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Bedoyecta Tri Inyectable PLM Despierta el Fuego Oculto

6972 palabras

Bedoyecta Tri Inyectable PLM Despierta el Fuego Oculto

Estaba hecha un desastre esa mañana. El trabajo en la oficina me había chingado de lo lindo, con esas juntas eternas y el pinche tráfico de la Ciudad de México que no perdona. Sentía las piernas como de plomo, el cuerpo pesado, y hasta el deseo se me había apagado como vela en tormenta. Mi carnal, Javier, me vio llegar arrastrando los pies al depa en Polanco y soltó una carcajada.

—Órale, mi reina, pareces zombi. ¿Qué te pasa, eh? —me dijo mientras me jalaba a sus brazos fuertes, oliendo a su colonia fresca mezclada con el sudor ligero del gym.

Le conté mis penas, y él, siempre el listo, sonrió con esa picardía que me derrite. —Mira, neta, lo que necesitas es una buena dosis de Bedoyecta Tri inyectable PLM. Eso te pone las pilas como nueva, te juro. Yo te la pongo, ¿va? Lo miré con cara de qué pedo, pero él ya estaba googlando el prospecto en su cel. En México todos usan eso para recargarse, vitaminas B puras, nada de porquerías. Compramos una ampolleta en la farmacia de la esquina, y de regreso, el ambiente ya se sentía cargado, como si el aire supiera lo que venía.

En el depa, con las luces tenues del atardecer filtrándose por las cortinas, me quitó la blusa despacito, rozando mis hombros con las yemas de los dedos. Sentí un escalofrío, el vello de la nuca erizado.

¿Y si duele? ¿Y si soy una pendeja por dejar que mi vato me inyecte?
Pero Javier era puro cuidado, su voz grave calmándome mientras preparaba la jeringa en la mesa de noche. El olor metálico del alcohol en la gasa me picó la nariz, y el clic del empaque abriéndose sonó como promesa.

Me recostó en la cama king size, con las sábanas de algodón egipcio suaves contra mi piel. Me bajó los jeans y las panties hasta los tobillos, dejando mis muslos al aire. El fresco del ventilador me erizó la piel, y ahí estaba él, arrodillado entre mis piernas, mirándome con ojos hambrientos. Limpió un spot en mi nalga derecha con la gasa fría, húmeda y helada, haciendo que mi cuerpo se arqueara un poquito. Su aliento cálido rozaba mi piel, y olía a menta de su chicle.

—Relájate, preciosa. Va a ser chido, te lo prometo —murmuró, y pinché. La aguja entró suave, un piquetazo rápido como beso filoso, y luego el líquido fresco deslizándose adentro, Bedoyecta Tri inyectable PLM haciendo su magia. No dolió tanto como pensé; al contrario, una calidez se expandió desde el músculo, subiendo por mis venas como fuego lento. Javier sacó la jeringa con ternura, tapó el hoyito con un algodón, y me besó justo ahí, su lengua húmeda lamiendo el pinchazo.

Minutos después, el cambio fue brutal. Sentí la energía bullendo, como si me hubieran enchufado a la luz. El corazón me latía fuerte, la piel sensible, cada roce de sus dedos en mi muslo era eléctrico. ¡Qué chingón es esto! pensé, y lo jalé hacia mí, mis uñas clavándose en su espalda ancha bajo la playera.

La tensión creció como tormenta en el DF. Sus manos expertas subieron por mis costados, amasando mis tetas con esa presión perfecta que me hace gemir. Olía a su sudor limpio, a deseo puro, y yo respondí arqueándome, mis pezones endureciéndose bajo sus palmas callosas. —Javier, cabrón, me tienes ardiendo —le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. Él gruñó, bajando la boca a mi cuello, chupando y lamiendo hasta dejarme marca, el sonido húmedo de su saliva resonando en la habitación.

Me volteó boca abajo, y sentí su verga dura presionando contra mis nalgas mientras masajeaba el sitio de la inyección. El calor de Bedoyecta Tri me tenía viva, cada nervio despierto.

Esto es lo que necesitaba, este pinche boost que me hace sentir diosa.
Sus dedos se colaron entre mis piernas, encontrando mi panocha ya empapada, resbalosa de jugos. Rozó mi clítoris hinchado, círculos lentos que me hicieron jadear, el placer subiendo en oleadas. El olor almizclado de mi excitación llenó el aire, mezclado con su aroma masculino.

—Estás chorreando, mi amor —dijo con voz ronca, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me vuelve loca. Gemí fuerte, empujando contra su mano, el sonido chapoteante de mi humedad obscenamente delicioso. Él aceleró, su pulgar en mi botoncito, y yo me retorcí, las sábanas enredándose en mis pies. El sudor nos pegaba, piel contra piel resbalosa, y el ventilador zumbaba como fondo a mis quejidos.

Pero no quería correrme así. Lo empujé, volteándolo yo ahora, montándolo como amazona. Le arranqué la playera, lamiendo su pecho velludo, saboreando la sal de su piel. Bajé los ojos a su bulto enorme en el bóxer, y lo liberé de un jalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum que lamí de la punta, salado y adictivo. —Te la voy a mamar hasta que ruegues, pendejo —le dije juguetona, y él rio, enredando sus dedos en mi pelo.

Lo chupé profundo, garganta relajada por la energía que me corría, sintiendo sus pulsos en mi boca. Él jadeaba, caderas moviéndose, —¡Qué rico, Ana, no pares! El sabor suyo me volvía loca, y mis jugos corrían por mis muslos. Pero la inyección me daba stamina de toro; quería más.

Me subí encima, guiando su verga a mi entrada húmeda. Entró de un embestida, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Grité de placer, el roce de su glande contra mis paredes internas enviando chispas. Cabalgaba fuerte, tetas rebotando, sus manos en mis caderas guiándome. El slap slap de carne contra carne, nuestros gemidos mezclados, el olor a sexo crudo impregnando todo. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, cálido y pegajoso.

La intensidad subió, mis músculos apretándolo, él empujando desde abajo con fuerza bruta.

Esto es puro poder, gracias a esa chingada Bedoyecta Tri inyectable PLM que me tiene como fiera.
Cambiamos a perrito, él detrás, jalándome el pelo suave, azotando mis nalgas con palmadas que ardían rico. Cada embestida profunda tocaba mi cervix, placer-pena perfecta. Mi clítoris palpitaba, y él lo frotaba con los dedos, llevándome al borde.

—Córrete conmigo, mi vida —gruñó, y exploté. El orgasmo me sacudió como terremoto, paredes convulsionando alrededor de su verga, jugos salpicando. Él se vino segundos después, chorros calientes inundándome, su rugido animal en mi oído. Colapsamos, jadeando, cuerpos temblorosos pegados, el semen goteando lento por mis muslos.

En el afterglow, yacíamos enredados, el ventilador secando nuestro sudor. Javier me besó la frente, su mano acariciando el sitio de la inyección. —Ves, te dije que iba a ser épico. Yo sonreí, el cuerpo aún zumbando de energía residual, el corazón lleno. Esa noche, Bedoyecta Tri inyectable PLM no solo recargó mis vitaminas; despertó un fuego que nos consumió a los dos. Y supe que repetiríamos, una y otra vez.

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