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Vamos A Probarlo

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Vamos A Probarlo

El sol del atardecer se colaba por las cortinas de la ventana en nuestro departamento en la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que la piel de ella pareciera brillar. Tú eras yo en ese momento, o al menos eso sentías mientras la mirabas recostada en el sofá, con esa blusa ligera que se pegaba a sus curvas como si el algodón supiera exactamente dónde poner énfasis. Ana, mi carnala de años, la que me conocía mejor que nadie, me sonrió con esa picardía mexicana que solo las chilangas saben soltar.

"Órale, güey, ¿qué traes en la cabeza hoy?" me dijo mientras se estiraba, dejando que su falda subiera un poquito, revelando la piel suave de sus muslos. El aroma de su perfume, mezclado con el de las flores del mercado que habíamos comprado esa mañana, flotaba en el aire como una invitación. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en el pecho como tamborazo en una fiesta de pueblo.

Me acerqué, sentándome a su lado, mi mano rozando su rodilla. La tela de su falda era fresca, pero debajo, su piel ardía. "Vamos a probar algo nuevo, nena", le susurré, mi voz ronca, cargada de ese deseo que habíamos estado acumulando semanas. Ella arqueó una ceja, sus ojos cafés brillando con curiosidad y un toque de travesura.

¿Y si no me gusta? ¿Y si duele? Pero chingado, qué emoción, hace tanto que no nos aventamos un paro así.

La cena fue rápida: unos tacos de suadero que pedimos de la taquería de la esquina, con su salsa verde picosa que nos hacía jadear y reír. Cada bocado era un preámbulo, el jugo chorreando por sus labios, y yo limpiándolo con el pulgar, saboreando el chile y la sal de su piel. "Let's try it tonight", le dije en inglés juguetón, recordando esa frase que nos gustaba usar cuando queríamos sonar gringos calientes. Ella soltó una carcajada. "¡Pendejo! Pero sí, vamos a probarlo, cabrón."

La llevé a la recámara, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies descalzos. La luz tenue de las velas que encendí perfumaba el cuarto con vainilla y canela, como si estuviéramos en un antro romántico de Polanco. La besé despacio, mis labios probando los suyos, suaves y húmedos, con ese sabor dulce de la michelada que habíamos compartido. Sus manos subieron por mi espalda, clavándome las uñas lo justo para que sintiera el cosquilleo eléctrico.

Acto uno completo: la tensión inicial era palpable, como el zumbido de la ciudad allá afuera, autos pitando lejanos mientras nosotros nos perdíamos en el silencio de nuestra burbuja. La desvestí con calma, botón por botón, admirando cómo su blusa caía revelando sus tetas firmes, pezones ya duros como piedras de obsidiana. "Qué chingonas estás", murmuré, y ella se sonrojó, pero su sonrisa era de pura confianza.

En la cama, nos recostamos uno frente al otro, desnudos ya, piel contra piel. El calor de su cuerpo era un horno, su sudor ligero oliendo a jazmín y excitación. Mis dedos trazaron su vientre, bajando lento hasta su monte de Venus, donde el calor húmedo me recibió como un abrazo. Ella jadeó, un sonido gutural que me puso la verga dura como fierro.

"Vamos despacio, mi amor", dijo ella, su voz temblorosa pero firme. Asentí, besando su cuello, lamiendo la sal de su piel mientras mi mano exploraba. La toqué suave, círculos lentos alrededor de su clítoris, sintiendo cómo se hinchaba, cómo su humedad cubría mis dedos como miel caliente. Sus caderas se movieron solas, un ritmo instintivo, y el sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con mis gruñidos bajos.

Siento su pulso en mi palma, latiendo fuerte, como si quisiera salirse. Quiero que se vuelva loca, que grite mi nombre como en esas películas cachondas.

La tensión subía como el calor de un comal. Le abrí las piernas con gentileza, besando el interior de sus muslos, inhalando su aroma almizclado, puro sexo mexicano. Mi lengua la encontró, lamiendo despacio, saboreando su esencia salada y dulce. Ella arqueó la espalda, sus manos enredándose en mi pelo. "¡Ay, wey! Sigue, no pares", gimió, y yo obedecí, chupando más fuerte, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar.

Pero queríamos probar algo más. "Vamos a probarlo por atrás, ¿va?", le propuse, mi voz entrecortada. Ella asintió, ojos brillantes de deseo y un poquito de miedo excitante. Saqué el lubricante de la mesita, ese que compramos en la farmacia riéndonos como pendejos. Lo unté en mis dedos, fresco y resbaloso, y empecé a masajear su entrada trasera, círculos suaves, probando su relajación.

El medio acto se extendía en esa escalada deliciosa. Ella se puso de rodillas, culo en pompa, perfecto, redondo, invitándome. El sonido de mi mano chapoteando con el lubri era obsceno, erótico, y su gemido bajo me volvía loco. Introduje un dedo, lento, sintiendo la apretada calidez que me succionaba. "¿Está chido?" pregunté. "Sí, carnal, mételo más", respondió ella, empujando contra mí.

Agregué otro dedo, estirándola con cuidado, mientras mi otra mano la masturbaba adelante, manteniendo el ritmo. Su cuerpo temblaba, sudor perlando su espalda, el olor de sexo impregnando todo. Yo estaba al borde, mi verga palpitando, goteando pre-semen. "Let's try now", jadeé, y ella rio entre gemidos. "¡Entra ya, pendejo!"

Me posicioné, la punta contra su ano, empujando despacio. La sensación era indescriptible: apretado, caliente, como terciopelo vivo envolviéndome. Entré centímetro a centímetro, parando cuando ella jadeaba, hasta que estuve todo adentro. Nos quedamos quietos, respirando juntos, su culo contra mi pubis, piel sudada pegándose.

Empecé a moverme, lento al principio, el slap-slap de carne contra carne resonando. Sus tetas se mecían, y ella se tocaba el clítoris, acelerando todo. "¡Más fuerte, cabrón!" gritó, y yo obedecí, embistiéndola con fuerza controlada, el placer subiendo como volcán. Sentía cada contracción, cada pulso, mi orgasmo construyéndose en la base de la verga.

El clímax nos golpeó juntos. Ella primero, su ano apretándome como puño mientras gritaba "¡Me vengo, wey!", ondas de placer sacudiéndola. Yo la seguí, explotando dentro, chorros calientes llenándola, mi visión nublándose en blanco puro. Colapsamos, yo aún dentro, besándonos desordenados, lenguas enredadas.

En el afterglow, nos acurrucamos, sábanas revueltas oliendo a nosotros. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. "Estuvo chingón, ¿verdad? Vamos a probarlo más seguido", murmuró ella, trazando círculos en mi piel. Yo sonreí, besando su frente, el sabor de su sudor en mis labios.

Esto nos unió más, como si hubiéramos cruzado una puerta nueva. Mañana, quién sabe qué más probaremos.

La noche se cerraba con el rumor de la lluvia fina en la ventana, nuestro bodies entrelazados en paz, el deseo satisfecho pero ya soñando con la próxima aventura.

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