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Seguro de Vida con El Tri

5988 palabras

Seguro de Vida con El Tri

Trabajaba en una oficina reluciente en Reforma, vendiendo seguros de vida a gente que fingía escuchar mientras pensaba en sus deadlines. Ese viernes, después de cerrar un contrato con un empresario que por fin entendió que la vida no espera, salí con mi carnala Lupe a un bar chido en Polanco. El aire olía a tequila reposado y jazmines del jardín vertical, la música retumbaba con el grito rasposo de Alex Lora y El Tri, esa banda que te hace sentir vivo hasta los huesos.

Yo, Carla, veintiocho años, curvas que no disimulo con blusas ajustadas y un culo que voltea cabezas, pedí un margarita helado que me quemó la lengua con su sal y limón fresco. Lupe ya estaba coqueteando con un morro cuando dos güeyes se acercaron a nuestra mesa. Miguel, alto, tatuado con águilas y morras en el brazo, sonrisa de pendejo encantador. Raúl, su carnal, más compacto, ojos negros que te desnudan, barba de tres días raspando la piel si te acercas mucho.

¿Qué wey hace falta esta noche? ¿Un trago, un beso o los dos?
pensé, mientras ellos pedían chelas y hablaban de El Tri. "Órale, carnala, ¿te late Alex Lora? Esa rola de 'Abuso de Autoridad' es pa' romperla", dijo Miguel, su voz grave vibrando como el bajo de la canción. Reí, sintiendo el calor subir por mi pecho. Hablamos de la vida, de cómo El Tri canta que hay que vivirla a todo dar, sin frenos. Raúl soltó: "Por eso, wey, uno necesita un seguro de vida El Tri, pa' cuando la armemos gorda y no quede ni el rastro". Sus palabras me picaron justo ahí abajo, un cosquilleo húmedo que me hizo cruzar las piernas.

La noche escaló con shots de mezcal que ardían en la garganta, dejando un regusto ahumado. Bailamos pegados, el sudor de Miguel pegajoso en mi espalda, su verga dura rozándome el culo al ritmo de "Triste Canción de Amor". Raúl me tomaba la cintura desde enfrente, sus dedos hundiéndose en mi piel morena, aliento caliente en mi cuello oliendo a tabaco y hombre.

Esto es peligroso, Carla, pero qué chingón se siente. Dos carnales que te miran como si fueras el premio mayor
, me dije, el pulso latiéndome en las sienes y entre las piernas.

Lupe se despidió con guiño, dejándome sola con ellos. "Vamos a mi depa, está cerca, seguimos la fiesta", propuso Raúl, su mano en mi muslo subiendo despacio. Dije que sí, empoderada, dueña de mi noche. En el Uber, besos robados: labios de Miguel suaves y urgentes, lengua de Raúl juguetona, saboreando mi gloss de fresa. Llegamos a un penthouse minimalista, luces tenues, vista a las luces de la ciudad parpadeando como estrellas caídas.

En la sala, con El Tri sonando bajito de fondo, se quitaron las camisas. Cuerpos duros de gym, piel bronceada salada al tacto cuando los besé. Yo me desabroché el vestido rojo, dejando caer mis tetas libres, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. "Qué mamacita", murmuró Miguel, arrodillándose para mamarme un pezón, succión húmeda enviando chispas a mi clítoris hinchado. Raúl me besaba el cuello, mordisqueando suave, manos explorando mi panocha empapada a través de las tangas.

No pares, cabrones, esto es mi seguro de vida, puro placer sin remordimientos
. Los llevé al sofá de cuero fresco contra mi piel caliente. Desabroché sus jeans, vergas gruesas saltando libres, venosas y palpitantes. Chupé a Miguel primero, su prepucio suave en mi lengua, sabor almizclado salado, mientras Raúl me comía el chocho desde atrás, lengua plana lamiendo mi humedad, clítoris vibrando con cada roce. Gemí contra la polla de Miguel, vibraciones que lo hicieron jadear: "¡Chíngale, qué rica boca!".

Cambiaron posiciones, tensión subiendo como la música que ahora era "Piedra Rodante". Raúl se recostó, yo montándolo despacio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, relleno total, paredes vaginales apretándolo. Miguel detrás, lubricante fresco chorreando, dedo primero en mi culo, luego su punta gruesa. "Despacio, carnal, pero no pares", le rogué, el estiramiento ardiente dulce convirtiéndose en éxtasis. Entró, doble penetración, sus caderas chocando, piel contra piel slap-slap, sudor goteando, olor a sexo crudo mezclándose con su colonia amaderada.

Me movía entre ellos, empoderada reina del triángulo, pechos rebotando, uñas clavadas en hombros de Raúl. Sus gemidos roncos, "¡Qué chingón, Carla!", "¡Te voy a llenar, nena!". El orgasmo me golpeó primero, olas desde el clítoris al útero, chorros mojando sus bolas, cuerpo temblando, vista nublada por luces de la ciudad. Ellos siguieron, Miguel corriéndose en mi culo con gruñido animal, caliente semen llenándome, Raúl explotando dentro, pulsos calientes contra mis paredes contraídas.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas calmándose, besos suaves post-sexo, lenguas perezosas saboreando restos de sal y placer. "Eso fue épico, como un concierto de El Tri", dijo Miguel, acariciando mi pelo revuelto. Raúl rió: "Y ahora sí, carnala, contrátanos ese seguro de vida El Tri tuyo, pa' repetir sin broncas".

Despertamos al amanecer, sol filtrándose dorado, cuerpos entrelazados oliendo a sexo y sábanas frescas. Preparamos café negro humeante, tacos de barbacoa de un carrito cercano, picante despertando papilas. Les expliqué mi pitch de seguros mientras sus manos vagaban juguetonas. "Listos pa' firmar", bromearon, pero lo hicieron en serio esa semana, con sonrisas pícaras recordando la noche.

Mi vida tiene ahora su propio seguro de vida con El Tri: placer puro, carnales que saben darlo todo, y yo al mando
. Salí de ahí con piernas flojas pero alma llena, sabiendo que la próxima rola de El Tri me pondría cachonda al instante. La vida es chida cuando la vives así, sin miedos, solo con deseo.

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