Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Trío con Mi Esposa Borracha Trío con Mi Esposa Borracha

Trío con Mi Esposa Borracha

7482 palabras

Trío con Mi Esposa Borracha

Era una de esas noches de fin de semana en la casa de la playa que rentamos con unos cuates en Puerto Vallarta. El sol se había escondido hace rato, dejando el cielo estrellado y el mar susurrando contra la arena. Mi esposa, Karla, andaba de peda ligera, riéndose a carcajadas con una chela en la mano. Llevaba ese vestido rojo ajustado que le marca las curvas como si fuera hecho a su medida, sus chichis generosos asomando un poquito por el escote, y las nalgas redondas que se menean con cada paso. Yo, sentado en una silla de playa, la veía bailar al ritmo de la cumbia que ponía el Bluetooth, sintiendo cómo mi verga empezaba a despertar solo de imaginarla así de suelta.

«Neta, carnal, tu vieja está cañona esta noche», me dijo en voz baja mi mejor cuate, Marco, mientras me pasaba otra cerveza fría. Sus ojos no se despegaban de ella.

Marco era el típico wey alto, moreno, con músculos de gym y esa sonrisa pícara que siempre le saca suspiros a las morras. Lo conocía desde la prepa, y siempre hemos sido como hermanos. Pero esa noche, con Karla borracha y coqueta, algo en el aire se sentía cargado. Ella se acercó a nosotros, tambaleándose un poquito, y se dejó caer en mi regazo, su culo caliente presionando contra mi paquete que ya estaba semi-duro.

—Papi, ¿por qué no bailas conmigo? —me susurró al oído, su aliento con olor a tequila y limón rozándome la piel, enviando escalofríos por mi espalda.

La besé en el cuello, oliendo su perfume mezclado con el sudor salado de la noche. Marco nos miraba, y noté cómo se acomodaba los shorts. ¿Y si...? El pensamiento me golpeó como un rayo. Un trío con mi esposa borracha. La idea me puso la verga como piedra. No era la primera vez que fantaseaba con eso, pero verlos así, tan cerca, lo hacía real.

La fiesta siguió un rato más, con risas y anécdotas de la chamba. Karla se paraba, se sentaba, rozaba a Marco "sin querer" con su muslo, y él le devolvía el favor con palmadas juguetones en la espalda baja. Yo sentía el calor subiendo, el pulso acelerado en las sienes, el sabor metálico de la anticipación en la boca.

Al final, cuando los demás cuates se fueron a dormir a las cabañas vecinas, quedamos solos los tres junto a la fogata. El crepitar de la leña, el olor a humo y mar, el viento fresco lamiendo nuestra piel. Karla, con las mejillas sonrojadas por el alcohol, se recargó en mi hombro.

—Wey, ¿qué pedo? ¿Ya nos vamos a la cama? —preguntó Marco, pero sus ojos decían otra cosa.

Yo tragué saliva, mi corazón latiendo como tambor. Miré a Karla, que sonreía pendeja, y le dije bajito:

Mamacita, ¿qué tal si invitamos a Marco a jugar un rato? Un trío, nomás para probar.

Ella abrió los ojos grandes, pero en lugar de escandalizarse, soltó una risita ronca y se mordió el labio.

¡Ay, cabrón! ¿En serio? Suena chido... pero solo si tú quieres, mi amor. Su voz era puro miel, y sentí su mano bajando por mi pecho hasta apretarme la verga por encima del short. , pensó mi mente, esto va a pasar.

Nos levantamos y entramos a la cabaña principal, una suite amplia con cama king size, ventiladores zumbando y el sonido del oleaje filtrándose por las ventanas abiertas. El aire estaba cargado de humedad, olor a sábanas frescas y esa tensión eléctrica que hace que el vello se erice.

Marco cerró la puerta, y Karla, todavía con su vestido rojo, se paró en medio de la habitación, girando despacio como en un show privado. Yo me quité la playera, sintiendo el aire fresco en mi torso sudoroso, y Marco hizo lo mismo, revelando su pecho definido, marcado por tatuajes tribales. Ella nos miró a los dos, lamiéndose los labios.

—Vengan, pinches machos —dijo con voz juguetona, mexicana pura, quitándose el vestido de un tirón. Quedó en tanguita negra y bra, sus pezones duros asomando, la piel bronceada brillando bajo la luz tenue de la lámpara.

Me acerqué primero, besándola profundo, mi lengua explorando su boca con sabor a tequila dulce. Mis manos bajaron a sus chichis, amasándolos suaves, sintiendo su peso cálido, los pezones endureciéndose bajo mis pulgares. Marco se pegó por detrás, besándole el cuello, sus manos grandes recorriendo sus caderas. Karla gimió bajito, un sonido gutural que me vibró en el alma.

«Esto es lo que siempre quise, verla así de entregada, compartida pero mía», pensé mientras la empujaba a la cama.

Caímos los tres, un enredo de cuerpos calientes. Yo le quité el bra, chupando un pezón rosado, saboreando su piel salada, mientras Marco le bajaba la tanga, exponiendo su coñito depilado, ya húmedo y reluciente. El olor a su excitación, almizclado y dulce, llenó la habitación. Ella arqueó la espalda, gimiendo:

¡Sí, weyes! No paren...

Marco se hincó entre sus piernas, lamiéndole el clítoris con lengua experta. Yo la besaba, tragándome sus jadeos, mi verga palpitando contra su muslo. Sentía su calor, el sudor perlando su frente, el latido rápido de su corazón contra mi pecho. Gradual, me dije, disfrutemos cada segundo.

La volteamos, poniéndola a cuatro patas. Yo me posicioné atrás, frotando mi verga dura como fierro contra sus nalgas suaves, oliendo su aroma mezclado con el mío. Marco se arrodilló enfrente, y ella le mamó la verga con ganas, sorbiendo ruidosamente, saliva chorreando por su barbilla. Entré en ella despacio, su coño apretado envolviéndome como terciopelo mojado, cada centímetro un éxtasis de fricción caliente.

¡Qué rico, cabrón! Más duro —gruñó ella, empujando contra mí.

Embestí con ritmo, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con sus gemidos y el chupeteo de Marco. Sudor goteaba, músculos tensos, el aire espeso de gemidos y olor a sexo puro. Cambiamos posiciones: Karla encima de mí, cabalgándome con las tetas rebotando, Marco metiéndosela por atrás en su culito preparado con lubricante. Ella gritaba de placer, voz ronca:

¡Me vengo, pinches! ¡No paren!

Su orgasmo la sacudió, coño contrayéndose alrededor de mi verga, jugos calientes empapándonos. Yo aguanté, sintiendo bolas apretadas, pero quise más. La tensión crecía, como ola rompiendo.

Finalmente, la pusimos en el centro otra vez. Marco y yo nos turnamos, follándola alternos, sus piernas temblando, uñas clavándose en nuestras espaldas. El clímax llegó como tormenta: ella se corrió de nuevo, gritando nuestro nombres, y nosotros explotamos, yo en su boca, Marco en sus tetas, semen caliente salpicando su piel, sabor salado en sus labios cuando me besó.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados en sábanas húmedas. El ventilador zumbaba, el mar cantaba afuera. Karla, aún con resaca de placer, me abrazó.

Gracias, mi amor. Eso fue... neta, lo máximo —susurró, besándome suave.

Marco sonrió, exhausto.

Carnal, tu vieja es una diosa.

«Nunca me había sentido tan vivo, tan conectado. Esto no rompió nada, lo fortaleció todo», reflexioné, oliendo su cabello, sintiendo su piel tibia contra la mía.

Nos quedamos así hasta que el sueño nos venció, con la promesa de más noches como esta, en este paraíso mexicano donde los deseos se hacen realidad.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.