Trío Matamoros Son de la Loma
La noche en la finca de don Chucho estaba que ardía. El aire olía a barbacoa de res asada, a mezcal fresco y a jazmines silvestres que trepaban por las paredes de adobe. Yo, Ana, había llegado con unas amigas para echar relajo en esa fiesta ranchera cerca de Matamoros. La banda principal era Trío Matamoros Son de la Loma, unos huastecos guapísimos que tocaban el son de la loma con un fuego que te ponía la piel chinita. Sus voces roncas, las guitarras requintas vibrando como caricias, y el huapanguero retumbando en el pecho. Me quedé clavada viéndolos desde la pista de baile.
El líder, Javier, era un moreno alto con ojos negros como la noche tamaulipeca, barba recortada y una sonrisa pícara que prometía travesuras. A su lado, su carnal Marco, más chaparro pero con unos brazos fuertes de tanto cargar el instrumento, y el tercer, Raúl, el requintero flaco y ágil, con tatuajes huicholes en los antebrazos que asomaban bajo la camisa de charro entreabierta. Tocaban Son de la Loma con tal pasión que el público gritaba ¡órale! y zapateaba. Yo sentía el ritmo subiéndome por las piernas, hasta el ombligo, haciendo que mis caderas se movieran solas.
¿Qué chingados me pasa? Estos vatos me traen loca. Sus manos en las cuerdas... imagínate esas palmas en mi piel.
Después de su set, me acerqué a la mesa donde se echaban unas cheves. Javier me vio primero, levantó su botella y guiñó el ojo. —Mamacita, ¿bailaste con nosotros? Ven, siéntate. Su voz era como el son, grave y envolvente. Me senté entre Marco y Raúl, el calor de sus cuerpos pegándome al instante. Olían a sudor limpio, a tierra mojada y a esa colonia barata que a mí me enciende. Hablamos pendejadas de la música huasteca, de cómo el trío Matamoros Son de la Loma había recorrido desde la sierra hasta la costa. Javier me rozó la pierna con la suya, casual, pero sentí la electricidad hasta los pezones.
La fiesta seguía, pero ellos me invitaron a su camioneta para seguir la plática privada. —Vamos a nuestro ranchito chiquito, allá tocamos más tranquis, sin tanto ruido. Acepté, el corazón latiéndome como tamborita. En la troca, Marco al volante, Javier atrás conmigo, su mano en mi muslo subiendo despacito. —Estás bien rica, Ana. ¿Te late el son de la loma? Le contesté con un beso que sabía a cerveza y deseo. Raúl se reía, ¡Ya se armó, carnales!
En el ranchito, una casita de teja con patio de tierra apisonada, pusieron las sillas y sacaron las guitarras. Tocaron suave, un son huasteco lento que me erizaba el alma. Me senté en el regazo de Javier, sus manos grandes abarcándome la cintura, bajando a mis nalgas. Marco se acercó por detrás, besándome el cuello, su aliento caliente oliendo a tabaco dulce. —¿Quieres que te cantemos uno pa' ti sola? Asentí, perdida en el momento. Sus labios en mi piel, áspera barba raspando suave, el sonido de las cuerdas mezclándose con mis gemidos bajitos.
La tensión crecía como tormenta en la sierra. Javier me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de mi pecho expuesto al aire fresco de la noche. —Qué chulas tetas, Ana. Duras como duraznos. Marco chupaba mi oreja, sus dedos desabrochándome el jeans, metiéndose adentro para rozar mi panocha ya empapada. ¡Ay, cabrones, qué rico! pensé, arqueándome contra ellos. Raúl dejó la guitarra y se unió, arrodillándose para bajarme el pantalón. Su lengua en mi clítoris fue como un relámpago, lamidas largas y expertas que me hacían jadear.
Esto es puro fuego huasteco. Sus bocas, sus manos... me van a volver loca de placer.
Me recostaron en una cobija gruesa sobre la mesa del patio, las estrellas testigos arriba. Javier se sacó la verga, gruesa y venosa, palpitando. —Chúpala, preciosa. Me arrodillé, saboreándola salada y caliente, mientras Marco me penetraba por atrás con los dedos, preparándome. —Estás chorreando, mija. Listita pa' mí. Raúl besaba mis tetas, pellizcando los pezones hasta que dolía rico. El olor a sexo flotaba pesado, mezclado con el aroma de las bugambilias cercanas y el humo de la leña apagada.
Marco entró en mí primero, su pinga dura abriéndome centímetro a centímetro. ¡Qué prieta estás, Ana! ¡Me aprietas como guante! Gemí fuerte, el sonido ahogado por la verga de Javier en mi boca. Empujones rítmicos, como su música, clavándose profundo, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. Raúl se masturbaba viéndonos, su verga lista, goteando. Cambiaron turnos: Javier me tumbó de espaldas, piernas abiertas, embistiéndome con fuerza mientras Marco me besaba y Raúl chupaba mi clítoris. El placer subía en olas, mis uñas clavadas en sus espaldas morenas, sudor resbalando entre nosotros.
—Más fuerte, pendejos. ¡No paren! grité, perdida en el éxtasis. Javier aceleró, su pelvis chocando contra mi clítoris, Marco metiendo dedos en mi boca para que chupara. Raúl se posicionó, y de pronto sentí dos vergas: Javier adentro, y Raúl frotándose contra mi entrada trasera, lubricada con saliva. —¿Te late, reina? Dinos sí. ¡Sí, carajo, métanmela! Entró lento, el estirón ardiente pero delicioso, llenándome por completo. Los tres en uno, moviéndose coordinados como en su trío, el son de la loma latiendo en sus caderas.
El clímax llegó como avalancha. Mi concha se contrajo, ordeñando a Javier que gruñó y se corrió dentro, caliente y espeso. Raúl siguió, eyaculando en mi culo con un aullido huasteco. Marco, viéndonos, se vino en mi boca, su leche salada bajando por mi garganta. Colapsamos en un enredo de cuerpos jadeantes, piel pegajosa, risas roncas. El aire nocturno nos refrescaba, el eco de sus voces canturreando bajito un son suave.
Después, nos bañamos en un tinaco con agua tibia, jabón oliendo a lavanda silvestre. Javier me peinó el pelo mojado, Marco me masajeó los hombros tensos, Raúl trajo cheves frías. —Eres la mejor fan del trío Matamoros Son de la Loma, Ana. Vuelve cuando quieras. Me sentí poderosa, deseada, como reina de la loma. Nos despedimos con besos lentos al amanecer, el sol pintando de oro el horizonte tamaulipeco.
De regreso a casa, el cuerpo aún vibrando, supe que esa noche había sido más que sexo: un son de la loma grabado en mi piel, en mi alma. Trío Matamoros Son de la Loma, carnales, ya los voy a buscar de nuevo.