Cuanto Cuesta la Bedoyecta Tri en Farmacias Guadalajara La Inyeccion Prohibida
Estaba re muerta de cansancio después de un pinche día eterno en la oficina. Guadalajara ardía con ese sol de mayo que te hace sudar hasta el alma y yo solo quería una chinga de energía para mi cita de la noche. Mi amiga Lupe me había dicho que la Bedoyecta Tri era la neta para recargar pilas, que te ponía como nueva para cualquier revolcón. Así que me planté en la Farmacias Guadalajara de Providencia, una de las chidas, con aire acondicionado y todo limpio, no como esas farmacias cochambrosas del centro.
Entré oliendo a perfume dulce mezclado con mi sudor del camión, el aire fresco de la farmacia me erizó la piel. Detrás del mostrador estaba él, un morro guapísimo, como de treinta, con ojos cafés intensos, barba recortada y una sonrisa que prometía problemas. Su bata blanca se le ajustaba al pecho musculoso, y olía a jabón caro con un toque de colonia masculina que me revolvió el estómago.
—Buenas tardes, ¿qué se le ofrece? —me dijo con voz grave, mirándome de arriba abajo sin disimulo.
Me acerqué, sintiendo cómo mis pezones se ponían duros bajo la blusa por el aire helado.
¿Cuánto cuesta la Bedoyecta Tri en farmacias Guadalajara? Neta, ¿por qué me tiemblan las piernas nomás de verlo?
—Oye, guapo, ¿cuánto cuesta la Bedoyecta Tri en farmacias Guadalajara? Necesito una inyección para esta noche, ando muerta.
Él sonrió más ancho, sacando la caja del refrigerador con manos firmes. La piel de sus antebrazos bronceados me hipnotizaba.
—Son como 250 varos la tripla, pero aquí te la pongo baratita, 200 nomás porque tienes cara de buena onda. ¿Quieres que te la aplique? Sale en un santiamén y no duele.
Mi pulso se aceleró. ¿Dejar que este pendejo me inyectara? Imaginé sus dedos en mi nalga, y un calor traicionero se me subió entre las piernas. Órale, Ana, contrólate, tienes cita con Marco en unas horas. Pero qué carajos.
—Va, hazlo tú. Pero suave, eh.
Me llevó al cuartito de atrás, un espacio chiquito con una camilla, olor a alcohol y desinfectante que se mezclaba con su esencia varonil. Cerró la puerta con seguro, el clic resonó como promesa. Me dijo que me bajara el pantalón y panty a la altura de la nalga derecha. Me temblaban las manos desabrochando el jeans, sintiendo su mirada quemándome la piel.
—Qué rica nalga —murmuró bajito, mientras limpiaba con algodón frío. Su aliento cálido rozó mi carne expuesta, y yo ahogué un gemido.
La aguja pinchó leve, un ardor rápido que se convirtió en placer cuando su mano grande masajeó el sitio de la inyección, dedos fuertes amasando mi carne suave. El líquido vitamínico entró en mí como fuego líquido, despertando cada nervio. Su pulgar rozó accidentalmente —o no— el borde de mi panocha, y sentí mi humedad traicionera.
—Listo, preciosa. ¿Cómo te sientes?
Me volteé despacio, mi jeans a medio bajar, top pegado al sudor. Nuestros ojos se clavaron. El cuarto parecía más chico, el aire cargado de electricidad.
—Me siento... caliente —susurré, y él se acercó, su cuerpo duro presionando el mío contra la camilla.
Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo puro. Gemí contra él, manos enredándose en su pelo negro mientras sus palmas subían por mi espalda, desabrochando mi sostén con maestría. Olía a hombre excitado, ese almizcle que te hace perder la cabeza.
—Eres una pinche diosa —gruñó, bajando la boca a mi cuello, chupando la piel sensible hasta dejarme marca. Sus dientes mordían suave, enviando chispas directo a mi clítoris palpitante.
Lo empujé a la camilla, desabrochando su bata y camisa. Su pecho era puro músculo, pezones duros que lamí con gusto salado. Bajé al cinturón, liberando su verga gruesa, venosa, ya dura como piedra, goteando precum. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, y él jadeó mi nombre —Ana— como oración.
Neta, esta verga es perfecta, gorda y larga, va a llenarme hasta el fondo. Olvídate de Marco, este wey me va a chingar como nadie.
Me arrodillé, el piso frío contra mis rodillas, y la tragué entera, lengua girando en la cabeza sensible mientras él gemía ronco, manos en mi cabeza guiando sin forzar. Saboreaba su esencia salada, el pulso en mis labios, sus bolas pesadas rozando mi mentón. Me chupaba la verga como puta experta, hundiéndola hasta la garganta, saliva chorreando.
—Para, o me vengo ya, mamacita —dijo levantándome, volteándome contra la camilla. Bajó mi jeans del todo, panty empapado a un lado. Sus dedos exploraron mi concha chorreante, dos adentro curvándose en mi punto G, pulgar en el clítoris hinchado.
—Estás mojadísima, pura rica miel —susurró al oído, mordiéndome la oreja. Gemí alto, cadera empujando contra su mano, el sonido chapoteante de mi excitación llenando el cuarto. El olor a sexo nos envolvía, sudor y feromonas.
Me penetró de un solo embestida, su verga abriéndome al máximo, llenándome hasta el útero. ¡Ay, cabrón! Grité de placer, paredes vaginales apretándolo como guante. Empezó a bombear lento, profundo, cada roce frotando mi clítoris interno. Sus manos en mis caderas, nails clavándose leve, piel contra piel slap slap slap.
—Chíngame más duro, Diego, no pares —supliqué, y él obedeció, acelerando, bolas golpeando mi clítoris. Sudábamos juntos, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Me volteó de frente, piernas en sus hombros, penetrándome visualizando mi cara de éxtasis. Lamí sus labios, mordí su hombro, oliendo su sudor fresco.
La tensión crecía como ola, mi vientre contrayéndose, pechos rebotando con cada estocada. Sus ojos en los míos, conexión profunda más allá del carnal.
—Vente conmigo, preciosa —ordenó, y exploté. Orgasmos me sacudió como terremoto, concha ordeñando su verga, chorros de placer mojando sus bolas. Él rugió, llenándome de leche caliente, pulso tras pulso hasta rebosar.
Colapsamos en la camilla, jadeantes, piel pegajosa. Su mano acariciaba mi pelo, besos suaves en la frente. El cuarto olía a sexo satisfecho, a nosotros.
—Qué chingón estuvo eso —murmuré, sintiendo la Bedoyecta bullendo en mis venas junto al afterglow.
—La próxima vez, la inyección es gratis, pero el revolcón tiene precio: tú toda la noche.
Me vestí sonriendo, piernas temblorosas pero energizada. Salí de la farmacia con el sol de Guadalajara besando mi piel sonrojada, sabiendo que mi cita con Marco acababa de cancelarse. ¿Cuánto cuesta la Bedoyecta Tri? Lo que valga por un polvo inolvidable.
Regresé a casa, el recuerdo de su verga aún latiendo en mí, planeando volver pronto por "más vitaminas". La noche era joven, y yo, renovada, lista para más.