El Alex Mercado Trio
Yo soy Alex Mercado, un cuate de treinta y tantos que se la pasa entre juntas de negocios en Polanco y noches locas en los antros de la Roma. Esa noche, el aire de la ciudad traía ese calor pegajoso de mayo, con olor a tacos al pastor flotando desde la esquina y el ruido de los cláxones rompiendo el pulso de la Condesa. Entré al bar con mi camisa negra ajustada, sintiendo el sudor fresco en la nuca, listo para lo que cayera. No imaginaba que caería en un Alex Mercado trio que me iba a dejar temblando.
Allí estaban ellas, sentadas en la barra con unas chelas heladas en la mano. Carla, con su pelo negro largo cayéndole como cascada sobre los hombros bronceados, y Mariana, rubia teñida con ojos verdes que brillaban como luces de neón. Las dos vestidas con escotes que dejaban poco a la imaginación, riendo con esa carcajada ronca que hace que un hombre se sienta invencido de entrada. Me acerqué, pedí un tequila reposado y solté un Órale, güeys, ¿me invitan a su mesa o qué?
Ellas se miraron, sonrieron pícaras y me hicieron señas para que me sentara entre las dos.
La plática fluyó como el mezcal, suave al principio. Carla olía a vainilla y coco, su perfume invadiendo mis sentidos mientras su rodilla rozaba la mía bajo la mesa. ¿Y tú qué onda, Alex Mercado?
me dijo Mariana, lamiéndose los labios al decir mi nombre completo, como si ya supiera algo. Le conté de mis viajes a la playa en Tulum, de cómo el mar Caribe me ponía la piel de gallina. Ellas compartieron anécdotas de sus escapadas a Valle de Bravo, de cómo amaban el viento en la cara y las noches sin fin. Sentí el primer cosquilleo en el estómago, esa tensión que sube como el volumen de un buen cumbia rebajada.
Después de unas rondas, Carla se inclinó y me susurró al oído: Neta, Alex, nos caes chido. ¿Quieres venir con nosotras a un lugar más privado?
Su aliento cálido contra mi oreja me erizó la piel. Mariana asintió, pasando su mano por mi muslo, un toque ligero pero firme que me hizo apretar los dientes. Sí, hagamos un trio inolvidable
, agregó con voz juguetona. Mi verga ya empezaba a despertar, latiendo contra el pantalón. ¿Cómo decir que no? Salimos del bar tomados de la mano, el bullicio de la avenida Av. Ámsterdam quedando atrás mientras subíamos a un Uber hacia mi penthouse en Polanco.
En el elevador, la cosa se puso intensa. Carla me besó primero, sus labios suaves y húmedos saboreando a tequila y menta, mientras Mariana me mordisqueaba el cuello, su lengua trazando círculos calientes. Sentí sus tetas presionando contra mis brazos, firmes y cálidas bajo la tela fina. Pinche suerte la mía, pensé, con el corazón retumbando como tamborazo zacatecano. Llegamos al depa, las luces tenues del skyline de la CDMX iluminando la sala. Las llevé directo al cuarto, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas al tacto.
Me quité la camisa, revelando mi pecho trabajado en el gym de Insurgentes. Ellas se desvistieron despacio, como en un ritual. Carla dejó caer su vestido rojo, quedando en tanga negra que acentuaba sus caderas anchas y su culo redondo perfecto. Mariana se sacó el top, sus pezones rosados endureciéndose al aire, y bajó su falda mostrando unas piernas largas que no paraban de temblar de anticipación. Olía a sus excitaciones mezcladas: un aroma almizclado, dulce como jazmín en flor, que me llenaba la nariz y me ponía la cabeza en llamas.
Ven, Alex Mercado, enséñanos qué traes
, dijo Carla mientras me jalaba a la cama. Me acosté y ellas se subieron, una a cada lado. Sus manos exploraban mi cuerpo: Carla bajando por mi abdomen, sintiendo cada músculo contra sus palmas suaves; Mariana besándome el pecho, chupando mis tetillas hasta que gemí bajito. Esto es el Alex Mercado trio que todo mundo envidiaría, se me cruzó por la mente mientras mi verga se ponía dura como piedra. Mariana la sacó del bóxer, acariciándola despacio, su piel sedosa contra mi carne caliente palpitante.
La tensión crecía con cada roce. Le di la vuelta a Carla, besándola profundo, nuestras lenguas danzando en un vaivén húmedo y salvaje. Mariana se acercó por detrás, lamiéndome las bolas mientras yo metía los dedos en la panocha mojada de Carla. Estaba empapada, resbalosa como miel caliente, y sus gemidos roncos llenaban la habitación: ¡Ay, wey, qué chido! Más adentro
. El sonido de sus jugos chasqueando con mis dedos, mezclado con el jadeo de Mariana masturbándose al lado, era música pura. Sudábamos juntos, el olor salado de nuestros cuerpos fundiéndose en el aire cargado.
Cambié de posición, poniéndome de rodillas. Carla se arrodilló frente a mí, tomando mi verga en su boca experta. La succionaba con hambre, su lengua girando alrededor del glande, saboreando el precum salado que brotaba. Mmm, sabe rico tu leche, Alex
, murmuró entre chupadas. Mariana se subió a mi cara, su concha depilada rozando mis labios. La lamí con ganas, metiendo la lengua en sus pliegues hinchados, probando su néctar ácido y dulce. Ella se retorcía, agarrando mi pelo: ¡Sí, cabrón, así! Come mi panocha
. Sentía sus muslos apretándome la cabeza, su calor envolviéndome, mientras Carla aceleraba el ritmo, sus labios estirados alrededor de mi polla gruesa.
El clímax se acercaba, pero quise alargar el juego. Las puse a las dos de espaldas, una al lado de la otra. Primero metí en Carla, despacio al inicio, sintiendo cómo su coño me tragaba centímetro a centímetro, apretado y ardiente. ¡Chíngame duro, Alex Mercado!
gritó ella, arqueando la espalda. Empujé con fuerza, el slap-slap de mi pelvis contra su culo resonando, sus nalgas temblando con cada embestida. El sudor nos chorreaba, goteando en la sábana. Saqué y entré en Mariana, que ya estaba al borde: ¡Me vengo, pendejo!
Su interior se contrajo alrededor de mí, ordeñándome mientras gritaba en éxtasis.
No aguanté más. Volví a Carla, follándola profundo mientras Mariana me besaba y pellizcaba los huevos. El orgasmo me golpeó como un rayo, mi verga explotando dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras rugía su nombre. Carla se vino conmigo, su coño pulsando, ordeñando hasta la última gota. Mariana se masturbó viéndonos, corriéndose de nuevo con un aullido gutural.
Caímos exhaustos en un enredo de piernas y brazos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El cuarto olía a sexo puro: semen, sudor, coños satisfechos. Carla me acarició el pecho: El mejor Alex Mercado trio de mi vida, wey
. Mariana rio bajito, besándome la frente. Me quedé ahí, entre sus cuerpos suaves y cálidos, sintiendo la paz de haber compartido algo tan intenso y mutuo. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en ese momento, todo era perfecto. Un trio que no olvidaría, grabado en mi piel como un tatuaje invisible.