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El Tri Simplemente Nos Enciende

6281 palabras

El Tri Simplemente Nos Enciende

Estaba en la cantina de la esquina, esa que siempre se arma hasta el techo cuando juega El Tri. El aire olía a chelas frías, tacos al pastor chisporroteando en la plancha y ese sudor colectivo de la afición que vibra como un solo corazón. Yo, Ana, con mi camiseta verde ajustada que me hacía sentir pinche poderosa, me recargaba en la barra viendo el partido en la tele grande. México contra Brasil, un clásico que nos ponía la piel chinita.

Ahí lo vi. Alto, moreno, con barba de tres días y una sonrisa que parecía salida de un sueño culero. Se acercó pidiendo una cerveza, su brazo rozó el mío y sentí un chispazo, como cuando Chicharito mete un gol de chilena. "Órale, güey, qué partidazo", le dije, tratando de sonar casual. Él se volteó, ojos cafés intensos clavados en los míos. "Simón, carnala. El Tri simplemente la está rompiendo hoy". Su voz grave me erizó la nuca, y el ruido de la cantina –gritos, vasos chocando, el narrador bramando– se volvió fondo para el latido de mi pecho.

Nos quedamos platicando entre goles. Se llamaba Marco, taxista de noche, pero con un cuerpo de esos que te hacen imaginarlo sin camisa. Hablaba con ese acento chilango puro, soltando "pendejo" para referirse al árbitro y "chido" para todo lo bueno. Yo le seguía la onda, riéndome de sus chistes, sintiendo cómo el calor del lugar subía no solo por las luces ni la gente apiñada, sino por esa química que flotaba entre nosotros. Su rodilla rozaba la mía bajo la barra, accidental al principio, pero luego no tanto. Cada vez que El Tri atacaba, él ponía su mano en mi espalda baja, un toque firme que me hacía apretar los muslos.

¿Qué chingados me pasa? Este wey me prende con solo mirarme. Quiero sentir sus manos en serio, no solo este roce de vándalos.

El medio tiempo llegó con México ganando 1-0. La cantina explotó en euforia, cuerpos chocando en abrazos grupales. Marco me jaló hacia él en el bullicio, su pecho duro contra mis tetas, su aliento a cerveza y menta rozando mi oreja. "Vamos a celebrar en privado, ¿no?", murmuró. Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza: un sí con la mirada, mis labios rozando los suyos en un beso que sabía a victoria y deseo crudo. Sus manos en mi cintura, apretando justo donde dolía de ganas.

Salimos tambaleándonos de emoción, el aire fresco de la noche contrastando con el bochorno de adentro. Caminamos unas cuadras hasta su depa, cerca de ahí, riéndonos como pendejos del portero brasileño. En el elevador, ya no aguantamos: sus labios devoraron los míos, lengua explorando con hambre, manos subiendo por mi blusa. Sentí su verga dura contra mi vientre, gruesa y palpitante bajo el pantalón. "Te quiero ya, Ana", gruñó, y yo solo gemí, mis uñas clavándose en su cuello.

Adentro, la luz tenue del foco iluminaba su cuarto sencillo: cama king, posters de El Tri en las paredes, olor a hombre soltero mezclado con colonia barata. Me quitó la camiseta con urgencia, exponiendo mis chichis al aire, pezones duros como piedras. Los lamió despacio, succionando uno mientras pellizcaba el otro, enviando descargas directas a mi clítoris. "Pinche delicia", susurró, y yo arqueé la espalda, oliendo su sudor fresco, ese aroma macho que me volvía loca.

Lo empujé a la cama, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, venosa, cabezota brillando de precum. La tomé en la mano, piel suave sobre acero, y la chupé como si fuera el trofeo del partido. Él jadeaba, "Así, mamacita, trágatela", sus caderas moviéndose al ritmo de mi boca. El sabor salado me inundaba, mis jugos empapando mis calzones. Me subí encima, frotándome contra él, sintiendo cómo mi concha resbalaba lista para él.

Esto es mejor que cualquier gol. Su calor me quema, quiero que me rompa entera.

El segundo tiempo del partido sonaba de fondo en la tele del cuarto, pero ya no importaba. Marco me volteó bocabajo, besando mi espalda, bajando hasta mis nalgas. Sus dedos abrieron mis labios, rozando mi clítoris hinchado. "Estás chorreando, pinche ninfómana", dijo riendo, y metió dos dedos, curvándolos justo en mi punto G. Gemí fuerte, el sonido ahogado en la almohada, mientras él lamía mi ano, lengua juguetona que me hacía temblar. El placer subía en olas, mi cuerpo convulsionando en un orgasmo rápido, jugos salpicando sus manos.

No me dejó descansar. Me puso a gatas, su verga empujando lento al principio, estirándome deliciosamente. "Te sientes como terciopelo, wey", jadeé, y él embistió profundo, huevos golpeando mi clítoris. El ritmo era como el partido: pausado para torturar, luego furioso. Sudor goteaba de su pecho a mi espalda, mezclándose con mi aroma a excitación. Sus manos en mis caderas, jalándome contra él, cada estocada rozando mi cervix con un placer que dolía rico.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus ojos devoraban mis tetas rebotando, manos amasándolas. Yo cabalgaba fuerte, clítoris frotándose en su pubis, oliendo nuestros sexos unidos, ese olor almizclado que enloquece. "El Tri simplemente nos da suerte, ¿verdad?", murmuró entre gemidos, y reí, acelerando hasta que sentí el clímax venir. Él se tensó debajo, "Me vengo, Ana", y explotamos juntos: mi concha ordeñándolo, chorros calientes llenándome mientras yo gritaba, olas de éxtasis sacudiendo mi alma.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y semen. El partido terminó con victoria mexicana, gritos lejanos de la calle filtrándose por la ventana. Marco me besó la frente, suave ahora, su mano acariciando mi pelo. "Esto fue chingón, carnala". Yo sonreí, sintiendo su corazón latiendo contra el mío, un afterglow que calentaba más que la pasión.

Nunca un partido me prendió tanto. El Tri, simplemente, lo cambia todo. Y este wey... quién sabe, tal vez repitamos en la vuelta.

Nos quedamos así, respirando sincronizados, el sabor de él aún en mi lengua, su calor envolviéndome. Afuera, la ciudad festejaba, pero aquí dentro, habíamos ganado nuestro propio campeonato.

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