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Barrera Trío Madre 3

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Barrera Trío Madre 3

El sol de Acapulco caía como una caricia ardiente sobre la terraza de la casa playera de Rosa, tu suegra. El aire olía a sal marina mezclada con el jazmín que trepaba por las paredes blancas, y el sonido de las olas rompiendo en la playa cercana te erizaba la piel. Habías llegado esa mañana con Ana, tu esposa, lista para lo que ambos sabían que sería inevitable: el tercer encuentro, la Barrera Trío Madre 3. Las dos veces anteriores habían sido explosivas, pero esta vez prometía romper la última barrera, esa de la total entrega sin reservas.

Ana te miró con ojos brillantes mientras bajaban las maletas. Llevaba un bikini rojo que apenas contenía sus curvas generosas, heredadas de su madre. Rosa salió a recibirlos, envuelta en un pareo translúcido que dejaba ver su cuerpo maduro y tonificado, piel bronceada reluciente por el aceite de coco. Chingón, pensaste, sintiendo cómo tu verga se removía en los shorts. Rosa era una diosa de cuarenta y tantos, con tetas firmes que desafiaban la gravedad y un culo que pedía ser apretado.

¡Mis amores! ¡Qué bueno que llegaron! —dijo Rosa con esa voz ronca, abrazándolos fuerte. Su perfume dulce te invadió las fosas nasales, un olor a vainilla y deseo que te ponía cachondo al instante.

Ana se sonrojó, pero su sonrisa era pícara. Tú sentiste el pulso acelerarse, recordando las noches pasadas: la primera vez en la recámara, explorando con besos y caricias; la segunda, en la piscina, con lenguas y dedos hasta el orgasmo colectivo. Ahora, la Barrera Trío Madre 3 era real, el paso final donde todo valdría.

Se instalaron en la terraza con margaritas heladas, el hielo tintineando en los vasos. La conversación fluyó ligera al principio: chismes de la familia, el pinche tráfico de la CDMX que dejaron atrás. Pero pronto, Rosa guiñó un ojo.

Y bien, ¿listos para romper la barrera de hoy? Esta es la Barrier Trio Mother 3, ¿no?

Ana soltó una risita nerviosa, apretando tu muslo bajo la mesa. Su piel estaba caliente, suave como seda bajo tus dedos. Tú asentiste, la garganta seca pese al trago frío.

Sí, suegra. Esta vez sin frenos, murmuraste, y ella se lamió los labios, un gesto que te hizo imaginar su boca alrededor de tu pija.

El atardecer tiñó el cielo de naranjas y rosas mientras bajaban a la piscina privada, rodeada de palmeras que susurraban con la brisa. Rosa se desató el pareo, quedando en un thong diminuto que mostraba todo. Ana se quitó el bikini, sus pezones endureciéndose al aire libre. Tú te desvestiste, tu erección saltando libre, venosa y palpitante.

Se metieron al agua tibia, salpicando risas. Rosa nadó hacia ti, sus tetas flotando, rozándote el pecho. Su piel es como terciopelo mojado, pensaste, mientras tus manos bajaban a su cintura. Ana se acercó por detrás, besándote el cuello, su aliento caliente en tu oreja.

Te quiero ver disfrutándola, amor
, susurró Ana, su voz temblorosa de excitación.

La tensión crecía como una ola. Rosa te tomó la cara y te besó, lengua invasora, saboreando a tequila y sal. Sus labios carnosos chupaban los tuyos, un gemido bajo escapando de su garganta. Tus manos amasaron sus nalgas, firmes y redondas, mientras Ana lamía tu hombro, bajando a tu espalda.

Salieron del agua, cuerpos goteando, y se tendieron en las loungers acolchadas. Rosa se arrodilló entre tus piernas, ojos fijos en los tuyos.

Deja que te mime, yerno
, dijo, y su boca envolvió tu verga en un calor húmedo que te arrancó un jadeo. La succionaba despacio, lengua girando en la cabeza, saliva escurriendo por el tronco. Olía a cloro y a su excitación, ese aroma almizclado que te volvía loco.

Ana observaba, tocándose la panocha, dedos hundiéndose en sus labios hinchados. Qué chingadera tan perfecta, pensaste, el corazón latiéndote como tambor. Extendiste una mano y la jalaste hacia ti, besándola mientras Rosa aceleraba, garganta profunda, bolas en su mentón.

La noche cayó, luces tenues iluminando sus cuerpos entrelazados. Cambiaron posiciones: Ana encima de ti, montándote con vaivenes lentos, su coño apretado ordeñándote. Rosa se sentó en tu cara, jugos calientes goteando en tu boca. La lamiste con hambre, sabor salado-dulce, clítoris endurecido bajo tu lengua. Ella gemía ¡ay güey, qué rico!, caderas moliendo.

El sudor perlaba sus pieles, mezclado con el olor a sexo puro. Tus manos everywhere: pellizcando pezones de Ana, que rebotaban; azotando suave el culo de Rosa. La tensión subía, pulsos acelerados, respiraciones entrecortadas. Ana gritó primero, orgasmo convulsionándola, paredes internas apretándote como vicio.

¡No pares, cabrón! ¡Es la barrera final!
—exigió Rosa, bajándose y posicionándose a cuatro patas.

Aquí venía lo nuevo, la Barrera Trío Madre 3: su culo virgen para ti. Habían hablado de esto, lubricante listo en la mesa. Ana untó generoso, dedos preparando el anillo rosado. Tú te colocaste atrás, punta presionando, lento. Rosa empujó hacia ti, un gemido gutural saliendo.

Entraste centímetro a centímetro, calor apretado envolviéndote, como terciopelo fundido. ¡Puta madre, qué estrecho! El roce era eléctrico, cada vena sintiéndose. Ana besaba a su madre, tetas frotándose, mientras tú embestías gradual, bolas golpeando su panocha húmeda.

El ritmo creció: plaf plaf de carne contra carne, resbaloso por sudor y jugos. Rosa gritaba placer, ¡más duro, pendejito!, voz quebrada. Ana se masturbaba viéndolos, luego se unió lamiendo donde se unían. Tus huevos se tensaban, clímax acercándose como tormenta.

Corriste primero, chorros calientes llenando su culo, espasmos interminables. Rosa colapsó en éxtasis anal, temblando. Ana llegó al pico frotándose contra tu pierna, chillidos agudos.

Se derrumbaron en un montón jadeante, cuerpos pegajosos, olores intensos: semen, sudor, mar. Besos suaves post-orgasmo, caricias tiernas. Rosa te abrazó, suspiro satisfecho.

Rompió perfecto la Barrier Trio Mother 3, mis amores. ¿Repetimos mañana?

Tú sonreíste, exhausto pero pleno, el corazón lleno. Ana asintió, acurrucándose. Bajo las estrellas de Acapulco, la conexión era más profunda, barreras pulverizadas para siempre. El eco de sus gemidos se mezclaba con las olas, un afterglow eterno.

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