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Relato Trio con Esposa

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Relato Trio con Esposa

Todo empezó una noche de esas que parecen sacadas de una película, con el skyline de la Ciudad de México brillando por la ventana de nuestro depa en Polanco. Mi carnala, Karla, y yo llevábamos casados cinco años, y la neta, el amor y el deseo seguían tan intensos como el primer día. Ella es de esas morras que te voltean la cabeza: curvas perfectas, piel morena como chocolate, ojos negros que te desnudan con una mirada, y un culo que hace que cualquier pendejo se babee. Yo, Marco, soy el tipo afortunado que la tiene a su lado, alto, moreno, con esa vibra de chilango que no se rinde fácil.

Estábamos cenando tacos de suadero en la terraza, con una chela fría en la mano, cuando Karla me soltó la bomba. "Oye, Marco, ¿nunca has pensado en un relato trio con esposa? Algo así, para avivar la flama", dijo con esa voz ronca que me pone la piel chinita. Sentí un cosquilleo en el estómago, como si me hubieran dado un trago de mezcal puro. La miré fijo, oliendo el aroma ahumado de la carne y su perfume floral que se mezclaba con el sudor ligero de la noche calurosa.

¿Qué pedo? ¿Mi vieja proponiendo un trío? Neta, mi verga se paró al instante solo de imaginarla entre dos cuerpos sudados.

Le conté que sí, que en mis sueños más locos la veía gozando con otro carnal, yo dirigiendo el show. Hablamos horas, riéndonos, tocándonos las manos sobre la mesa. El deseo crecía como la humedad en el aire antes de la lluvia. Al día siguiente, Karla propuso invitar a Luis, nuestro compa de la uni, soltero, guapo, con ese cuerpo atlético de quien juega fut en las canchas de Chapultepec. "Es de confianza, güey. Y neta, lo he visto mirándome el culo", confesó ella, mordiéndose el labio. Mi corazón latía fuerte, una mezcla de celos picantes y excitación pura. Órale, pensé, esto va a estar chido.

La semana pasó en tensión deliciosa. Cada noche, Karla y yo follábamos como animales, imaginando el trío. Sus gemidos eran más agudos, su panocha más chorreante. "Quiero sentir dos vergas, amor. La tuya y la de él", me susurraba al oído mientras yo la penetraba profundo, oliendo su excitación almizclada, saboreando el salado de su cuello. Yo le respondía con thrusts brutales, sintiendo sus uñas clavándose en mi espalda, el calor de su cuerpo envolviéndome como una cobija en invierno.

Llegó el viernes. Preparamos el depa: luces tenues, velas de vainilla perfumando el aire, una playlist de cumbia rebajada sonando bajito, y una botella de tequila reposado en la mesa. Luis llegó puntual, con una sonrisa pícara y una camisa ajustada que marcaba sus pectorales. "Qué onda, compadres. ¿Qué traen entre manos?", preguntó mientras nos abrazábamos. Karla lo besó en la mejilla, rozando su cuerpo contra el de él un segundo más de lo necesario. Vi cómo Luis tragaba saliva, su mirada bajando a las tetas de ella, que asomaban generosas bajo un vestido negro ceñido.

Empezamos con tequilas, platicando de la vida, pero el aire estaba cargado de electricidad. Karla se sentó entre nosotros en el sofá, su muslo tocando el mío y el de Luis. Sentí el calor de su piel a través de la tela, el roce sutil que me hacía endurecerme.

Esto es real, pendejo. Tu esposa va a ser follada por otro, y tú vas a disfrutar cada segundo.
Ella tomó la iniciativa, como la reina que es: "Luis, ¿te late mi idea del relato trio con esposa? Marco está de acuerdo". Él nos miró, ojos brillantes, y asintió. "Neta, carnala, desde que me lo platicaron no he parado de imaginarlo".

El beso empezó entre Karla y Luis. Sus labios se unieron suaves al principio, un roce húmedo que escuché chuparse. Yo observaba, mi pulso acelerado, oliendo la vainilla mezclada con su arousal creciente. Karla gimió bajito cuando la lengua de Luis exploró su boca, y extendió la mano para acariciar mi paquete por encima del pantalón. "Ven, amor", murmuró. Me uní, besándola yo ahora, mientras Luis bajaba la mano por su espalda, apretando ese culo divino. Sus besos eran un torbellino: salados de tequila, dulces de su saliva, calientes como brasas.

Nos quitamos la ropa con urgencia. La piel de Karla brillaba bajo la luz ámbar, sus pezones erectos como chocolate endurecido, su panocha depilada reluciente de jugos. Luis era puro músculo, su verga gruesa y venosa ya parada, apuntando al techo. Yo me sentía poderoso, mi polla tiesa lista para el festín. La tumbamos en la cama king size, el colchón hundiéndose bajo nuestros pesos. Empecé lamiéndole las tetas, succionando fuerte, saboreando su piel salada mientras Luis besaba su cuello, bajando hasta su ombligo.

"Sí, cabrones, así", jadeaba Karla, sus manos enredadas en nuestro pelo. El olor a sexo llenaba la habitación: almizcle, sudor fresco, su esencia íntima. Luis llegó a su entrepierna primero, abriéndole las piernas. "Qué rica estás, Karla", gruñó antes de meter la lengua en su clítoris hinchado. Ella arqueó la espalda, un grito ahogado escapando de su garganta. Yo la besaba, tragándome sus gemidos, sintiendo las vibraciones en mi pecho. Mi mano bajó a su ano, rozándolo juguetón, mientras Luis la comía con hambre, chupando ruidosamente sus labios mayores.

La tensión subía como fiebre. Karla temblaba, "Me vengo, pinches... ¡ahhh!", su cuerpo convulsionando, chorros calientes mojando la cara de Luis. No paramos. La puse a cuatro patas, yo atrás penetrándola lento, sintiendo su coño apretado ordeñándome la verga, el calor viscoso envolviéndome centímetro a centímetro. Luis se arrodilló enfrente, y ella lo mamó ansiosa, su boca estirándose alrededor de su grosor, babas resbalando por su barbilla. Escuchaba el slap-slap de mi pelvis contra sus nalgas carnosas, el glug-glug de su garganta profunda, sus gemidos ahogados.

Esto es el paraíso, güey. Mi esposa, nuestra puta por esta noche, gozando como nunca.
Cambiamos posiciones. Luis la cogió misionero, sus embestidas potentes haciendo rebotar sus tetas, el colchón crujiendo rítmicamente. Yo la besaba, metiéndole dos dedos en la boca para que chupara, luego bajé a lamer sus bolas mientras él la taladraba. Karla gritaba placer: "Más duro, Luis... Marco, no pares". El sudor nos unía, pieles resbalosas chocando, el aroma almizclado intenso como un afrodisíaco.

El clímax se acercaba. La pusimos en el centro, yo en su panocha, Luis en su culo –había practicado con plugs, todo consensual y lubricado al máximo. Entramos despacio, sintiendo la delgada pared separándonos, sus paredes internas pulsando. "¡Carajo, qué rico!", aulló ella, lágrimas de gozo en los ojos. Nos movíamos sincronizados, el slap de carne, sus alaridos, mi corazón tronando. Luis gruñó primero, "Me vengo", llenándola por atrás con chorros calientes que sentí filtrarse. Yo exploté segundos después, mi leche mezclándose en su coño, un éxtasis cegador, pulsos interminables.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones jadeantes, el aire pesado de sexo y satisfacción. Karla nos besó a ambos, "Gracias, mis amores. Esto fue épico". Luis se quedó un rato, platicamos riendo, bebiendo agua fría que sabía a gloria. Se fue con una sonrisa, prometiendo discreción. Karla y yo nos duchamos juntos, jabón resbalando por sus curvas, besos tiernos bajo el agua caliente.

Ahora, acostados en la cama revuelta, con su cabeza en mi pecho, oliendo su pelo fresco, reflexiono. Este relato trio con esposa no rompió nada; al contrario, nos unió más. Su mano acaricia mi verga floja, y sé que repetiremos. El deseo no tiene fin, carnal. ¿Y tú, lector? ¿Te animas a tu propio relato?

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