Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Triada de Rubeola Congenita Desatada en la Piel Triada de Rubeola Congenita Desatada en la Piel

Triada de Rubeola Congenita Desatada en la Piel

5304 palabras

Triada de Rubeola Congenita Desatada en la Piel

En el corazón de la Ciudad de México, donde el sol besa las azoteas y el aroma a tacos al pastor se mezcla con el jazmín de los balcones, conocí a Karla. Yo era Marco, un chavo de treinta tacos que trabajaba en una clínica privada en Polanco, rodeado de pacientes con vidas perfectas. Pero Karla no era perfecta. Llegó un martes por la mañana, con esa mirada que te clava como un pinche alfiler. Su piel morena brillaba bajo la luz fluorescente, y su blusa ajustada dejaba ver curvas que gritaban pecado.

"Doctor, ¿me puede checar? Tengo una comezón rara desde hace semanas", dijo con voz ronca, como si fumara habanos a escondidas. La revisé, y ahí estaba: manchas rosadas en su cuello, fiebre baja, y un historial que mencionaba triada rubeola congenita en su infancia. "No es grave, mija, pero hay que vigilar", le contesté, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba al rozar su brazo con el estetoscopio. Su piel ardía, suave como el terciopelo de un vestido de noche.

Desde ese día, la tensión creció. Volvió tres veces esa semana, siempre con excusas: "Se me quitó la comezón, pero ¿puede ver si reaparece?". Cada cita era un juego de miradas, roces accidentales. Olía a vainilla y sudor fresco, ese olor que te hace imaginarla desnuda en la cama. Yo luchaba con mi ética profesional, pero cabrón, era imposible ignorar cómo sus labios se humedecían al hablar.

¿Qué chingados me pasa? Es mi paciente. Pero su cuerpo... Dios, esas caderas anchas, listas para ser agarradas.

Acto uno: la chispa. Al final de la tercera consulta, Karla se inclinó sobre el escritorio, su escote invitándome. "Marco, no soy solo una enferma. Quiero que me cures de verdad". Mi corazón latía como tambor en una fiesta de pueblo. La besé ahí mismo, en la consulta vacía, saboreando sus labios salados, su lengua juguetona como un gatito en celo. Sus manos bajaron a mi pantalón, apretando mi verga que ya estaba dura como fierro.

Pero paramos. "No aquí, pendejo. Vamos a mi depa en la Roma". Salimos juntos, el tráfico de Insurgentes zumbando alrededor, el calor pegajoso de la tarde envolviéndonos. En su coche, su mano en mi muslo, subiendo lento, torturándome.

Llegamos a su loft minimalista, paredes blancas con arte erótico mexicano, velas de coco encendidas. El aire olía a incienso y a su excitación, ese almizcle femenino que nubla la razón. Se quitó la blusa despacio, revelando pechos firmes, pezones oscuros endurecidos. "Toca mi piel, Marco. Siente la triada rubeola congenita que me dejó sensible, cada roce es fuego".

Acto dos: la escalada. La llevé a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frías contra nuestra piel caliente. Besé su cuello, donde las manchas rosadas aún jugaban al escondite, lamiendo el sudor salado. Ella gemía bajito, "¡Ay, wey, no pares!", arqueando la espalda. Mis manos exploraron su vientre plano, bajando a su monte de Venus depilado, húmedo como lluvia de verano.

Me desabroché la camisa, y ella me arañó el pecho, dejando surcos rojos que ardían delicioso. "Eres mi medicina", susurró, mordiendo mi oreja. La penetré con los dedos primero, sintiendo su calor viscoso, sus paredes contrayéndose. Olía a sexo puro, a deseo acumulado. Se puso encima, cabalgándome lento, sus tetas rebotando al ritmo de sus caderas. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, sus jadeos roncos llenando la habitación.

Esto es el paraíso, cabrón. Su coño aprieta como nunca, caliente, vivo. La triada la hizo así, sensible hasta el alma.

La volteé, de perrito, agarrando sus nalgas redondas, azotándolas suave. Ella gritaba placer, "¡Más fuerte, pinche doctor!". Sudábamos, el cuarto olía a nosotros, a feromonas mexicanas. La tensión crecía, mis bolas tensas, su clítoris hinchado bajo mi pulgar. Hablábamos sucio, como en las telenovelas calientes: "Chíngame como hombre", pedía ella. Yo obedecía, embistiéndola profundo, sintiendo su orgasmo venir en espasmos.

Pero no solté aún. La puse de misionero, mirándola a los ojos cafés, profundos como pozos de Teotihuacán. Nuestros cuerpos se fundían, piel resbalosa, pulsos sincronizados. Ella clavó uñas en mi espalda, yo lamí sus pezones, saboreando leche imaginaria de diosa azteca.

Acto tres: la liberación. "Ven conmigo, Marco", rogó, y explotamos juntos. Mi semen caliente llenándola, su coño ordeñándome en oleadas. Gritamos, el placer como terremoto en la CDMX, temblores que duran minutos. Colapsamos, jadeantes, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante.

Después, en la afterglow, fumamos un porro legal en la terraza, viendo las luces de la ciudad. "La triada rubeola congenita me dio esta piel hipersensible, pero tú la despertaste", dijo, acariciándome. Reímos, planeando más noches. No era solo sexo; era conexión, deseo puro entre adultos libres.

Desde entonces, cada consulta es pretexto. Karla y yo, enredados en pasión mexicana, cuerpos que hablan sin palabras. El aroma a su piel, el sabor de sus besos, el sonido de nuestros gemidos... eterno vicio.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.