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La Triada Diseño Gerencia y Construcción en Llamas

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La Triada Diseño Gerencia y Construcción en Llamas

Era una noche calurosa en la Ciudad de México, de esas que te pegan el vestido al cuerpo con el sudor y te hacen soñar con aire acondicionado y piel fresca. Yo, Ana, la diseñadora de Triada Diseño Gerencia y Construcción, acababa de cerrar el contrato más grande de nuestra carrera: un rascacielos en Polanco que iba a cambiar el skyline. Beatriz, la gerente, con su mirada de fuego y curvas que hipnotizaban en las juntas, y Carla, la constructora, dura como el concreto pero suave como el terciopelo cuando sonreía, habíamos brindado en la oficina con tequila reposado. El aire olía a éxito, a papel nuevo y a ese perfume mezclado que nosotras tres desprendíamos.

¿Por qué carajos no lo hemos hecho antes? pensé mientras veía cómo Beatriz se inclinaba para servir otra ronda, su blusa blanca entreabierta dejando ver el encaje negro de su sostén. Carla, con sus jeans ajustados manchados de polvo del último sitio, se reía con esa voz ronca que me erizaba la piel. Llevábamos años trabajando juntas en Triada Diseño Gerencia y Construcción, cubriéndonos las espaldas, peleando con proveedores pendejos y celebrando cada avance como reinas. Pero esa noche, el deseo que siempre había flotado entre nosotras se sentía como un volcán a punto de estallar.

—Órale, Ana, ¿ya viste lo que logramos? —dijo Carla, acercándose tanto que sentí el calor de su aliento con olor a tequila y menta en mi cuello—. Triada Diseño Gerencia y Construcción va pa'l carajo de grande.

Asentí, mi corazón latiendo como tamborazo zacatecano. Beatriz nos miró con ojos brillantes.

—Vamos a mi casa a seguir la fiesta, ¿no? Tengo jacuzzi y más tequila —propuso, su voz un ronroneo que me humedeció de golpe.

No hubo dudas. Subimos a su coche, el viento nocturno entrando por las ventanas, trayendo olores de taquerías y jazmín de algún jardín. En el camino, las manos se rozaron accidentalmente, pero no tanto. La mía en el muslo de Carla, la de ella subiendo por mi falda. Beatriz conducía, mordiéndose el labio, lanzándonos miradas por el retrovisor.

Al llegar a su penthouse en la Roma, con vistas a las luces de la ciudad, el ambiente cambió. La música de Natalia Lafourcade sonaba bajito, velas aromáticas a vainilla y canela llenaban el aire. Nos quitamos los zapatos, descalzas sobre el mármol fresco. Beatriz trajo copas y una botella de Don Julio 1942.

—Por nosotras, por Triada —brindó, chocando su copa contra las nuestras. Sus labios rojos brillaban, y cuando bebió, una gota se escapó por su barbilla, bajando hasta su escote. Me lancé sin pensarlo, lamiéndola con la lengua, saboreando sal y tequila dulce.

Carla soltó un gemido. Esto es real, no un sueño mojado después de una junta eterna, pensé, mientras sus manos fuertes me rodeaban la cintura, atrayéndome contra su pecho firme. Beatriz nos besó a las dos, su boca suave y exigente, lengua danzando como en un tango prohibido. Olía a su perfume caro, Flores de Bahía, mezclado con el aroma almizclado de nuestra excitación creciente.

Nos fuimos desvistiendo lentito, como si saboreáramos cada botón, cada cremallera. Mi vestido cayó al suelo con un susurro, revelando mi lencería roja que había elegido esa mañana por intuición. Carla se quitó la camisa, sus pechos grandes liberados, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco. Beatriz, siempre la elegante, se desabrochó el sostén con un movimiento experto, su piel oliva reluciendo bajo la luz tenue.

Acto uno completado, el deseo inicial ardiendo como antorcha.

En el sofá de piel suave, nos enredamos. Yo en el medio, sintiendo el calor de sus cuerpos a ambos lados. Carla me besaba el cuello, mordisqueando suave, su aliento caliente enviando escalofríos por mi espina. Es tan fuerte, tan real, pensé, mientras mis manos exploraban sus músculos de obrera, duros por años levantando vigas en los sitios de Triada Diseño Gerencia y Construcción. Beatriz lamía mis pechos, lengua girando alrededor de mis pezones, succionando hasta que gemí alto, el sonido rebotando en las paredes de cristal.

—Qué rica estás, Ana —murmuró Beatriz, su voz vibrando contra mi piel—. Siempre quise probarte en esas juntas donde te veías tan profesional.

Carla rio bajito. —Yo también, pinche gerente culera, siempre robándote la atención —bromeó, pero sin celos, solo picardía mexicana pura.

La tensión subía como el concreto vertiéndose en un encofrado: lenta, inexorable. Bajaron juntas por mi vientre, besos húmedos dejando rastros brillantes. El olor a sexo llenaba la habitación, dulce y salado, mezclado con el jacuzzi burbujeando cerca. Sentí sus lenguas en mis muslos internos, rozando mi tanga empapada. La quité yo misma, exponiéndome, vulnerable y poderosa.

Beatriz fue la primera en probarme, su lengua experta abriéndose paso, lamiendo mi clítoris hinchado con círculos perfectos, como si diseñara un plano erótico. Gemí, arqueándome, mis uñas clavándose en los hombros de Carla, que me besaba la boca, tragándose mis jadeos. No puedo más, pero quiero que dure, internalicé, el pulso latiendo en mis oídos como maquinaria pesada.

Cambiaron posiciones. Ahora Carla entre mis piernas, su boca hambrienta devorándome, lengua gruesa y fuerte penetrándome, saboreando mis jugos como si fueran el mejor pozole. Beatriz se sentó en mi cara, su coño depilado rozando mis labios, olor a miel y deseo puro. La lamí con ganas, sintiendo su humedad correr por mi barbilla, sus caderas moviéndose al ritmo de mis chupadas.

—¡Ay, sí, Ana, así! —gritó Beatriz, sus pechos rebotando, sudor perlando su piel.

La intensidad crecía. Nos movimos al jacuzzi, el agua caliente envolviéndonos como un abrazo líquido, burbujas masajeando nuestra piel sensible. Flotábamos, cuerpos entrelazados. Yo monté a Carla, frotándome contra su muslo musculoso, mientras Beatriz nos lamía a ambas desde atrás, dedos hundiéndose en nosotras. El vapor subía, empañando las vistas, pero el calor era interno, abrasador.

Carla me penetró con dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas. Es como construir un orgasmo desde los cimientos, pensé en éxtasis. Beatriz se unió, su mano en mi clítoris, frotando rápido. Los sonidos eran obscenos: chapoteos de agua, gemidos roncos, piel contra piel resbaladiza.

—Vente conmigo, chula —me rogó Carla, su voz quebrada.

Explotamos juntas. Mi orgasmo me sacudió como un sismo en la placa, ondas de placer puro recorriendo cada nervio, jugos mezclándose con el agua. Beatriz gritó después, colapsando sobre nosotras, su cuerpo temblando en la ola final.

En el afterglow, salimos del jacuzzi, nos secamos mutuamente con toallas suaves, besos lentos y tiernos. Nos acurrucamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio rozando nuestra piel aún sensible. El olor a sexo persistía, reconfortante, como victoria después de una obra terminada.

—Esto cambia todo en Triada Diseño Gerencia y Construcción —dijo Beatriz, trazando círculos en mi vientre.

—Pa' bien, ¿no? Somos invencibles ahora —agregó Carla, besando mi hombro.

Sí, lo somos, pensé, mientras el sueño nos envolvía, el latido de tres corazones sincronizados. Mañana, nuevos planos, pero esta noche, nuestra tríada personal era perfecta, construida con pasión pura y consentimiento total. La ciudad dormía afuera, pero nosotras ardíamos eternas.

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