Pasión Ardiente del 19 de Noviembre con El Tri
Era el 19 de noviembre, y el aire en mi departamentito en la Roma estaba cargado de esa electricidad que solo trae un partidazo de El Tri. Mi carnal, Alex, estaba tirado en el sillón, con la playera verde del Tri puesta, sudando ya de los nervios aunque el juego ni había arrancado. Yo, Valeria, de veinticinco pirulos, me acerqué con unas chelas frías en la mano, sintiendo cómo mi shortcito se me pegaba a las nalgas por el calor de la tarde. El olor a tacos de la esquina se colaba por la ventana, mezclado con su colonia barata pero rica, esa que siempre me pone cachonda.
"Órale, mi reina, siéntate aquí conmigo", me dijo con esa voz ronca, jalándome de la cintura. Su mano grande y callosa rozó mi piel desnuda, y un escalofrío me recorrió la espalda. Me acomodé a su lado, mis tetas rozando su brazo mientras le pasaba la cerveza. La tele tronaba el himno, y el estadio rugía como un monstruo. Yo no soy tan fan como él, pero ver a Alex así, con los ojos brillando, los músculos de sus brazos tensos, me encendía por dentro. Qué chingón se ve cuando se apasiona, pensé, mordiéndome el labio.
El partido empezó con todo. México contra un rival cabrón, y El Tri saliendo con todo. Cada pase, cada tackle, hacía que Alex se pegara más a mí. Su muslo duro contra el mío, el calor de su cuerpo filtrándose por mi blusita ligera. Yo sentía mi conchita humedeciéndose ya, solo de imaginarlo encima de mí. "¡No mames, qué jugadón!", gritó él cuando Chicharito casi la mete. Su aliento olía a chela y a papas fritas, y cuando volteó a verme, sus ojos cafés me devoraron. Me incliné y le di un beso rápido, pero él me atrapó la nuca y lo profundizó, su lengua invadiendo mi boca con sabor salado y urgente.
Pinche Alex, siempre sabe cómo hacerme derretir. Quiero que me coja ya, pero hay que esperar al medio tiempo, no vaya a ser que se pierda el gol.
El primer tiempo fue una chinga de emociones. El Tri empatado, y la tensión en el aire era palpable. Mis pezones se me pararon duros contra la tela, rozando su brazo cada vez que él se movía. Él lo notó, el pendejo, y deslizó una mano por mi muslo, subiendo despacito hasta el borde del short. "Estás mojada, ¿verdad, chula?", susurró en mi oído, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos. Asentí, gimiendo bajito mientras sus dedos jugaban con el elástico. El sonido de la tele, los gritos del narrador, todo se mezclaba con mi pulso acelerado.
Al medio tiempo, no aguantamos más. Alex apagó la tele un rato y me volteó sobre su regazo. "Te quiero ahorita, mi amor", gruñó, manoseándome las nalgas con fuerza. Yo me restregué contra su verga, que ya estaba dura como piedra bajo el pantalón. Olía a sudor masculino, a deseo puro, y el sabor de su cuello cuando lo lamí fue salado y adictivo. Le quité la playera del Tri, exponiendo su pecho moreno y marcado por el gym. Mis uñas arañaron su piel, dejando marcas rojas que lo hicieron jadear.
"Desnúdate, Valeria, déjame verte", ordenó con esa voz de jefe que me encanta. Me paré rápido, quitándome la blusa y el short, quedando en tanguita roja que ya estaba empapada. Él se bajó el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como un misil. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, el tacto suave de la piel sobre el acero debajo. "Qué rica está la tuya, carnal", le dije, lamiendo la punta donde ya brillaba una gota precursora, salada y ligeramente amarga.
Me subió al sillón, abriéndome las piernas con cuidado. Sus ojos se clavaron en mi panocha, depilada y reluciente. "Eres una diosa, wey", murmuró antes de hundir la cara ahí. Su lengua caliente y ávida lamió mi clítoris, chupando con fuerza mientras sus dedos entraban y salían, curvándose justo en mi punto G. Gemí fuerte, el sonido ahogado por los cojines. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su saliva. Cada lamida era un rayo de placer, mis caderas se movían solas, follándole la boca. No mames, me va a hacer venir ya, pensé, agarrándole el pelo.
Pero él se detuvo, el muy cabrón, y me jaló hacia él. "Ahorita te cojo hasta que grites". Me penetró de un solo empujón, su verga llenándome por completo, estirándome deliciosamente. El dolor inicial se convirtió en éxtasis puro. Empezó a bombear lento al principio, cada embestida haciendo que mis tetas rebotaran. Sentía cada vena, cada pulso, el roce en mis paredes internas. "¡Más fuerte, Alex, chíngame duro!", le rogué, y él obedeció, clavándome contra el sillón con fuerza animal. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, el sudor chorreando por su espalda que yo lamía con avidez.
Volvimos a prender la tele para el segundo tiempo, pero ya no veíamos na'. Yo encima de él ahora, cabalgándolo mientras El Tri corría en la pantalla. Cada gol que gritaban los anunciadores se sincronizaba con mis gemidos. Cuando México se puso adelante, Alex me levantó y me puso contra la pared, follándome de pie. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando los pezones hasta doler rico. "¡Sí, mi rey, así, no pares!", chillaba yo, mis jugos chorreando por mis muslos. El olor a sexo impregnaba el cuarto, espeso y embriagador.
Esto es lo que necesitaba, esta conexión con él, con el juego, con la vida mexicana que nos une. El 19 de noviembre será inolvidable.
La intensidad subió cuando El Tri metió el segundo gol. Alex rugió como en el estadio, embistiéndome más profundo, su verga hinchándose dentro de mí. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre. "Me vengo, carnal, ¡me vengo!", grité, y exploté alrededor de él, contrayéndome en espasmos que lo ordeñaban. Él no tardó, gruñendo mi nombre mientras se vaciaba dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando contra el mío.
Nos desplomamos en el sillón, jadeantes, pegajosos de sudor y fluidos. El partido seguía, pero ya no importaba. Él me besó la frente, suave ahora, su mano acariciando mi pelo. "Te amo, Valeria. Qué chingonería de noche". Yo sonreí, sintiendo su semen goteando de mí, cálido y posesivo. El olor a nosotros, a victoria compartida, llenaba el espacio. Afuera, la ciudad bullía con cláxones celebrando el triunfo de El Tri, pero aquí, en nuestro mundo, el verdadero gol había sido nuestro.
Nos quedamos así un rato, envueltos en las sábanas que trajimos del cuarto. Reflexioné en silencio: Estas noches son las que nos atan más, el fútbol, el sexo, la pasión mexicana. Ojalá cada 19 de noviembre sea así. Alex dormía ya, su pecho subiendo y bajando tranquilo. Yo tracé sus músculos con el dedo, saboreando el afterglow, lista para más rondas cuando despertara.