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La Triada de Epi

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La Triada de Epi

El sol de la tarde en Playa del Carmen se colaba por las cortinas de lino blanco, tiñendo la habitación de un naranja cálido que hacía que todo pareciera un sueño húmedo. Ana se recostó en la cama king size del resort, con el ventilador del techo zumbando suave como un susurro de deseo. Llevaba un bikini diminuto, negro como la noche, que apenas contenía sus curvas generosas. Su piel morena brillaba con aceite de coco, oliendo a paraíso tropical. Frente a ella, Marco, su novio de años, se quitaba la camisa, revelando un torso marcado por horas en el gym, con ese vello oscuro que a ella le volvía loca.

Neta, este wey me pone como nevera en desierto, pensó Ana, mordiéndose el labio mientras lo veía acercarse. Pero no estaba sola en sus fantasías. Al lado del balcón, Epifanía —Epi para los cuates— tomaba un sorbo de michelada, con su melena negra suelta cayendo como cascada sobre hombros bronceados. Epi era la amiga de la infancia, la que siempre había sido la traviesa, con ojos verdes que prometían pecados y un cuerpo atlético de yoga que gritaba "tócame".

—Órale, cabrones, ¿ya van a empezar sin mí? —dijo Epi con esa voz ronca, típica de chilangas que han fumado demasiado mariguana en fiestas, pero hoy era pura miel ardiente. Se acercó contoneando las caderas, su tanga roja asomando bajo la pareo transparente.

Ana sintió un cosquilleo en el estómago, una mezcla de nervios y excitación que le erizaba la piel. Habían hablado de esto semanas antes, en una cena con tacos al pastor y chelas frías. "Una tríada, carnales. Yo, tú y Epi. Para romper la rutina", había propuesto Marco, y Epi soltó la bomba: "La tríada de Epi, así la vamos a llamar. Éxtasis, placer e intensidad. ¿Se atreven?". Todas rieron, pero el fuego se encendió ahí.

Marco se sentó al borde de la cama, su mano grande rozando el muslo de Ana. El tacto era eléctrico, cálido, enviando ondas hasta su centro. —Ven, mi reina —murmuró él, besándola lento, saboreando sus labios salados por el mar.

Epi no esperó invitación. Se arrodilló detrás de Ana, sus pechos rozando la espalda de la protagonista. El olor de su perfume, jazmín mezclado con sudor fresco, invadió las fosas nasales de Ana.

"¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es de locos... pero se siente tan pinche bien."
Las manos de Epi subieron por los costados de Ana, desatando el nudo del bikini superior. Los senos saltaron libres, pezones duros como piedras bajo el aire acondicionado.

El beso de Marco se profundizó, su lengua explorando, mientras Epi lamía el cuello de Ana, mordisqueando suave. El sonido de respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el lejano romper de olas en la playa. Ana gimió bajito, arqueando la espalda, sintiendo cómo su panocha se humedecía, el calor subiendo como lava.

Acto uno cerrado, la tensión era palpable. Marco se recostó, jalando a Ana sobre él. Ella montó sus caderas, frotándose contra la erección que ya tensaba sus shorts. Epi se quitó la pareo, quedando en tanga, y se unió, besando a Ana con hambre. Lenguas danzando, salivas mezclándose, sabor a limón de la michelada en la boca de Epi. Ana jadeó, pinche delicia.

La transición al medio fue natural, como el ritmo de una cumbia sensual. Marco se quitó los shorts, su verga gruesa saltando libre, venosa y palpitante, oliendo a hombre excitado. Ana la tomó en mano, piel suave sobre dureza, masturbándolo lento mientras Epi bajaba por su cuerpo, besando ombligo, costillas, hasta lamerle los senos. Los labios de Epi eran fuego húmedo, chupando pezones, tirando suave con dientes. Ana gritó bajito: —¡Ay, wey, no pares!

El conflicto interno de Ana rugía. ¿Era celosa? ¿Podría compartir? Pero el placer la traicionaba. Marco la volteó boca abajo, abriéndole las nalgas. Su lengua atacó su concha desde atrás, lamiendo clítoris hinchado, saboreando jugos dulces y salados. Epi se posicionó enfrente, abriendo piernas, ofreciendo su panocha depilada, labios rosados brillando. Ana hundió la cara, inhalando aroma almizclado de excitación femenina, lengua hurgando profundo, probando miel espesa.

Los gemidos se volvieron coro: ahhs, uys, chíngame. Marco introdujo dos dedos en Ana, curvándolos contra su punto G, mientras su pulgar masajeaba el ano. Ella temblaba, orgasmos pequeños construyéndose. Epi se corría primero, caderas convulsionando contra la boca de Ana, gritando —¡Puta madre, sí!—. El sabor de su corrida era ácido dulce, inundando la lengua.

Escalada: Marco se puso de pie, verga lista. —La tríada de Epi empieza de verdad —gruñó, penetrando a Ana por atrás en doggy. Ella sintió el estiramiento glorioso, llenura total, cada embestida golpeando profundo, bolas chocando contra clítoris. El sonido era obsceno: plaf, plaf, chapoteo de jugos. Epi debajo, lamiendo donde se unían, lengua en verga y concha, alternando.

Ana perdía la cabeza.

"Esto es el cielo, carnal. Nunca más solos."
Sudor goteaba, pieles resbalosas pegándose, olor a sexo denso como niebla. Marco aceleró, gruñendo como animal, manos apretando caderas de Ana. Epi se masturbaba viendo, dedos volando sobre su clítoris, luego besó a Marco, compartiendo sabor de Ana.

Intercambio: Ana se sentó en la cara de Marco, ahogándolo en su coño chorreante, mientras Epi cabalgaba la verga. Las dos mujeres se besaban sobre él, senos rozándose, pezones endurecidos. Marco lamía voraz, nariz en clítoris, manos en culos. Epi rebotaba, verga desapareciendo en su interior apretado, gritando —¡Más duro, pendejo caliente!—. El cuarto olía a mar, coco y corrida fresca.

Tensión máxima. Ana sentía el clímax acechando, vientre contrayéndose. Marco la volteó, ahora él encima, embistiendo feroz mientras Epi lamía sus bolas. Tres cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono, respiraciones sincronizadas. Ana explotó primero, paredes vaginales ordeñando la verga, chorro caliente salpicando. —¡Me vengo, cabrones! —chilló, uñas clavándose en espalda de Marco.

Epi siguió, frotándose contra el pubis de Marco hasta correrse de nuevo, piernas temblando. Marco rugió, sacando la verga y eyaculando chorros blancos sobre senos de ambas, semen caliente goteando, olor salado intenso. Las tres colapsaron, jadeando, pieles pegajosas, risas ahogadas entre besos suaves.

En el afterglow, el sol se ponía, tiñendo todo de púrpura. Ana acurrucada entre Marco y Epi, dedos entrelazados. El ventilador secaba el sudor, dejando piel fresca. La tríada de Epi, pensó Ana, no fue solo sexo, fue conexión. Besó a Marco, luego a Epi, saboreando restos de placer compartido.

—Esto hay que repetirlo, ¿no? —dijo Epi, voz perezosa, mano bajando juguetona por vientre de Ana.

Marco rio. —Pinche tríada adictiva.

Ana sonrió, corazón lleno. El mar cantaba afuera, prometiendo más noches así. No había celos, solo amor multiplicado por tres. Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, soñando con la siguiente ola de éxtasis.

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