El Tri Todo Me Sale Mal Pero Tu Fuego Lo Cambia Todo
Era uno de esos días de la chingada donde todo me salía mal. Me levanté tarde, el pinche tráfico en la Ciudad de México me tuvo una hora extra atorado en Insurgentes, y para rematar, en el jale me equivoqué en un reporte importante que me valió un chingo de reclamos del jefe. Llegué a mi depa en la Condesa hecho un mar de coraje, sudado y con el olor a escape de coche pegado a la camisa. Me quité la ropa de un jalón, me metí a la regadera y dejé que el agua caliente me azotara la espalda como si pudiera lavar toda la mierda del día.
Salí envuelto en una toalla, me serví un trago de tequila reposado y puse música a todo volumen. Ahí estaba El Tri, bramando "todo me sale mal" desde los bocinas. Chin, wey, así me siento, pensé mientras me tragaba el tequila de un golpe. La voz ronca de Alex Lora me calaba hondo, como si estuviera cantando mi pinche vida. Todo me salía mal: el amor, el trabajo, hasta la suerte en las apuestas del fut. Pero no iba a quedarme ahí de pendejo lamentándome. Me vestí con jeans ajustados, una playera negra que me hacía ver chido y me eché colonia Creed –esa que huele a hombre hecho y derecho– y salí rumbo a un bar en la Roma.
¿Y si hoy cambia la cosa? ¿Y si encuentro a alguien que me haga olvidar esta mierda?
El bar estaba a reventar, luces neón parpadeando sobre la barra, olor a cerveza fría y cigarros electrónicos flotando en el aire. Pedí una chela Indio helada, que me bajó como bálsamo por la garganta reseca. Ahí la vi: sentada en la barra, con un vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas como si fuera pecado mortal. Cabello negro suelto cayéndole por los hombros, labios carnosos pintados de rojo fuego y unos ojos cafés que brillaban con picardía. Se notaba que era de aquí, mexicana de pura cepa, con ese porte de chilanga que te voltea la cabeza.
Me acerqué, el corazón latiéndome como tambor de banda. No mames, no la cagues, me dije. "Órale, ¿esta chela está tan fría como tu mirada o qué?", le solté con una sonrisa de lado. Ella rio, una carcajada ronca que me erizó la piel. "Más fría, guapo, pero tú pareces que traes calor. ¿Todo bien?". Le conté mi día de perros, cómo El Tri me había acompañado con su "todo me sale mal", y ella se prendió. "¡Ese cacho de rola! A mí también me pasa, pero hoy... hoy quiero que todo salga chido". Se llamaba Ana, 28 años, diseñadora gráfica, soltera y con ganas de aventura. Hablamos de todo: del pinche tráfico, de tacos al pastor, de cómo la vida a veces te da en la madre pero luego te regala sorpresas.
La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de manos al pasar la chela. Su perfume, un mix de vainilla y jazmín, me invadía las fosas nasales, mezclándose con el humo del bar. Bailamos pegaditos cuando pusieron cumbia rebajada, sus caderas moviéndose contra las mías, el calor de su cuerpo traspasando la tela. Sentí su aliento cálido en mi cuello, su mano bajando por mi espalda. Esto va pa'rriba, carnal. "Vamos a otro lado", murmuró ella, su voz ronca como promesa.
Salimos al fresco de la noche, el bullicio de la Roma zumbando alrededor. Tomamos un Uber a su depa en Polanco, un lugar chulo con vista a los edificios iluminados. Apenas cerramos la puerta, nos devoramos. Sus labios sabían a tequila y menta, suaves y urgentes contra los míos. La cargué hasta el sillón, mis manos explorando sus muslos firmes, subiendo por el vestido que se arrugaba como invitación. Ella jadeaba, "Sí, así, no pares", mientras me quitaba la playera, sus uñas rozando mi pecho, enviando chispas por mi espina.
El Tri tenía razón, todo me salía mal... hasta que llegaste tú, con tu fuego que quema mis males.
La desvestí despacio, saboreando cada centímetro. Su piel morena brillaba bajo la luz tenue, pechos llenos con pezones oscuros endurecidos por el deseo. Bajé la boca a ellos, lamiendo con la lengua plana, sintiendo su sabor salado, su aroma almizclado subiendo desde su entrepierna. Ella arqueó la espalda, gimiendo bajito, "¡Ay, wey, qué rico!". Mis dedos encontraron su panocha húmeda, resbalosa de jugos, el calor palpitante invitándome. La toqué con círculos lentos, su clítoris hinchado respondiendo a cada roce, sus caderas ondulando contra mi mano.
Me puse de rodillas, inhalando su esencia femenina, ese olor dulce y terroso que me volvía loco. Mi lengua se hundió en ella, probando su miel caliente, chupando con hambre mientras ella se retorcía, sus manos enredadas en mi pelo. "¡Más, cabrón, no te detengas!", gritó, su voz entrecortada por gemidos que llenaban la habitación. El sonido de su placer, húmedo y crudo, se mezclaba con mi respiración agitada. Sentí su cuerpo tensarse, temblar, y explotó en mi boca, un chorro cálido que tragué con avidez, su orgasmo retumbando en mis oídos como trueno.
Pero no paré ahí. La volteé, su culo redondo perfecto alzado como ofrenda. Mi verga, dura como piedra, palpitaba contra su entrada. "Dime si quieres", le susurré al oído, mi voz grave. "¡Sí, métemela ya!", respondió ella, empujando hacia atrás. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretándome, calientes y sedosas. El roce era eléctrico, cada embestida un choque de cuerpos sudorosos, piel contra piel chapoteando. Olía a sexo puro, a sudor mezclado con su perfume, el aire cargado de nuestro deseo.
La cogí con ritmo creciente, mis manos en sus caderas, pellizcando la carne suave. Ella volteaba la cabeza, besándome con lengua salvaje, mordiendo mi labio. "¡Más fuerte, pendejo, hazme tuya!", exigía, y yo obedecía, clavándome hasta el fondo, mis bolas golpeando su clítoris. El placer subía como ola, mi pulso retumbando en las sienes, su coño contrayéndose alrededor de mi verga. Gemíamos juntos, un coro animal, el sillón crujiendo bajo nosotros.
Cambié de posición, ella encima, cabalgándome como amazona. Sus tetas rebotaban hipnóticas, yo las amasaba, pellizcando pezones mientras ella giraba las caderas, frotando su placer contra mí. Sudor corría por su cuello, salado en mi lengua cuando lo lamí. "¡Me vengo otra vez!", anunció, y su cuerpo se convulsionó, ordeñándome con espasmos que me llevaron al borde. No aguanté más: "¡Ana, me corro!", rugí, y exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola, mi visión nublándose en éxtasis puro.
Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos enredados en un charco de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El aroma de nuestro sexo impregnaba el aire, íntimo y satisfactorio. "Todo me salía mal hasta esta noche", murmuré, besando su frente húmeda. Ella sonrió, trazando círculos en mi piel con el dedo. "El Tri canta eso, pero contigo... todo sale chingo bien". Nos quedamos así, en afterglow, la ciudad zumbando afuera mientras dentro reinaba la paz del placer compartido.
Al día siguiente, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que había cambiado el juego. El Tri y su "todo me sale mal" se quedaron atrás; ahora tenía su fuego, su risa, su cuerpo marcado en mi memoria como tatuaje eterno.