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Trio Ardiente con Dos Colombianas

6879 palabras

Trio Ardiente con Dos Colombianas

Estaba en un antro bien chido en Playa del Carmen, de esos donde la música retumba en el pecho y el aire huele a sal del mar mezclado con perfumes caros y sudor fresco. Yo, carnal, un morro de veintiocho tacos de la CDMX, había llegado con unos cuates a echar desmadre en las vacaciones. La noche pintaba para ligar algo rico, pero neta, no esperaba que se pusiera tan cabrona.

Ahí las vi: dos colombianas de esas que te hacen babear nomás con verlas. Sofia, la morena de curvas asesinas, con el pelo negro como la noche cayéndole en ondas por la espalda, y unos ojos verdes que brillaban bajo las luces neón. Camila, su amiga, rubia teñida con tetas que desafiaban la gravedad y un culo que se movía al ritmo de la salsa como si el mundo entero girara alrededor de él. Vestidas con unos vestidos ajustados que dejaban poco a la imaginación, bailaban pegaditas, riendo con esa alegría latina que te calienta la sangre.

Me acerqué con una chela en la mano, sintiendo el pulso acelerado.

¿Qué wey, voy a hacer el ridículo o qué?
les dije: "Qué chulas, ¿de dónde vienen que traen ese flow tan rico?" Sofia me miró de arriba abajo, mordiéndose el labio, y contestó con ese acento paisa que suena como miel: "De Colombia, mi amor, pero aquí estamos de vacaciones. ¿Y tú, mexicano guapo?" Camila se pegó a mí, su piel oliendo a coco y vainilla, y me susurró al oído: "Nosotras tres, ¿te animas a bailar?"

El deseo prendió como yesca. Bailamos un rato, sus cuerpos rozando el mío, el sudor perlando sus cuellos, el calor de sus respiraciones mezclándose con la mía. Sentía sus manos en mi espalda, en mis caderas, y mi verga ya empezaba a despertar, presionando contra los jeans. Neta, un trío con dos colombianas, pensé, esto es de película porno pero en la vida real. Al rato, Sofia me jaló de la mano: "Ven con nosotras a nuestro hotel, papi. Queremos que nos enseñes lo que saben hacer los mexicanos."

En el taxi rumbo al resort, el aire estaba cargado de tensión. Camila en mis piernas, besándome el cuello, su lengua tibia dejando un rastro húmedo que me erizaba la piel. Sofia al lado, acariciándome el muslo por encima del pantalón, sus uñas rozando justo donde dolía de ganas. Olía a sus perfumes mezclados con el aroma salado del mar que entraba por la ventana. Mi corazón latía como tambor, y en mi cabeza:

Esto va en serio, no la cagues, wey.

Llegamos al suite de lujo, con vista al Caribe, luces tenues y una cama king size que parecía gritar promesas. Las luces de la ciudad parpadeaban afuera, pero adentro solo existíamos nosotros tres. Sofia me empujó contra la pared, sus labios carnosos aplastándose contra los míos, saboreando a ron y fresas. Su lengua danzaba con la mía, húmeda y juguetona, mientras Camila se arrodillaba y me desabrochaba el cinturón con dientes, riendo bajito.

"Mira qué rico paquete traes, mi rey", murmuró Camila, bajándome los jeans. Mi verga saltó libre, dura como piedra, palpitando al aire fresco del AC. Ella la lamió desde la base hasta la punta, su boca caliente envolviéndome, chupando con un ritmo que me hacía gemir. Sofia se quitó el vestido, revelando unas lencerías rojas que apenas contenían sus pechos grandes y firmes. Se acercó, frotando sus tetas contra mi pecho, los pezones endurecidos pinchándome la piel.

Las llevé a la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Besé a Sofia mientras mis manos exploraban su cuerpo: piel suave como seda, cálida, sudada ya de anticipación. Bajé a sus pechos, mamándolos con hambre, saboreando el salado de su piel mezclado con el dulce de su sudor. Ella jadeaba: "¡Ay, sí, chúpame así, cabrón!" Camila se unió, lamiéndome las bolas mientras yo devoraba a su amiga, su aliento caliente en mi piel sensible.

La tensión crecía como ola. Quiero follarlas ya, pero hay que alargar el chiste, pensé, conteniendo el impulso. Puse a Sofia a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto, oliendo a deseo puro. Le separé las nalgas y hundí la cara, lamiéndole el coño empapado. Sabía a miel y sal, jugos escurriéndole por los muslos. Ella gritaba: "¡Lame más, papi, qué rico!" Camila se sentó en su cara, y Sofia la comió con ganas, sus gemidos vibrando contra mi lengua.

Cambié posiciones, el cuarto lleno de sonidos: piel chocando, labios chupando, respiraciones agitadas. El olor a sexo impregnaba todo, almizclado y embriagador. Metí dos dedos en Camila, curvándolos para tocar ese punto que la hacía arquearse, sus paredes apretándome como terciopelo húmedo. "¡Estás mojadísima, nena!", le dije, y ella contestó: "Por ti, mi amor, fóllame ya."

No aguanté más. Puse a Camila de espaldas, abrí sus piernas y la penetré de un golpe. Su coño era fuego líquido, apretado y resbaloso, envolviéndome hasta la raíz. Empujé lento al principio, sintiendo cada centímetro, sus uñas clavándose en mi espalda, dejando surcos ardientes. Sofia se masturbaba viéndonos, sus dedos hundiéndose en sí misma, gimiendo: "¡Qué duro lo metes, míralo!" Aceleré, el slap-slap de mi pelvis contra la suya resonando, sus tetas rebotando hipnóticas.

Cambiamos: ahora Sofia encima de mí, cabalgándome como amazona salvaje. Su coño más ancho pero profundo, tragándome entero, sus caderas girando en círculos que me volvían loco. Olía su cabello moviéndose, sudor goteando de su frente a mi pecho. Camila se sentó en mi cara, su culo perfecto ahogándome en placer, su clítoris hinchado bajo mi lengua. Lamí y chupé, saboreando sus jugos dulces mientras Sofia rebotaba, gritando: "¡Sí, cabrón, así, rómpeme!"

El clímax se acercaba, pulsos latiendo en mis sienes, bolas apretadas.

Esto es el paraíso, un trío con dos colombianas que me van a matar de gusto.
Les dije: "Me vengo, nenas", y ellas aceleraron. Sofia apretó sus paredes, ordeñándome, mientras Camila se corría en mi boca, temblando, inundándome con su squirt salado. Explote en Sofia, chorros calientes llenándola, mi cuerpo convulsionando en éxtasis puro.

Caímos enredados, jadeando, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El aire olía a sexo satisfecho, a mar y a nosotras tres. Sofia me besó tierno: "Qué rico fuiste, mexicano." Camila acurrucada en mi otro lado, su mano en mi pecho: "Repetimos mañana, ¿sí?" Reí bajito, exhausto pero feliz. Neta, la vida es un desmadre chingón.

Nos quedamos así hasta el amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, pintando sus cuerpos dorados. Reflexioné en silencio: esto no era solo un polvo, era conexión, deseo compartido, empoderándonos mutuamente en la noche. Las colombianas se durmieron sonriendo, y yo, con el corazón lleno, supe que este trío con dos colombianas sería el recuerdo que me calentaría por años.

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