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Trio Monte Alban Pasión Antigua

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Trio Monte Alban Pasión Antigua

El sol se ponía sobre las pirámides de Monte Albán tiñendo todo de un naranja ardiente que me hacía sentir como si la piel me quemara de anticipación. Yo, Ana, había llegado a Oaxaca con mi carnal Marco y su cuate Luis, dos tipos guapísimos y llenos de esa energía oaxaqueña que te prende como un mezcal puro. Éramos turistas con permiso especial para quedarnos hasta tarde, gracias a un contacto de Marco en el INAH. La idea era simple: explorar las ruinas de noche, sentir esa vibra ancestral que decían que todavía flotaba en el aire. Pero neta, desde que subimos la colina, el ambiente se cargó de algo más, algo carnal y prohibido.

Marco, con su piel morena y esos ojos negros que me volvían loca, me tomó de la mano mientras Luis, más alto y con una sonrisa pícara que gritaba chulo, cargaba la mochila con el tepache y unas mantas. Órale, Ana, ¿ya sientes el espíritu zapoteca llamándote? me dijo Luis guiñándome el ojo. Reí, pero por dentro ya bullía. Habíamos platicado antes, en el hotel, de fantasías locas. Un trío aquí, en este lugar sagrado, sería la neta, había soltado Marco medio en broma. Y ahora, caminando entre las piedras milenarias, el deseo se me hacía bola en el estómago.

Nos instalamos en la Plataforma de los Danzantes, lejos de los últimos visitantes. El viento fresco de la sierra traía olor a tierra húmeda y a copal quemado de algún ritual lejano. Me quité la blusa ligera, quedándome en bra topless porque el calor del día aún pegaba, y los vi mirándome como lobos. Mira nomás qué chula estás bajo esta luz, mami, murmuró Marco acercándose. Su mano rozó mi hombro, áspera por el trabajo en construcción, y un escalofrío me recorrió la espina. Luis se acercó por el otro lado, su aliento cálido en mi cuello oliendo a menta y cerveza artesanal.

¿De veras voy a hacer esto? Dos carnales míos, aquí donde los antiguos rendían culto a la vida y la muerte. Mi cuerpo dice sí, mi corazón late como tambor zapoteca.

Acto uno: la chispa. Marco me besó primero, suave al principio, sus labios sabían a sal y sol. Le respondí con hambre, mordisqueando su lengua mientras Luis observaba, tocándose por encima del pantalón. ¿Me dejas entrar al juego, wey? preguntó Luis a Marco, quien asintió con una sonrisa lobuna. Es nuestro trio Monte Alban, carnal. Pa'l desmadre. La palabra trio se quedó flotando, cargada de promesas. Luis se pegó a mi espalda, sus manos grandes subiendo por mis caderas, desabrochando mi short con maestría. Sentí su verga dura presionando contra mis nalgas, gruesa y caliente a través de la tela.

Me voltearon entre los dos como si fuera una diosa ofrenda. Marco lamió mi cuello, bajando hasta mis tetas, chupando un pezón con succiones que me hacían gemir bajito. ¡Ay, cabrón, qué rico! Luis metió mano entre mis piernas, sus dedos juguetones encontrando mi clítoris hinchado, resbaloso ya de jugos. El sonido de mi humedad era obsceno en el silencio de las ruinas, chapoteos suaves que se mezclaban con el susurro del viento. Olía a mi excitación, almizclado y dulce, mezclado con el sudor masculino de ellos.

Nos quitamos la ropa despacio, saboreando cada revelación. Marco tenía el cuerpo marcado de gym, abdominales que lamí con gusto salado. Luis era más rudo, con vello en el pecho que raspaba delicioso contra mi piel. Me arrodillé en la manta, el suelo de piedra fría bajo mis rodillas contrastando con el calor de sus vergas frente a mí. Las tomé, una en cada mano: la de Marco lisa y venosa, la de Luis más gorda, palpitante. Las mamé alternando, saboreando el pre-semen salado, sus gemidos roncos resonando como ecos antiguos. ¡Qué chingona boca tienes, Ana! jadeó Marco, enredando dedos en mi pelo.

La tensión subía como la niebla de la valle. Me recostaron, piernas abiertas al cielo estrellado. Marco se hundió en mí primero, lento, llenándome hasta el fondo con un gruñido gutural. Su pija me estira perfecta, tocando ese punto que me hace ver estrellas más brillantes que las de arriba. Luis se acercó mi cara, metiéndomela en la boca para acallarme. El ritmo se sincronizó: embestidas profundas de Marco, chupadas mías en Luis. Sudor goteaba, pieles chocando con palmadas húmedas, olores intensos de sexo crudo invadiendo el aire sagrado.

Pero querían más. Cambiamos: yo encima de Luis, cabalgándolo como jinete en yegua salvaje. Su verga me taladraba, gruesura rozando paredes internas, mientras Marco se ponía atrás, untando saliva en mi ano. ¿Lista pa'l doble, reina? Susurró. Asentí, empoderada, guiándolo yo misma. Entró despacio, dolor placentero que se volvió éxtasis cuando ambos se movieron. Dos vergas en mí, repletándome, follándome en armonía. Soy la reina de Monte Albán. Gemí fuerte, sin pudor, mis tetas botando, uñas clavándose en hombros de Luis. Ellos sudaban, músculos tensos, respiraciones agitadas como fuelles.

Escalada: la middle se ponía intensa. Rotamos posiciones, yo entre ellos en un sándwich perfecto. Luis en mi coño, Marco en mi culo, alternando embestidas que me hacían gritar. ¡Más duro, pendejos, rómpanme! les exigí, y obedecieron, follándome con furia contenida. Sentía pulsos en venas, calor líquido acumulándose. El olor a semen inminente, a mi corrida acercándose. Besos entre los tres, lenguas enredadas, manos por todos lados: pellizcos en pezones, nalgadas suaves que ardían rico.

Inner struggles: por un segundo dudé, ¿soy puta por gozar esto tanto? Pero no, era liberación, conexión profunda con estos dos hombres que me adoraban. Marco susurró Te amamos así, salvaje, y Luis Eres nuestra diosa, neta. Lágrimas de placer rodaron por mis mejillas saladas.

Clímax building: aceleramos, cuerpos resbalosos pegados. Yo me vine primero, un tsunami que me arqueó la espalda, chorros calientes empapando a Luis, gritando ¡Chinguen, sí! Ellos siguieron, prolongando mi orgasmo con fricciones expertas. Marco se corrió en mi culo, chorros calientes inundándome, gruñendo mi nombre. Luis explotó en mi coño, semen espeso mezclándose con mis jugos, su cuerpo temblando contra el mío.

Afterglow: colapsamos en la manta, jadeantes, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El viento nocturno secaba nuestros cuerpos, trayendo frescura bendita. Abrazados en trio, miramos las estrellas sobre las pirámides. El mejor trio Monte Alban de la historia, bromeó Marco besándome la frente. Luis rió, trayendo el tepache frío que bebimos a sorbos, saboreando la dulzura fermentada.

Reflexión: me sentía completa, empoderada. Aquella noche en las ruinas no solo follamos; fusionamos almas con la tierra oaxaqueña. Volveremos, weyes. Esto es solo el principio. Dormimos un rato, envueltos en mantas, al ritmo de grillos y viento ancestral. Al amanecer, bajamos radiantes, con sonrisas cómplices y promesas de más desmadres.

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