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Tri Luma Crema Plm El Toque Prohibido

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Tri Luma Crema Plm El Toque Prohibido

En el bullicio de la Ciudad de México, donde el sol besa la piel con saña, Ana se miraba al espejo de su departamento en Polanco. Tenía treinta y dos años, curvas que volvían locos a los taxistas en Insurgentes y una mancha rebelde en el cachete que le robaba la confianza. Tri Luma crema PLM, esa crema que le recetó el dermatólogo, era su salvación. La aplicaba cada noche con rituales de reina azteca, untándola con dedos suaves sobre la piel tibia, sintiendo cómo se absorbía como néctar fresco, dejando un aroma a hierbas frescas y limón que flotaba en el aire húmedo del baño.

Pinche mancha, ya te voy a borrar, wey, pensaba mientras masajeaba el rostro, el cuello, bajando un poco por el escote. La crema refrescaba, erizaba la piel, hacía que cada poro cantara de placer. Ana no era de las que se rendían fácil; trabajaba en una agencia de publicidad, rodeada de morros ambiciosos y jefes pendejos, pero esa noche, después de una junta eterna, el deseo la picaba más que el sol de mediodía.

Al día siguiente, en el gym de la colonia, lo vio. Marco, el instructor nuevo, moreno como chocolate amargo, con brazos que parecían tallados por los dioses mayas y una sonrisa que prometía travesuras.

Órale, nena, ¿ya probaste el nuevo pilates? Te va a poner como diosa
, le dijo mientras ajustaba su postura, sus manos grandes rozando la cintura de Ana. Ella sintió un cosquilleo, como si la Tri Luma crema PLM hubiera despertado nervios dormidos. El sudor perlaba su piel, mezclándose con el olor a limpio de su loción, y Marco inhaló profundo, ojos clavados en su cuello impecable.

La tensión creció como tormenta en Xochimilco. Esa semana, Ana notaba cómo su piel cambiaba: suave como pétalos de cempasúchil, luminosa bajo las luces neón de las cantinas. Marco la invitó a un café en la Roma, y ahí, entre sorbos de cappuccino espumoso, sus dedos se rozaron. Este cuate me va a volver loca, neta, se dijo Ana, sintiendo el pulso acelerado, el calor subiendo por el vientre. Hablaban de todo: del tráfico infernal, de tacos al pastor que queman la lengua, de cómo ella cuidaba su piel con esa crema mágica que le había cambiado la vida.

Acto de escalada. La invitación llegó un viernes:

Vente a mi depa, te preparo unos tequilas con limón y hacemos una noche chida
. Ana se arregló con esmero, aplicando la Tri Luma crema PLM no solo en la cara, sino en hombros y brazos, deleitándose en el tacto sedoso, el frescor que hacía erizar los vellos. Llegó a su penthouse en Lomas, olor a incienso y carne asada flotando. Marco la recibió con camisa abierta, pecho musculoso brillando bajo la luz tenue, y un beso en la mejilla que duró un segundo de más.

Se sentaron en el sofá de cuero suave, tequilas en mano, el líquido ardiente bajando por la garganta, despertando sabores picantes. Hablaron de deseos reprimidos: ella de cómo la crema la hacía sentir sexy, invencible; él de cómo amaba tocar pieles perfectas. Si supiera lo que esta crema me hace sentir adentro... Las risas se volvieron susurros, sus manos explorando. Marco trazó con un dedo la línea de su mandíbula.

Tu piel está riquísima, Ana, como terciopelo caliente
. Ella tembló, el roce enviando chispas al centro de su ser, el aroma de la crema mezclándose con su colonia masculina, a madera y sudor limpio.

La intensidad subió. Ana lo empujó juguetona contra el sofá. ¡Pendejo, no sabes lo que provocas! Se besaron con hambre, lenguas danzando como en una fiesta de pueblo, saboreando tequila y sal. Sus manos bajaron por su espalda, él desabrochando su blusa con dedos ansiosos. La piel de Ana, nutrida por la Tri Luma crema PLM, era un imán: suave, cálida, respondiendo a cada caricia con gemidos bajos que llenaban la habitación. Marco inhaló su cuello.

Hueles a paraíso, mamacita
, murmuró, lamiendo la curva del hombro, gusto salado y herbal explotando en su boca.

Se movieron al cuarto, luces bajas proyectando sombras danzantes en las paredes. Ana se quitó la ropa despacio, dejando que él admirara: pechos firmes, vientre plano, piel dorada perfecta gracias a semanas de crema fiel. Marco la tumbó en la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo. Sus labios bajaron por su cuerpo, besos húmedos dejando rastros de fuego. Ella arqueó la espalda, uñas clavándose en sus hombros anchos, sintiendo pulsos latiendo al unísono. Neta, esto es mejor que cualquier sueño.

El clímax se cocinó lento. Él exploró con lengua experta, saboreando su humedad dulce como mango maduro, olores almizclados llenando el aire cargado. Ana jadeaba, ¡Ay, cabrón, no pares!, piernas temblando, el roce de sus barbas erizando cada centímetro. Marco se posicionó, ojos en los suyos, pidiendo permiso con una mirada.

Sí, amor, ya
, susurró ella, guiándolo. Entró despacio, llenándola, piel contra piel resbaladiza por sudor y deseo. Ritmo creciente: embestidas profundas, sonidos de carne chocando, gemidos ahogados como rancheras apasionadas.

El pico llegó como volcán en Popocatépetl. Ana gritó su nombre, olas de placer rompiendo, músculos contrayéndose alrededor de él, pulsos rugiendo en oídos. Marco la siguió, gruñendo, calor inundándola, cuerpos pegados en éxtasis compartido. Colapsaron, resuellos entrecortados, pieles pegajosas brillando bajo la luna que se colaba por la ventana.

En el afterglow, yacían enredados, dedos trazando perezas en la espalda del otro. Ana sonrió, besando su pecho. Esta crema no solo borró la mancha, despertó todo en mí. Marco la apretó.

Eres fuego puro, Ana. Mañana te traes más de esa Tri Luma crema PLM, la probamos juntos
. Rieron bajito, el aroma persistente envolviéndolos como promesa de más noches locas.

Al amanecer, con el tráfico despertando la ciudad, Ana se miró en su espejo mental: piel radiante, alma satisfecha. La crema había sido el catalizador, pero Marco el incendio. Salió con paso chulo, lista para conquistar el día, sabiendo que la noche traería más toques prohibidos, más pieles en llamas.

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