Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Intenta conseguir una reserva en Dorsia ahora Intenta conseguir una reserva en Dorsia ahora

Intenta conseguir una reserva en Dorsia ahora

7891 palabras

Intenta conseguir una reserva en Dorsia ahora

La noche en Polanco bullía con ese glamour que solo México City sabe dar. Las luces de los autos de lujo rebotaban en los cristales de los edificios, y el aire traía olor a jazmín mezclado con el humo de cigarros caros. Tú, con tu traje Armani ajustado que marcaba cada músculo del gym, caminabas por la avenida con esa confianza de quien sabe que la vida te debe algo chido. Habías quedado con Karla, una morra que conociste en un after de trabajo. Pelo negro largo hasta la cintura, ojos cafés que prometían pecados, y un vestido rojo que se pegaba a sus curvas como segunda piel. Chingón, pensaste, esta noche va a ser la buena.

La viste parada afuera del bar, fumando un cigarro con esa pose de reina. El humo salía de sus labios rojos en espirales lentas, y cuando te vio, sonrió con picardía. ¿Qué onda, guapo? ¿Listo para quemar la noche? Te acercó, su perfume dulzón invadiendo tus sentidos, algo como vainilla y deseo puro. La besaste en la mejilla, sintiendo la suavidad de su piel tibia contra tu barba de tres días.

Carajo, esta mujer huele a problemas del bueno, de esos que te dejan temblando.

—Oye, Karla, ¿has oído de Dorsia? —le dijiste mientras entraban al bar, la música reggaetón retumbando bajito—. Try getting a reservation at Dorsia now. Es el lugar más exclusivo de la ciudad, ni los fifís entran fácil.

Ella soltó una carcajada ronca, sexy, que te erizó la piel. —¡Ja! ¿En serio, güey? ¿Vas a soltarme líneas de American Psycho para impresionarme? Eres un pendejo tierno. Pero va, convénceme.

El bar estaba atestado, cuerpos sudados rozándose en la pista, olor a tequila y sudor fresco. Pidieron unos skinny margaritas, el limón picante en tu lengua despertando el hambre. Charlaron de todo: su chamba en marketing, tus deals en finanzas, pero el aire entre ustedes cargaba electricidad. Sus rodillas se tocaban bajo la mesa, y cada roce mandaba chispas directo a tu entrepierna. Quiere juego, pensaste, viendo cómo se mordía el labio inferior.

De repente, sacaste el teléfono y marcaste al Dorsia como si nada. Milagro o contactos, pero te confirmaron mesa para dos en media hora. Karla abrió los ojos grandes, impresionada. —¡No mames! ¿De veras? Eres el rey, carnal.

Acto uno cerrado, la tensión ya picaba.

El Dorsia era un sueño: velas parpadeando sobre manteles blancos, jazz suave flotando, y un aroma a trufas y carne asada que te hacía salivar. La mesera los sentó en una esquina íntima, donde las luces bajas jugaban sombras en el escote de Karla. Pidieron ostras frescas, el jugo salado resbalando por su barbilla cuando mordió una. Tú se la limpiaste con el pulgar, y ella chupó tu dedo lento, ojos fijos en los tuyos. Pum pum, tu corazón latiendo como tambor.

Esta morra me va a matar. Su boca en mi dedo ya me tiene la verga parada como bandera.

La plática subió de tono. Ella confesó que odiaba la rutina, que buscaba noches que la hicieran sentir viva. Tú le contaste de tus fantasías, de cuerpos entrelazados bajo sábanas de hotel cinco estrellas. Sus pies descalzos subieron por tu pantorrilla, rozando adentro del muslo. El vino tinto calentaba tu sangre, su sabor afrutado en tu boca cuando se inclinó para un beso robado. Labios suaves, lengua juguetona danzando con la tuya, gusto a cereza y promesas.

—No aguanto más aquí —susurró ella contra tu oído, su aliento caliente erizándote el cuello—. Llévame a algún lado donde pueda gritar tu nombre.

Pagaste la cuenta con tarjeta negra, y salieron tomados de la mano, el valet trayendo tu BMW rugiendo. El viento nocturno lamía sus pieles, CDMX viva a su alrededor con cláxones y risas lejanas.

El hotel era el Four Seasons, lobby de mármol frío contrastando el calor entre sus cuerpos. Subieron al elevador, y apenas cerraron las puertas, Karla te empujó contra la pared. Sus manos por tu pecho, desabrochando botones, uñas raspando tu piel. Tú agarras su culo firme, apretándolo bajo el vestido. Beso feroz, lenguas batallando, gemidos ahogados. El ding del piso los separó, riendo como niños traviesos.

La suite olía a rosas frescas del room service que pediste de antemano. Luces tenues, cama king size con sábanas de 1000 hilos invitando al pecado. Karla se quitó los tacones, caminando descalza sobre la alfombra mullida. —Quítame esto, papi —dijo, girando para que bajaras el zipper. El vestido cayó como cascada roja, revelando lencería negra de encaje, pechos perfectos desafiando la gravedad, tanga diminuta apenas cubriendo su monte de Venus.

Santa madre, este cuerpo es una obra de arte. Quiero devorarla entera.

Tú te desvestiste rápido, camisa volando, pantalón cayendo. Tu erección saltó libre, dura y venosa, apuntando a ella. Karla jadeó, lamiéndose los labios. Se arrodilló, pelo negro cayendo como cortina, y tomó tu verga en mano suave. Lengüetazo desde la base hasta la punta, saliva tibia envolviéndote. Chupó la cabeza, succionando con maestría, ojos mirándote mientras tragaba más profundo. El sonido húmedo, slurp slurp, mezclándose con tus gruñidos. Tus manos en su cabeza, guiando sin forzar, caderas moviéndose al ritmo.

Qué rica boca, nena. Me vas a hacer venir ya —gemiste.

La levantaste, besándola con gusto a ti mismo en su lengua. La tumbaste en la cama, besos bajando por su cuello, mordisqueando pezones duros como balas. Ella arqueaba la espalda, uñas clavándose en tus hombros, dejando marcas rojas. Bajaste más, inhalando su aroma almizclado de excitación, panocha húmeda brillando bajo la luz. Lengua en su clítoris, chupando suave al principio, luego voraz. Sus jugos dulces inundando tu boca, muslos temblando apretando tu cabeza.

¡Sí, ahí, chingón! No pares, cabrón —gritaba, caderas buckeando contra tu cara.

La hiciste venir primero, un orgasmo que la sacudió entera, chorros calientes en tu lengua, cuerpo convulsionando. La volteaste a cuatro patas, nalgadas suaves sonando clap clap, piel enrojeciéndose delicioso. Condón puesto rápido, y entraste en ella de un empujón. ¡Fuaaa! Su coño apretado, caliente, envolviéndote como guante de terciopelo. Bombeaste lento al inicio, sintiendo cada centímetro, sus paredes pulsando.

Esto es el paraíso. Cada embestida me acerca al borde.

El ritmo subió, cama crujiendo, sudor perlando sus espaldas. Ella volteó la cara, besos desordenados, palabras sucias: —Más duro, métemela toda, papi. Hazme tuya. Tú obedeciste, bolas golpeando su clítoris, sonidos obscenos llenando la habitación. Olor a sexo puro, pieles chocando resbalosas.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgando como amazona, tetas botando hipnóticas. Agarras sus caderas, guiando el vaivén, pulgares en su clítoris frotando. Otro orgasmo la golpeó, gritando tu nombre, coño contrayéndose ordeñándote. No aguantaste más: la volteaste misionero, piernas sobre hombros, penetrando profundo. Explosión, semen llenando el condón en chorros calientes, cuerpos temblando unidos.

Colapsaron jadeando, sábanas revueltas empapadas. Su cabeza en tu pecho, dedo trazando círculos en tu piel. El aire acondicionado zumbaba suave, ciudad murmurando afuera. —Eso estuvo de poca madre, güey —dijo ella riendo bajito—. Ni con reserva en Dorsia esperaba tanto.

Tú la besaste la frente, oliendo su pelo a shampoo de coco.

Esta noche no termina aquí. Mañana repetimos.
Se durmieron entrelazados, cuerpos calientes fundiéndose en afterglow perfecto, promesa de más noches locas en la capital del deseo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.