Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Trio Nostalgia Trio Nostalgia

Trio Nostalgia

7257 palabras

Trio Nostalgia

El sol de Playa del Carmen caía como una caricia ardiente sobre la arena blanca, mientras el mar Caribe susurraba promesas de placeres olvidados. Yo, Ana, había llegado a esa villa rentada con el corazón latiendo fuerte, porque neta, no podía creer que después de tantos años, Marco y Luis me hubieran convencido de este reencuentro. Éramos el trio nostalgia de la uni en la CDMX, aquellos pendejos que en las fiestas locas de Coyoacán experimentamos con besos compartidos y toques prohibidos. Ahora, adultos con trabajos chidos y vidas estables, ¿qué chingados hacíamos aquí? La brisa salada me erizaba la piel bajo el bikini rojo que me ceñía como una segunda piel, y el olor a coco de mi crema solar se mezclaba con el humo de la parrillada que Marco preparaba.

Marco, con su torso moreno y tatuajes que contaban historias de viajes por la Baja, volteó a verme con esa sonrisa pícara que siempre me desarmaba. ¡Órale, Ana! Sigues siendo la reina de las curvas, wey, gritó, mientras Luis, el alto y delgado con ojos verdes que hipnotizaban, se acercaba con dos chelas frías en la mano. Su mano rozó la mía al pasarme la botella, y sentí un chispazo eléctrico que me subió por el brazo hasta el pecho. ¿Por qué carajos mi cuerpo recuerda todo? Pensé, mientras el sabor amargo de la cerveza refrescaba mi garganta seca.

Nos sentamos en las hamacas de la terraza, con el rumor de las olas como banda sonora. Hablamos de todo: de los trabajos en Polanco, de las morras y carnales que habíamos dejado atrás, pero inevitablemente, la plática giró al trio nostalgia. ¿Se acuerdan de esa noche en la azotea de Luis? Cuando el mezcal nos soltó las riendas, dijo Marco, su voz ronca cargada de picardía. Luis rio bajito, su mirada fija en mis labios. Neta, Ana, tú eras el fuego que nos unía. Tus gemidos... ay, wey, qué rico. Mi piel se sonrojó, pero no de vergüenza, sino de ese calor que empezaba a bullir en mi vientre. El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranjas y rosas, y el aire se llenaba del aroma a mariscos asados y limón.

La noche cayó como un velo suave, y el viento traía ecos de cumbia rebajada desde una cantina lejana. Terminamos las chelas y pasamos al tequila reposado, ese que quema dulce en la lengua. Estábamos solos en la villa, las luces tenues de las antorchas parpadeando sobre nosotros. Marco se recargó en mí, su mano grande posándose en mi muslo desnudo. Su tacto es como memoria viva, áspero y cálido, oliendo a sal y sudor masculino. Luis, del otro lado, jugaba con un mechón de mi cabello, su aliento fresco rozando mi oreja. ¿Quieres revivirlo, mamacita? El trio nostalgia que nos hacía volar, murmuró. Asentí, el pulso acelerado en mi cuello, el corazón retumbando como tambores de una fiesta en la colonia Roma.

¿Estoy loca? No, esto es puro deseo consensual, nosotros tres queriendo sanar el tiempo con cuerpos que se conocen de memoria. Que chingue su distancia, hoy nos reclamamos.

La tensión creció como marea alta. Marco me besó primero, sus labios firmes y urgentes, saboreando a tequila y hombre. Su lengua exploró mi boca con hambre acumulada, mientras sus dedos trazaban patrones en mi espalda, erizándome hasta los pezones que se endurecían bajo la tela fina. Luis no se quedó atrás; su boca descendió a mi cuello, lamiendo la sal de mi piel, mordisqueando suave hasta que un gemido se me escapó. Qué chula te ves así, Ana, toda encendida, gruñó Marco, quitándome el top del bikini con delicadeza. Mis chichis quedaron al aire, pesados y ansiosos, y él los tomó en sus manos callosas, masajeando mientras chupaba un pezón, el sonido húmedo mezclándose con mi respiración jadeante.

Luis me volteó hacia él, besándome profundo, su verga ya dura presionando contra mi cadera a través del short. Olía a arena y excitación, ese almizcle que me volvía loca. Sus besos son poesía sucia, lentos pero intensos, como si quisiera grabarse en mi alma. Deslicé mi mano por su pecho liso, bajando hasta liberar su miembro grueso, palpitante en mi palma. Era nostalgia pura: lo apreté, sintiendo las venas saltar, y él suspiró contra mi boca. Marco, meanwhile, había bajado mis bragas, sus dedos hurgando en mi panocha húmeda, resbaladiza de jugos. Estás chorreando, ricura. Para nosotros, dijo, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo donde me deshacía.

Nos movimos al interior, al cuarto principal con cama king size y sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La luz de la luna se colaba por las cortinas, bañándonos en plata. Me tumbaron en el centro, como ofrenda. Marco se quitó la ropa, su verga erguida y morena apuntando al techo, mientras Luis hacía lo mismo, la suya más larga, curvada tentadoramente. Vamos a hacerte volar, Ana, prometió Luis, posicionándose entre mis piernas. Lamí mis labios, el sabor de sus besos aún en ellos, y abrí las piernas, exponiendo mi concha hinchada, el clítoris latiendo como un corazón expuesto.

Luis se hundió en mí primero, lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón! Esa plenitud, ese roce profundo que me hace arquear la espalda. Gemí alto, mis uñas clavándose en sus hombros mientras él empujaba, el sonido de piel contra piel húmeda llenando la habitación. Marco se arrodilló a mi lado, ofreciéndome su verga. La tomé en la boca, saboreando el precum salado, chupando con avidez mientras Luis me follaba rítmico, sus bolas golpeando mi culo. El olor a sexo nos envolvía: sudor, jugos, testosterona pura. Cambiaron posiciones; Marco me penetró desde atrás, doggy style, sus embestidas fuertes y posesivas, mientras yo mamaba a Luis, su mano en mi cabello guiándome. ¡Qué rico tu boquita, Ana! Sigue, wey, no pares, jadeó él.

La intensidad subió como fiebre. Me pusieron en el medio otra vez, Luis debajo penetrándome la panocha, Marco lubricando mi culo con saliva y mis propios fluidos. ¿Lista para el doble, mi reina?, preguntó Marco, y asentí, empoderada, dueña de este placer. Entró despacio, el ardor inicial convirtiéndose en éxtasis pleno. Estaban los dos adentro, moviéndose alternados, llenándome hasta el alma. Sentía cada pulso, cada roce, el sudor goteando de sus cuerpos al mío, el slap-slap de carne, mis gemidos convirtiéndose en gritos. Esto es el paraíso, el trio nostalgia hecho carne, sudando y gimiendo juntos. El clímax me golpeó como ola gigante: contracciones violentas en mi concha y culo, ordeñándolos, mientras ellos rugían y se vaciaban dentro, chorros calientes inundándome.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas, el aire pesado con nuestro aroma compartido. Marco me besó la frente, Luis acarició mi espalda. Eres nuestra nostalgia viva, Ana. Qué chido esto, murmuró Luis. Reí suave, el cuerpo lánguido y satisfecho, pulsos calmándose al ritmo del mar lejano. En ese afterglow, con el sabor a semen y piel en mi lengua, supe que este trio nostalgia no era fin, sino promesa de más noches así: libres, calientes, nuestros.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.