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Pasión Desbordante en General Trias Chihuahua

7350 palabras

Pasión Desbordante en General Trias Chihuahua

El sol del mediodía caía a plomo sobre las calles polvorientas de General Trias Chihuahua, ese rincón olvidado del norte mexicano donde el aire huele a tierra seca y a chiles asados en comales. Tú llegas en tu camioneta destartalada, con el polvo del camino pegado a la piel sudada, buscando un respiro en este pueblo que parece sacado de una postal vieja. Bajas del vehículo y sientes el calor abrasador subir por tus botas, mientras el viento caliente te azota la cara, trayendo consigo el aroma distante de tortillas recién hechas y carne en la parrilla.

Entras a un pequeño bar en la plaza principal, el tipo de lugar donde los locales se juntan a echar chela después del jale. El interior está fresco, oscuro, con ventiladores zumbando perezosamente en el techo. Te sientas en la barra de madera astillada, pides una fría, y el hielo cruje deliciosamente contra el vidrio empañado. Ahí la ves: Mariana, una morena de curvas generosas, con el cabello negro suelto cayendo como cascada sobre sus hombros bronceados. Lleva una blusa ajustada que deja ver el escote tentador y una falda que se pega a sus caderas anchas. Sus ojos cafés te barren de arriba abajo, y una sonrisa pícara se dibuja en sus labios carnosos.

¿Qué wey tan guapo viene de fuera? Me late su mirada, como si ya supiera lo que quiero.
Piensas, mientras ella se acerca con un contoneo que hace que tu pulso se acelere. "Qué onda, carnal, ¿vienes de paso por General Trias Chihuahua?", te dice con esa voz ronca, típica de las chihuahuenses que han visto de todo. Su aliento huele a menta y a algo dulce, quizás pulque fermentado. Respondes con un guiño, "Sí, güey, buscando un poco de acción en este desierto". Ríen juntos, y el hielo se rompe como el de tu chela derritiéndose.

La charla fluye fácil, como el tequila que piden después. Hablan de la vida en el pueblo, de las fiestas patronales donde la banda toca corridos hasta el amanecer, de cómo el calor de Chihuahua te pone la piel en llamas. Sus rodillas se rozan bajo la barra, un toque casual que envía chispas por tu espina dorsal. Sientes el calor de su muslo contra el tuyo, suave y firme, y el aroma de su perfume mezclado con sudor fresco te marea. Esta morra está cañón, piensas, mientras ella te cuenta anécdotas de su jale en la tienda de abarrotes, riendo con esa carcajada que vibra en tu pecho.

El sol se pone, tiñendo el cielo de rojo sangre sobre las sierras lejanas. Salen del bar tomados de la mano, el aire nocturno ahora fresco y cargado de jazmín silvestre. Caminan por las calles empedradas de General Trias Chihuahua, donde las luces tenues de las casas parpadean como ojos curiosos. "Ven a mi casa, wey, mis viejos están en la capital", susurra ella, apretando tu mano. Su palma está húmeda, caliente, y sientes el pulso latiendo fuerte en su muñeca. Asientes, el deseo creciendo como una tormenta en tu vientre.

En su casita modesta pero acogedora, con paredes encaladas y muebles de madera tallada, cierran la puerta y el mundo exterior desaparece. El aire huele a sábanas limpias y a su loción de vainilla. Se miran un segundo eterno, respiraciones agitadas, pechos subiendo y bajando. Tú das el primer paso, tus manos en su cintura, atrayéndola. Sus labios se encuentran en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y sal. Gime bajito contra tu boca, un sonido gutural que te endurece al instante.

Neta, este vato me prende como nadie. Quiero sentirlo todo, ya.
Sus manos recorren tu espalda, uñas arañando suavemente a través de la camisa, mientras tú bajas los labios a su cuello, mordisqueando la piel salada, oliendo su esencia femenina que te embriaga. La blusa cae al suelo con un susurro de tela, revelando senos plenos, pezones oscuros endurecidos por el deseo. Los tocas, pesados y cálidos en tus palmas, y ella arquea la espalda, jadeando "¡Ay, wey, qué rico!". El sonido de su voz te vibra en los huesos.

La llevas a la cama, un colchón mullido que cruje bajo su peso. Se quita la falda con lentitud tortuosa, quedando en tanga de encaje negro que apenas cubre su monte de Venus. Tú te desvestís rápido, tu verga ya tiesa palpitando, venosa y lista. Ella la mira con hambre, lamiéndose los labios. "Ven, carnal, déjame probarte", murmura, arrodillándose. Su boca caliente te envuelve, lengua girando alrededor de la cabeza sensible, succionando con maestría. Sientes el calor húmedo, el roce de sus dientes suaves, y gimes fuerte, manos enredadas en su pelo sedoso. El sabor salado de tu pre-semen en su lengua la hace gemir, vibraciones que te llevan al borde.

Pero no quieres acabar aún. La tumbas boca arriba, besas su vientre suave, bajando hasta sus muslos temblorosos. El olor de su excitación es embriagador, almizclado y dulce como miel de maguey. Separas sus piernas, labios mayores hinchados y húmedos. Tu lengua explora, lamiendo el clítoris endurecido, chupando sus jugos que saben a mar y pasión. Ella se retuerce, caderas alzándose, gritando "¡Sí, pendejo, ahí, no pares!". Sus manos aprietan las sábanas, uñas clavándose en la tela, mientras oleadas de placer la sacuden. Sientes sus paredes internas contra tu lengua, contrayéndose, y un chorro caliente moja tu barbilla cuando explota en su primer orgasmo.

Ahora sí, te posicionas entre sus piernas abiertas, la punta de tu verga rozando su entrada resbaladiza. "Estoy lista, métemela toda", suplica con ojos vidriosos. Empujas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño apretado te succiona, caliente y aterciopelado. Grita de placer, piernas envolviéndote la cintura. Empiezas a bombear, lento al principio, el slap-slap de piel contra piel llenando la habitación, mezclado con jadeos y gemidos. Sudor perla vuestros cuerpos, resbalando, haciendo la fricción resbalosa y deliciosa. Aceleras, profundo, golpeando su punto G, mientras ella araña tu espalda, dejando marcas rojas que arden placenteramente.

¡Qué chingón se siente! Este wey me llena como nadie, me va a hacer volar.
Cambian posiciones: ella encima, cabalgándote con furia, senos rebotando hipnóticamente. Agarras sus nalgas firmes, amasándolas, mientras ella gira las caderas, moldeándose a ti. El olor a sexo impregna el aire, denso y animal. Sientes sus paredes apretarte más, ordeñándote, y sabes que viene otra ola. "¡Córrete conmigo, amor!", gritas, y ella asiente frenética. Explota primero, un grito ronco escapando de su garganta, coño convulsionando alrededor de tu polla. Tú la sigues, chorros calientes llenándola, el placer cegador como un rayo, pulsos interminables hasta vaciarte por completo.

Caen exhaustos, enredados en sábanas revueltas y sudor. Su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón galopante calmarse. El aire fresco de la noche entra por la ventana entreabierta, trayendo el canto de grillos y el aroma de tierra mojada por un rocío lejano. Besas su frente salada, y ella suspira satisfecha. "Qué nochecita, wey. En General Trias Chihuahua no hay como tú". Ríen bajito, cuerpos aún temblando en aftershocks. Duermen así, pegados, con la promesa de más amaneceres en este pueblo que ahora huele a ellos.

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