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Que Es La Triada Epidemiologica Del Placer (2)

6466 palabras

Que Es La Triada Epidemiologica Del Placer

Estaba sentada en el auditorio de la Facultad de Medicina en la UNAM, rodeada de ese olor a libros viejos y desinfectante que siempre me ponía los nervios de punta. El profe, un tipo serio con barba canosa, garabateaba en la pizarra mientras explicaba con voz ronca: "¿Qué es la tríada epidemiológica? Es el agente infeccioso, el huésped susceptible y el ambiente propicio. Sin uno de ellos, no hay epidemia". Neta, yo Daniela, con mis veinticuatro años y mi chamarra vaquera ajustada, no podía concentrarme. Mis ojos se desviaban hacia Alejandro, el wey alto de ojos verdes que se sentaba dos filas adelante, y hacia Sofía, la morra de curvas perfectas y labios carnosos que siempre olía a vainilla.

Alejandro volteó y me guiñó un ojo, como diciendo órale, carnala, ¿qué pedo? Sofía soltó una risita baja, cubriéndose la boca con la mano, y yo sentí un cosquilleo en el estómago, de esos que te suben hasta el pecho. La clase terminó, y mientras recogía mis cuadernos, ellos dos se acercaron. "Ey, Dani, ¿qué tal si nos juntamos a repasar esto de la tríada? En mi depa en Condesa, tengo chelas y unos tacos al pastor que ni te cuento", dijo Alejandro con esa sonrisa pícara que me derretía. Sofía asintió, rozando mi brazo con sus dedos suaves. "Va, neta que sí. ¿Qué es la tríada epidemiológica para ti?", me preguntó ella, con voz juguetona. Accedí, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta.

El depa de Sofía era chido: paredes blancas con arte callejero mexicano, velas aromáticas a coco quemándose suaves y una terraza con vista a los jacarandas. Nos sentamos en el sillón de piel suave, chelas frías en mano, tacos crujientes con su salsa picosa que me hacía llorar de placer. "Órale, explíquenme otra vez qué es la tríada epidemiológica", pedí, fingiendo inocencia mientras cruzaba las piernas, sintiendo el roce de mis jeans contra mi piel caliente. Alejandro se acercó, su muslo musculoso pegándose al mío. "Agente: el virus del deseo. Huésped: nosotros, bien susceptibles. Ambiente: este pinche depa que nos calienta", murmuró, su aliento cálido con sabor a cerveza rozando mi oreja.

Sofía rio, "¡Pendejos, pero qué chingón!", y se inclinó para besar mi cuello. Su lengua tibia trazó una línea húmeda, saboreando mi piel salada. Yo gemí bajito, el pulso acelerándose como en una carrera.

¿Qué carajos estoy haciendo? Esto es la neta del planeta, pero ¿y si explota todo?
Mis manos temblaron al tocar el abdomen marcado de Alejandro bajo su playera, sintiendo los músculos duros como piedra tallada. Él me besó entonces, labios firmes y urgentes, lengua invadiendo mi boca con gusto a chile y menta. Sofía observaba, mordiéndose el labio, sus pechos subiendo y bajando rápido bajo la blusa escotada.

La tensión crecía como tormenta en el DF: nubes grises afuera, truenos lejanos retumbando. Nos quitamos la ropa despacio, piel contra piel en el aire cargado de nuestro aroma mezclado —sudor fresco, perfume dulce, excitación almizclada que te pegaba en la nariz. Alejandro me recostó en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Sus manos grandes exploraron mis senos, pulgares rozando pezones erectos que dolían de placer. "Estás bien rica, Dani", gruñó, voz grave vibrando en mi pecho. Sofía se unió, besando mi vientre, bajando hasta mi entrepierna. Su aliento caliente sobre mi panocha ya húmeda me hizo arquear la espalda.

Esto es la tríada perfecta, pensé mientras ella lamía mi clítoris con lengua experta, círculos lentos que enviaban chispas por mi espina. Sabía a sal y miel, mi jugo cubriéndole la boca rosada. Alejandro se arrodilló, su verga gruesa y venosa palpitando frente a mí. La tomé en la mano, piel aterciopelada caliente, venas latiendo como mi corazón. La chupé despacio, saboreando el precum salado, gimiendo alrededor mientras Sofía metía dos dedos en mí, curvándolos contra mi punto G. El sonido era obsceno: slurps húmedos, jadeos roncos, mi piel chocando contra sus caras.

Nos movimos como en una danza prehispánica, cuerpos entrelazados. Alejandro me penetró primero, su verga llenándome de golpe, estirándome deliciosamente. "¡Chinga, qué apretada!", exclamó, embistiendo lento al principio, cada thrust rozando paredes sensibles. Sofía se sentó en mi cara, su concha depilada chorreando néctar dulce-agrio que lamí con hambre, lengua hundida en pliegues suaves. Ella gemía alto, "¡Sí, Dani, así, no pares, cabrona!", caderas moliendo contra mi boca, jugos empapándome la barbilla. El ambiente era puro fuego: velas parpadeando sombras en nuestras pieles sudadas, olor a sexo denso como niebla, tacto resbaloso de fluidos mezclados.

La intensidad subía, mis uñas clavándose en las nalgas firmas de Sofía, Alejandro acelerando, bolas pesadas golpeando mi culo.

El agente es esta lujuria que nos contagia, el huésped somos tres cuerpos en llamas, el ambiente esta cama que nos une
. Cambiamos posiciones: yo encima de Alejandro, cabalgándolo con furia, verga hundiéndose profundo mientras Sofía lamía donde nos uníamos, lengua en mi clítoris y sus bolas. El placer era eléctrico, oleadas subiendo desde el vientre, músculos contrayéndose. "¡Me vengo, wey!", grité, orgasmo explotando como cohete en fiesta patronal, paredes apretando su verga en espasmos.

Alejandro rugió, llenándome con chorros calientes que sentí chorrear adentro, semen espeso mezclándose con mis jugos. Sofía se corrió después, temblando sobre mi lengua, gritando "¡Pinche tríada chingona!", su coño pulsando, inundándome la boca. Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, pechos agitados, piel pegajosa brillando bajo la luz tenue. El silencio roto solo por respiraciones pesadas y risas cansadas.

Después, envueltos en sábanas suaves, chela tibia en mano, hablamos. "Neta, qué es la tríada epidemiológica si no esto: deseo contagioso, cuerpos dispuestos y un ambiente que lo hace imparable", dijo Alejandro, besando mi hombro. Sofía acurrucada contra mí, dedo trazando círculos en mi muslo. Siento el afterglow como bálsamo, músculos laxos, corazón pleno. Afuera, la ciudad bullía con cláxones y risas lejanas, pero aquí éramos nuestro propio mundo. Sabía que esto no acababa; la tríada nos había infectado para siempre, una epidemia de placer que ansiábamos recaer.

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