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El Espejo de la Cobra Tri Swipe

5938 palabras

El Espejo de la Cobra Tri Swipe

La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de mi depa en la Condesa, pintando mi piel morena con tonos dorados. Me paré frente al espejo de cuerpo entero, ese que compré en el tianguis de San Ángel porque juraba que me hacía ver como una diosa. Llevaba puesto nada más un tanga negro de encaje y un bra de push-up que apenas contenía mis chichis. Neta, me sentía pinche rica. Había visto un video en TikTok de una morra bailando la cobra tri swipe, un movimiento de striptease que prometía volver loco a cualquier carnal. "Órale, Ana, hoy te la rifas", me dije, moviendo las caderas despacio.

Empecé con la cobra: arqueé la espalda como serpiente lista pa' atacar, dejando que mi pelo negro azabache cayera en cascada sobre los hombros. El espejo reflejaba cada curva, el sudor ya empezando a perlar mi frente, oliendo a vainilla de mi loción. Luego el tri swipe: tres pasadas lentas de mis uñas por el cuerpo, de los muslos subiendo al ombligo, rozando los pezones endurecidos, y bajando de nuevo, provocándome un escalofrío que me erizó la piel.

¿Qué no daría por que Marco me viera así ahorita? Ese wey me prende con solo una mirada.
Mi respiración se aceleró, el corazón latiéndome como tambor en las costillas. Me mordí el labio, imaginando sus manos grandes, callosas de tanto gym, reemplazando las mías.

La puerta se abrió de golpe. ¡Pum! Marco entró, mochila en hombro, todavía con la camisa del trabajo desabotonada mostrando ese pecho tatuado con un águila. Sus ojos cafés se clavaron en mí, dilatándose como si hubiera visto un milagro. "¿Qué chingados, mi amor? ¿Practicando pa' volverme loco?" Su voz ronca, con ese acento chilango puro, me vibró hasta el fondo del estómago.

"Simón, carnal. Ven, mira esto", le contesté coqueta, girando pa' que el espejo captara mi culo redondo. Hice la cobra otra vez, más despacio, gimiendo bajito mientras el tri swipe rozaba mi tanguita húmeda. Él dejó caer la mochila, se acercó con pasos de depredador. Olía a colonia fuerte mezclada con sudor fresco del Metro. Sus manos me tomaron la cintura, piel contra piel ardiente. "Estás mojada ya, ¿verdad, pendejita?", murmuró en mi oreja, mordisqueándola suave. Su aliento caliente me hizo temblar.

Acto uno cerrado, pero el deseo apenas empezaba. Nos quedamos ahí, frente al espejo de la cobra tri swipe, como en un ritual. Él se pegó a mi espalda, su verga ya dura presionando contra mis nalgas a través del pantalón. "Muéstrame cómo se hace completo", dijo, y yo obedecí, arqueándome más, el tri swipe ahora con sus dedos guiando los míos. Tocábamos juntos: yo arriba, él abajo, explorando. El espejo multiplicaba todo, viéndonos como estrellas porno caseras. Su olor masculino, terroso, se mezclaba con mi aroma dulce de excitación. Sentía su pulso acelerado contra mi espinazo, el roce de su barba incipiente en mi cuello.

En el medio del jale, la tensión subió como volcán. Me volteé, lo besé con hambre, lenguas enredadas, saboreando su boca a menta y cerveza del almuerzo. "Quítate eso, wey", le ordené juguetona, jalando su camisa. Quedó en boxers, su paquete marcado, venas palpitantes. Lo empujé al piso, frente al espejo. "Ahora tú haces la cobra". Se rio, pero lo intentó: se arqueó torpe, yo encima, montándolo como amazona. Mis uñas hicieron el tri swipe en su pecho, bajando a su entrepierna. Él gruñó, agarrándome las caderas con fuerza. "Neta, Ana, me vas a matar".

Nos rodamos, él arriba ahora. Sus besos bajaron por mi cuello, chupando pezones hasta que dolían de placer. Lamidas húmedas, dientes suaves. Olía mi piel, "Hueles a pecado, mi reina". Bajó más, quitándome el tanga con los dientes. Su lengua en mi clítoris, círculos lentos, luego rápidos. Gemí fuerte, las piernas temblando, el espejo mostrando mi cara de puta en éxtasis, pelo pegado por sudor. "¡Chíngame con la lengua, cabrón!", supliqué. Él obedeció, metiendo dedos, curvándolos justo ahí, el punto G que me hacía ver estrellas. Jugos chorreando, sabor salado en su boca cuando subió a besarme.

La intensidad crecía, interna lucha: quería correrme ya, pero aguantaba pa' más.

Este pendejo sabe cómo tenerme al borde, no mames.
Lo volteé boca arriba, tomé su verga gruesa, venosa, oliendo a macho puro. La lamí desde la base, lengua plana, saboreando el precum salado. "Métetela, Ana, no aguanto". Pero yo controlaba: tri swipe en su tronco, tres pasadas provocadoras, luego la chupé hondo, garganta apretada. Él jadeaba, manos en mi pelo, "¡Qué rica mamada, amor!". El espejo reflejaba todo: mi boca llena, sus abdominales contraídos, el sudor goteando.

Finalmente, el clímax. Me subí encima, guía su verga a mi entrada húmeda. Lentos al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome. "¡Ay, wey, qué ricazo!". Cabalgaba, haciendo la cobra con el torso, tri swipe en mis tetas pa' él. El espejo nos mostraba unidos, pieles chocando plaf plaf, sonidos húmedos, olores intensos de sexo crudo. Él se incorporó, mamando mis chichis mientras yo rebotaba. "Me vengo, Marco... ¡no pares!". Él embistió desde abajo, duro, profundo. Explosión: mi coño contrayéndose, chorros calientes, grito ahogado. Él gruñó, llenándome con su leche caliente, pulsos interminables.

Afterglow puro. Colapsamos frente al espejo, jadeando, cuerpos enredados pegajosos de sudor y fluidos. Su mano acariciaba mi espalda, besos suaves en la sien. "Eres lo máximo, Ana. Esa cobra tri swipe... pa' repetirlo diario". Reí bajito, oliendo nuestro amor mezclado. El espejo nos devolvía imágenes borrosas, satisfechas.

En este depa, con este carnal, la vida es un pinche sueño erótico.
Afuera, la ciudad zumbaba, pero aquí, solo paz y promesas de más noches locas.

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