. Cuando él se vino, fue con un rugido animal, colapsando sobre mí, protector.

Pero una y otra vez. Nos duchamos juntos después, bajo el chorro caliente que nos masajeaba los músculos cansados. Jabón de lavanda resbalando por su pecho, mis manos en su verga semi-dura, reviviéndola. Reímos como pendejos, salpicándonos, pero pronto la risa se volvió besos urgentes contra la pared de azulejos fríos.

Lo puse de rodillas, él lamiéndome de pie, el agua cayendo como lluvia tropical. Luego me levantó, piernas alrededor de su cintura, y me penetró contra la mampara, fuerte, salvaje. El vidrio temblaba, mis uñas en su culo, empujándolo más adentro. Olía a shampoo y deseo renovado, el vapor empañando todo.

Nos corrimos juntos ahí, gritando, el eco rebotando en el baño. Bajamos temblando, nos secamos con toallas suaves, y volvimos a la cama, exhaustos pero felices.

En el afterglow, acurrucados, la ciudad ronroneaba afuera. Su cabeza en mi pecho, mi mano en su pelo revuelto. La rola de El Tri había parado, pero su letra seguía en mí: una y otra vez el tri letra, grabada en cada roce, cada suspiro.

Te amo, cabrón, le dije, besando su frente.

Y yo a ti, mi reina. Mañana repetimos, ¿va?

Sonreí en la oscuridad, el cuerpo pesado de placer, el alma llena. Esa noche, México entero parecía nuestro, con su pulque y sus corridos, pero nada como nosotros, una y otra vez.

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