Un Error Fatal Ocurrió Mientras Sysprepeaba Su Máquina
Yo era Alejandro, el técnico de computadoras que todos en el Polanco pedían cuando algo se ponía chingón con las máquinas. Ese día, Mariana me llamó desde su depa en las Lomas, con voz de quien ya no aguantaba más. "Wey, mi compu se trabó con un pinche error rarísimo. Necesito que vengas ya, neta que me está volviendo loca". Su tono era dulce, pero con ese filo de frustración que me prendía. Llegué sudando un poco por el tráfico del Periférico, pero al abrir la puerta, olía a su perfume de vainilla y jazmín, mezclado con el aroma fresco de su sala minimalista, llena de plantas y arte moderno.
Mariana era una chava de unos treinta, con curvas que no mentían: caderas anchas envueltas en leggings negros ajustados, una blusa holgada que dejaba ver el borde de su sostén de encaje. Pelo negro largo, ojos cafés que brillaban con enojo fingido. "Mira, güey", dijo señalando la pantalla azul de la muerte. Leí el mensaje en inglés: a fatal error occurred while trying to sysprep the machine. Sonreí por dentro. Sysprep, el pinche demonio de Windows cuando intentas clonar una máquina. "Tranquila, mami, esto lo arreglo en un rato. Es como cuando tu cuerpo pide un reset después de una noche heavy". Ella rio, un sonido ronco que me erizó la piel.
Me senté frente a la desk, conecté mi USB con herramientas, mientras ella se paraba atrás de mí, tan cerca que sentía el calor de sus muslos rozando mi espalda. Su aliento olía a menta fresca. "¿Eres bueno con las máquinas, Alejandro? Porque la mía está bien calenturienta". Su mano rozó mi hombro, ligera como pluma, pero con intención. Mi pulso se aceleró, el corazón latiendo fuerte contra las costillas.
¿Qué chingados? ¿Está coqueteando o nomás es amable?Tecleé comandos, borrando logs, reiniciando servicios, pero mi mente ya volaba a imaginar sus labios carnosos en mi cuello.
Pasó una hora. La compu empezó a responder, pero el ambiente en el depa se cargaba de electricidad. Mariana trajo dos chelas frías del refri, coronitas heladas que sudaban gotas como nuestra tensión creciente. "Salud, carnal, por las máquinas rebeldes", brindamos. Sus dedos se demoraron en los míos al chocar botellas, piel suave contra mi callo de tanto soldar cables. Hablamos de todo: su trabajo en marketing, mis anécdotas de clientes pendejos que borraban sus propios archivos. Ella se acercó más, su rodilla tocando la mía bajo la mesa. El olor de su piel subía, mezcla de loción y algo más primitivo, como almizcle de deseo.
"¿Sabes qué odio de estos errores? Te dejan con todo a medias, como un orgasmo interrumpido", soltó de repente, mirándome fijo. Su voz baja, ronca, me puso la verga dura al instante.
Neta, esta morra me quiere comer vivo.Dejé el teclado. "Pues yo soy experto en resets completos. ¿Quieres que le dé mantenimiento a todo?" Ella se mordió el labio, ojos brillantes. Se levantó, lento, y se sentó en mi regazo, sus nalgas firmes presionando mi erección a través del pantalón. "Sí, wey. Sysprepea mi máquina como se debe".
Sus labios cayeron sobre los míos, suaves y húmedos, sabor a chela y gloss de cereza. Gemí en su boca, mis manos subiendo por su espalda, sintiendo la curva de su espinazo bajo la blusa. Ella arqueó el cuerpo, restregándose contra mí, el calor de su panocha filtrándose a través de la tela. La cargué hasta el sofá de piel blanca, tumbándola con cuidado. Le quité la blusa, revelando chichis perfectas, pezones oscuros endurecidos como piedras preciosas. Los lamí, succionando suave, oyendo sus jadeos agudos: "¡Ay, cabrón, qué rico!". Su piel sabía a sal y sudor ligero, aroma de su excitación llenando el aire, dulce y animal.
Le bajé los leggings, exponiendo su concha depilada, labios hinchados brillando de jugos. "Estás chorreando, reina", murmuré, oliendo su esencia almizclada que me volvía loco. Introduje un dedo, luego dos, curvándolos para rozar su punto G. Ella gritó, uñas clavándose en mis hombros, el sonido de su placer ecoando en la sala amplia.
Su interior es puro fuego, apretándome como si no quisiera soltarme nunca.La masturbé lento al principio, acelerando con sus gemidos guiándome, su cadera subiendo para follar mi mano. "¡Más, Alejandro, no pares, pinche máquina perfecta!"
Me desvestí rápido, mi verga saltando libre, venosa y palpitante. Ella la tomó, piel caliente envolviéndome, lengua lamiendo la punta con sabor salado de mi pre-semen. "Qué pinga tan chingona, güey. Te la voy a mamar hasta que grites". Chupó profundo, garganta apretada, sonidos húmedos de succión llenando el cuarto. Sentí bolas tensándose, pero me aparté. "No aún, mami. Quiero sysprepear todo tu sistema". La puse a cuatro patas en el sofá, admirando su culo redondo, perfecto. Escupí en mi mano, lubricando, y empujé lento.
Entré centímetro a centímetro, su concha tragándome como terciopelo caliente, jugos chorreando por mis huevos. "¡Órale, qué grande! Me llenas toda, cabrón". Empujé rítmico, piel chocando piel con palmadas sonoras, sudor perlando nuestros cuerpos. Sus gemidos se volvieron gritos: "¡Cógeme duro, wey! ¡Sí, así!". Agarré sus caderas, acelerando, sintiendo su interior contraerse, ordeñándome. El olor de sexo crudo, sudor y fluidos, impregnaba todo. Toqué su clítoris hinchado, frotando círculos, mientras la taladraba profundo.
La volteé para mirarla a los ojos, piernas sobre mis hombros, penetrándola hondo. Sus tetas rebotaban con cada embestida, pezones rozando mi pecho. "Te sientes increíble, Mariana. Tu máquina es la mejor que he arreglado". Ella rio entre jadeos, uñas arañando mi espalda.
Esto es más que un servicio técnico; es conexión pura, carnal.Nuestros cuerpos se sincronizaron, pulsos latiendo al unísono, el clímax construyéndose como tormenta. "¡Me vengo, Alejandro! ¡No pares!". Su concha se apretó como vicio, chorros calientes mojando mis muslos. Eso me llevó al borde: grité su nombre, explotando dentro, semen caliente llenándola en espasmos interminables.
Colapsamos jadeando, piel pegajosa de sudor, corazones tronando. Ella me besó suave, lengua perezosa. "Gracias, técnico. Ese fatal error valió la pena". Reí, oliendo su cabello revuelto. La compu pitó desde la mesa: reinicio completado, error borrado. Nos envolvimos en una cobija, bebiendo las chelas tibias, hablando bajito de repetir el "mantenimiento". Su cabeza en mi pecho, latido calmándose, supe que esto no era un one-shot. La máquina estaba sysprepeada, lista para más corridas perfectas.